Cultura

Borges, el mundo y la fama

La obra del autor de ‘Ficciones’ fue ganando reconocimiento internacional a partir de 1961. Aquí un recorrido por los hitos de una fascinación tardía, pero constante.

Críticos y admiradores siempre han coincidido en que Borges debía su gloria tardía a la insólita repercusión que había generado su obra en el extranjero. El propio escritor lo admitió en su ensayo autobiográfico de 1970, cuando aseguró que “hasta que fui publicado en francés yo era casi invisible, no sólo en el exterior sino también en Buenos Aires”. Esas traducciones pioneras, agregaba, habían allanado el camino para que en 1961, a punto de cumplir 62 años, recibiera el Premio Internacional de Editores, compartido con el irlandés Samuel Beckett.

“A consecuencia de ese premio, de la noche a la mañana mis libros brotaron como hongos por todo el mundo occidental”, apuntaba en el texto confesional, dictado originalmente en inglés para la revista The New Yorker.

Borges exageraba, pero no tanto. Era cierto que la fama le había llegado tarde, aunque antes de 1960 no había sido exactamente un escritor “casi invisible”. Desde los años ‘20 había tenido un papel activo en el ambiente cultural argentino; publicaba con frecuencia y era reconocido por la crítica; le habían concedido y negado premios relevantes; intervenía en polémicas públicas de alcance nacional o internacional; había fundado y más tarde presidido la Sociedad Argentina de Escritores; luego fue profesor de literatura inglesa y norteamericana en la Universidad de Buenos Aires, y entre 1955 y 1973 se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Pero no hay dudas de que la fama de Borges, del Borges como personaje reconocible en la prensa y como prócer de la literatura universal, nació y se consolidó en Francia y en Estados Unidos antes que en su patria.

A 40 años de su muerte, ocurrida el 14 de junio de 1986, no parece ocioso revisar algunos de los hitos iniciales de esa progresiva y unánime consagración planetaria, y los juicios de críticos, editores, biógrafos y escritores que contribuyeron a darle forma.

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En el principio estuvo Francia. Ya en 1925 Valery Larbaud, novelista, crítico anglófilo, traductor de Samuel Butler y buen amigo de Ricardo Güiraldes, registró su admiración en un artículo en La Revue Erupéenne tras recorrer Inquisiciones, el primer libro de ensayos de Borges.

“Es la mejor obra de crítica llegada hasta ahora desde América latina, o al menos la que mejor se ajusta al ideal que nos habíamos hecho de un libro de crítica publicado en Buenos Aires”, sentenció el erudito que poco antes había descubierto a James Joyce para las letras francesas.

Algunos años más tarde el benefactor fue Pierre Drieu La Rochelle. Este amigo y amante de Victoria Ocampo, colaborador en los orígenes de Sur, se rindió ante la inteligencia y las pasiones “afiladas” del polígrafo argentino. En él vio a un hombre “verdaderamente inteligente -ni escéptico ni fanático- con opiniones y una meditación detrás que matiza secretamente la expresión más cortante”.

Al término de su estancia en la Argentina, en 1933, Drieu La Rochelle aceptó responder a una combativa “encuesta” sobre Borges preparada por la revista Megáfono. Expresó entonces aquella recordada invitación a los europeos que sintieran curiosidad por el prodigio sudamericano: “Borges vale el viaje”.

Las primeras traducciones fragmentarias al francés (a cargo de Néstor Ibarra, amigo y todavía admirador de Borges, antes de su distanciamiento) aparecieron en octubre en 1944 en la revista Lettres Françaises por gestión de Roger Caillois. Durante la Segunda Guerra Mundial este notable crítico y ensayista francés se había radicado en nuestro país merced a su amistad con Victoria Ocampo. Entonces conoció a Borges.

A su regreso a Francia, en 1946, Caillois promovió una segunda traducción, en este caso de Ficciones, que vio la luz en 1951 en Gallimard. Dos años después apareció, también en Gallimard, una antología con el título de Labyrinthes, y en 1957, otra vez por Gallimard, se publicó una versión de Otras inquisiciones.

Difusor entusiasta, el propio Caillois tradujo, en 1958, Historia universal de la infamia e Historia de la eternidad. Para entonces, hasta Le Temps Modernes, la revista de Jean-Paul Sartre, se había rendido al encanto borgeano. En 1952 incluyó una reseña de Ficciones firmada por Etiemble, crítico insignia; tres años después publicó una selección de textos borgeanos.

