La transformación del orden internacional exige que la Argentina y Brasil revisen el lugar que ocupan en el mundo y, sobre todo, las capacidades que necesitan desarrollar para defender sus intereses. Esta fue una de las ideas centrales que expuse en el 1° Simposio de Geopolítica, Seguridad y Conflictos, realizado el 14 de octubre en el auditorio Interlegis del Senado Federal, en Brasilia, organizado por el Instituto de Altos Estudios de Geopolítica, Seguridad y Conflictos (GSEC) y la Associação dos Delegados de Polícia do Brasil (Adepol-BR).
Como presidente del Instituto ELEVAN y único expositor extranjero invitado, presenté mis diez tesis sobre los desafíos estratégicos de América del Sur. El punto de partida es que atravesamos una etapa de competencia entre grandes potencias, reconfiguración de alianzas y disputa por recursos, tecnologías y espacios de influencia. En este escenario, la autonomía de nuestros países no puede reducirse a una declaración diplomática: requiere una visión común y capacidades concretas para sostener decisiones propias.
No se trata de promover un aislamiento regional ni de sustituir una dependencia por otra. Se trata de evitar que la falta de alternativas económicas, tecnológicas, industriales o militares limite nuestra libertad de acción. La pregunta decisiva es si América del Sur será capaz de actuar como sujeto estratégico o continuará respondiendo a prioridades definidas fuera de la región.
Durante el panel en el que expuse, el periodista Breno Altman coincidió con el diagnóstico general y subrayó una cuestión de fondo: las diez tesis planteadas difícilmente puedan concretarse si América del Sur no supera su relación de dependencia y su condición subordinada frente a Estados Unidos. Su intervención introdujo un debate necesario sobre la soberanía regional y la capacidad de nuestros países para establecer sus propias prioridades.
La discusión no debe interpretarse como una invitación a convertir la relación con Washington en una confrontación permanente. La cuestión es más profunda: ningún país puede sostener una política exterior autónoma si carece de alternativas, depende de proveedores únicos para sus necesidades esenciales o no dispone de una base productiva capaz de respaldar sus decisiones. La autonomía exige diversificar relaciones, fortalecer las instituciones regionales y desarrollar instrumentos propios.
En este marco, la Argentina y Brasil ocupan una posición singular. Por su dimensión territorial, sus recursos, sus capacidades científicas y sus estructuras productivas, pueden impulsar una cooperación que trascienda los intercambios comerciales. Pero para ello necesitan continuidad política, objetivos compartidos y una evaluación realista de sus vulnerabilidades.
Otro aporte significativo del simposio fue el tratamiento de la inteligencia artificial y los sistemas de armas autónomos letales, conocidos internacionalmente como LAWS. María Cecilia Cavalcante y Andrea Catani Carbone, representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, abordaron esta problemática y la posición brasileña en las discusiones multilaterales desarrolladas en el marco de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales.
La cuestión tiene implicaciones que van más allá de la innovación tecnológica. La incorporación de inteligencia artificial a los sistemas militares plantea interrogantes sobre el control humano del uso de la fuerza, la responsabilidad por las decisiones, el cumplimiento del derecho internacional humanitario y los riesgos de una aceleración de la competencia armamentística.
Aquí existe una oportunidad para la cooperación entre la Argentina y Brasil. Ambos países podrían profundizar consultas diplomáticas, intercambios científicos y análisis conjuntos sobre los efectos de estas tecnologías, así como coordinar posiciones en los foros internacionales. El objetivo debería ser contribuir a que el desarrollo tecnológico no elimine la responsabilidad humana ni debilite las normas que regulan los conflictos armados.
La experiencia de cooperación nuclear argentino-brasileña constituye un antecedente valioso. Demostró que dos países pueden construir confianza mutua, mecanismos institucionales y capacidades tecnológicas en un ámbito sensible, sin renunciar a sus intereses nacionales. No se trata de trasladar mecánicamente ese modelo a otro campo, sino de recuperar su principal enseñanza: la cooperación sostenida puede convertir una cuestión potencialmente conflictiva en una oportunidad estratégica.