En noviembre de 1962 el gobierno francés nombró a Borges “Comandante de las Artes y las Letras” por recomendación de André Malraux, ministro de Cultura de Charles de Gaulle.

La consagración definitiva habría de llegar en 1964 cuando la revista L’Herne dedicó a Borges uno de sus “cuadernos”, el cuarto que publicaba.

Se trataba de un notable esfuerzo editorial de casi quinientas páginas integradas por ensayos críticos (allí reaparecían las palabras de Larbaud y Drieu La Rochelle), evocaciones personales de amigos y colegas (Bioy Casares, Rafael Cansinos-Asséns, José Bianco, Alicia Jurado, Victoria y Silvina Ocampo, por mencionar algunos), y más traducciones, algunas inéditas, de cuentos, poemas y ensayos del homenajeado.

Ernesto Sabato, Manuel Mujica Lainez, Nicolás Cócaro y Abelardo Castillo, entre otros, aportaron la evaluación local del colega célebre. Caillois, André Coyné, Marcel Brion, Gerard Génette, Pietro Citati y Emir Rodríguez Monegal, sumaron sus interpretaciones críticas desde el exterior.

El texto de Génette se lucía al analizar la obsesión del argentino por rastrear la genealogía de una idea o una imagen repetida por autores disímiles a través de las épocas:

“Según Borges, la literatura no es un significado prefabricado, una revelación que debamos experimentar: es una reserva de formas que aguardan su significado, es la inminencia de una revelación que no se produce y que cada persona debe generar por sí misma”.

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Las traducciones al francés facilitaron la divulgación de los libros de Borges en italiano y alemán. Elio Vittorini descubrió de ese modo Ficciones. En 1955 sugirió a Einaudi la primera antología conocida en italiano, La Biblioteca di Babele, con traducción de Franco Lucentini. En Alemania el sello Hanser Verlag publicó en 1959 una antología equivalente, Labyrinthe, que según Edwin Williamson, biógrafo borgeano, “pasó mayormente inadvertida en ese momento”. El introductor en España fue Carlos Barral a través de sus conexiones con Einaudi.

Sorprende que por esa fecha Borges seguía siendo mayormente desconocido en Gran Bretaña. Cuando visitó aquel país en 1963 apenas generó interés. Williamson apuntaría que el poeta Philip Larkin preguntó: “¿Quién es Jorge Luis Borges?”

La fama del argentino se afianzó mucho más rápido en Estados Unidos. Cuatro meses después de la obtención del Premio Internacional de Editores, en septiembre de 1961, Borges, que ya casi estaba ciego por completo, fue invitado a dictar un curso de literatura en la Universidad de Texas, en Austin. Viajó con su madre, Leonor, y permaneció seis meses en territorio estadounidense, en el comienzo de la estrecha relación que lo vincularía a un país fascinado por su estilo y su misteriosa personalidad.

En 1962 salieron las dos primeras traducciones al inglés: una versión de Ficciones y una antología, titulada Labyrinths, que hasta hoy sigue siendo la puerta de entrada al universo borgeano en la lengua de Shakespeare.

Las traducciones se ampliaron en 1964 con los ensayos de Otras inquisiciones y los poemas y textos breves de Dreamtigers (El hacedor).

En noviembre de ese año apareció en la New York Review of Books un artículo pionero del crítico Paul de Man (“A Modern Master”) que, en palabras de Jaime Alazraki, fue el primer “intento serio” en el mundo anglosajón “no tanto de entender el mensaje de la obra (de Borges) sino la relación entre el mensaje y su código”.

De Man no asimilaba los relatos borgeanos al universo de Kafka, como ya empezaba a ser habitual en la crítica del hemisferio norte, sino que los parangonaba con los “contes philosophiques” del siglo XVIII. “Su mundo -señalaba- no es la representación de una experiencia real sino de una propuesta intelectual”.

La diferencia de Borges con la obra de un Voltaire o un Diderot estaba en que el tema de sus relatos “es la creación del estilo mismo”. “Sus personajes principales -apuntaba De Man- son prototipos de un tipo de poesía o ficción sumamente estilizada”. Y más adelante: “Sus cuentos tratan sobre el estilo en el que fueron escritos”.