La dimensión económica e industrial de la autonomía apareció también en la presentación de Albert Caballé Marimón, del Instituto GSEC, titulada Tierras raras: oportunidad estratégica para Brasil. Su exposición puso de relieve un problema fundamental: disponer de recursos naturales no equivale a dominar las tecnologías necesarias para transformarlos en productos de alto valor agregado.
Las tierras raras son insumos relevantes para la electrónica, los motores eléctricos, las energías renovables, los sensores, los radares y diversas aplicaciones aeroespaciales y de defensa. Sin embargo, el desafío no termina en la extracción minera. La separación, el refinado, la producción de materiales y aleaciones y la fabricación de componentes son etapas esenciales de una cadena industrial que permanece concentrada en pocos países.
La experiencia brasileña presentada por Caballé Marimón ilustra la distancia que puede existir entre una importante riqueza geológica y la capacidad de convertirla en autonomía tecnológica. Un país puede disponer de minerales estratégicos y, aun así, depender del exterior para procesarlos y fabricar los componentes que necesita. Exportar recursos sin desarrollar las etapas industriales posteriores puede perpetuar esa vulnerabilidad.
Este planteo abre una línea de trabajo de interés para la Argentina y Brasil. La cooperación podría explorar proyectos de investigación, formación de especialistas, procesamiento de minerales críticos, desarrollo de materiales avanzados y aplicaciones industriales, siempre sobre la base de estudios de viabilidad, capacidades existentes y beneficios recíprocos. No significa que ambos países deban producirlo todo ni que cada proyecto tenga que ser binacional. Significa identificar dónde la complementación puede reducir dependencias y generar conocimiento, empleo y valor agregado en la región.
La cuestión de las tierras raras conecta así la política industrial con la defensa y la seguridad. La autonomía no depende únicamente de disponer de recursos o adquirir sistemas de armas, sino también de contar con conocimientos, proveedores, infraestructura y capacidad de mantenimiento y producción. Sin esa base, las decisiones estratégicas quedan condicionadas por cadenas de suministro externas.
Los debates del simposio permitieron observar distintas dimensiones de un mismo problema. La discusión sobre la dependencia regional, el futuro de las armas autónomas y la importancia de los minerales críticos conduce a una conclusión compartida: la soberanía necesita instrumentos materiales, científicos, industriales y diplomáticos que la hagan efectiva.
Para la Argentina y Brasil, esto supone recuperar una perspectiva estratégica de largo plazo. La cooperación debe identificar prioridades concretas, establecer mecanismos de coordinación y sostener proyectos más allá de los cambios de gobierno. La investigación científica, la industria, la formación de recursos humanos, la seguridad de las cadenas de suministro y la coordinación internacional son ámbitos en los que el trabajo conjunto puede producir resultados.
Ninguna alianza elimina las diferencias de intereses ni garantiza por sí sola el éxito. Pero la ausencia de cooperación puede dejar a ambos países más expuestos a decisiones externas y a una competencia tecnológica en la que otros actores cuentan con mayores escalas de producción e inversión.
Las diez tesis que presenté parten de esa preocupación: América del Sur necesita comprender el cambio del escenario internacional y actuar en consecuencia. No basta con describir el desorden mundial ni con reivindicar una autonomía abstracta. Hay que construirla mediante instituciones confiables, capacidades industriales, conocimiento propio y acuerdos regionales sostenidos. La Argentina y Brasil tienen la oportunidad de transformar su proximidad geográfica y sus intereses compartidos en una herramienta estratégica. El desafío consiste en pasar de las declaraciones a los proyectos, y de los recursos disponibles a las capacidades efectivas. En un mundo donde la tecnología, la industria y la seguridad están cada vez más vinculadas, la autonomía no se proclama: se construye.