Al año siguiente se conoció otro artículo decisivo en el ambiente literario estadounidense. El escritor John Updike, de poco más de treinta años pero ya con una obra leída y elogiada, publicó en The New Yorker “El autor como bibliotecario”, una aguda semblanza de Borges, de sus lecturas y sus obsesiones a partir de los libros editados entonces en inglés.

Asombraba a Updike la “inusual coherencia” en la “variada producción” de Borges. “Sus relatos -definía- tienen la textura cerrada del argumento; sus artículos críticos, el suspenso y la tensión de la novela”.

Comprensible en un autor norteamericano, Updike destacaba en las “inquisiciones” de Borges la “generosa cantidad de espacio dedicada a escritores del idioma inglés”. Enumeraba los que entendía eran sus autores favoritos: Hawthorne, Whitman, Wells, Wilde, Chesterton. A partir de la preferencia por el último ensayaba una definición más general. “Como crítico y artista por igual, Borges media entre el presente posmoderno y y los pre-modernos coloridos, prolíficos y descuidados”.

Junto con su indudable admiración, Updike se permitía señalar algunas “oscuridades” en la obra borgeana. Una era la de su vida afectiva; otra, sus “preocupaciones religiosas”. Respecto de la segunda, el estadounidense subrayaba, al igual que lo había hecho el P. Leonardo Castellani un decenio antes, las “posibilidades casi blasfemas” que aparecían en un escritor al que calificaba de “pre-cristiano”. Lo asimilaba por tanto a los estoicos y al entramado intelectual de la antigua Grecia.

La comparación de Borges con Kakfa resurgiría en posteriores intervenciones críticas de John Ashbery y John Barth, autor vanguardista de lo que él mismo llamaba “literatura del agotamiento”, quien por lo demás ya empezaba a ser comparado con el argentino, en un elenco de modelos o epígonos que también incluía a Joyce, Pound, Nabokov o el incipiente Thomas Pynchon.

El hechizo planetario de Borges habilitaba explicaciones discrepantes. Mientras el uruguayo Emir Rodríguez Monegal razonaba que la falta de un estereotipado color local había demorado su entrada en el mundo cultural europeo, Jaime Alazraki, profesor argentino en Harvard, arriesgaba la hipótesis opuesta.

“Del otro lado del Atlántico o en América del Norte fue leído como europeo o norteamericano -escribió en la introducción de Critical Essays on Jorge Luis Borges, una recopilación de 1987-. Estaba tan familiarizado con ambas tradiciones literarias que sus lectores lo creyeron un compatriota. Había dejado atrás la desventaja de no ser el portavoz de su país”.

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Entre 1967 y 1968, Borges pasó nueve meses como profesor de poesía en la cátedra Charles Eliot Norton, en la Universidad de Harvard.

El decenio fulgurante en el país del norte culminó en 1969 cuando la Universidad de Oklahoma organizó el primer simposio en Estados Unidos dedicado a su obra. En la prensa, mientras tanto, habría más espacio para la evaluación crítica y la sorpresa.

George Steiner dejó su impronta en “Tigers in the Mirror” (“Tigres en el espejo”), publicado en 1970 en The New Yorker. El “esplendor de Borges”, que durante años había sido “clandestino, una señal de los happy few”, contaba ya con carta de ciudadanía. “En algún sentido -observaba-, el Director de la Biblioteca Nacional de Argentina es ahora el más original de los escritores anglosajones”.

Como Updike, también Steiner abrigaba algunas objeciones. Salvo el personaje de Emma Zunz, Borges no había creado ninguna mujer creíble. Por otro lado, sus espacios siempre eran míticos, nunca sociales. Razonaba luego que esas dos carencias podrían explicar su llamativa falta de interés por la novela como género literario.

Para Alfred Kazin, que llegó a conocerlo, Borges era “tan extraño en persona como en la página”, relató en 1971 a los lectores del New York Times Book Review.

Cediendo también él al patriotismo literario, imaginaba que el autor de El Aleph se había criado con Poe, Emerson, Melville y Thoreau, en un “mundo obsesivamente verbal, y carente de grandes experiencias y de cualquier honda preocupación sexual”. Aun así, el encanto perduraba.

“No hay nadie ni remotamente parecido a él”, fue su categórico dictamen.