Cultura
LA BELLEZA DE LOS LIBROS

Borges, el mejor del Mundial

A esta altura del Mundial, un asunto quedó claro: Jorge Luis Borges sigue siendo el mejor. Su genialidad no tiene parangón. Es un creador absolutamente impredecible. Le ha cerrado el hocico a los tiquismiquis que ven en su elegancia demodé una falta de instinto asesino, como el que caracteriza a la estrella francesa Michel Houellebecq o al eficaz artillero inglés G.K. Chesterton.

Todo hay que decirlo: prácticamente ningún argentino ha estado a su altura. Puede que los artificios de Julio Cortázar les encanten a los jóvenes, pero sólo en espacios cortos refulge. César Aira peca por repetición. Leopoldo Lugones alterna buenas con malas. Roberto Arlt es un rústico. Ricardo Piglia está sobrevalorado. Solo Fogwill y Schweblin nos han sorprendido gratamente. Bioy Casares, naturalmente, es una joya de otra época.

Digan lo que digan los comentaristas extranjeros, el camino hacia la final no será fácil para la Argentina. ¿Hay que recordar que Colombia tiene en sus filas a Gabriel García Márquez? Brasil siempre es interesante, aunque no cuenta con colosos como los de antaño (siguen suspirando de nostalgia por Guimarães Rosa y Machado de Assis). Cuesta ver en el banco de suplentes a Rubem Fonseca.

¿Y si el rival en semifinales es Inglaterra? Como otras potencias europeas, revitalizó su equipo con la inmigración. De ahí que sus principales figuras (además de Shakespeare y Chesterton, claro) sean V.S. Naipaul, Joseph Conrad, Oscar Wilde y Kazuo Ishiguro. La mejor defensa del torneo, ¿no? A priori, los Three Lions no tendrían problemas para batir a los mexicanos, a pesar del peso ofensivo de un Juan Rulfo o un Octavio Paz. En la cancha se ven los pingos, no obstante.

Ya habíamos lamentado en esta columna el despropósito de que Italia esté ausente. Con una mano en el corazón, ¿a quién no le gustaría reencontrarse con Italo Svevo, Carlo Emilio Gadda o Leonardo Sciascia, incluso con el sinvergüenza de Curzio Malaparte? Ahora nos causa pena la temprana eliminación de Uruguay, por tres nombres: Onetti, Felisberto y Levrero. Lo mismo con Alemania: ya sentimos saudades de Thomas Mann, Heinrich Böll y Günter Grass. Por cierto, cómo nos hizo transpirar Joseph Roth cuando jugamos contra Austria.

España podría ser la próxima baja entre los eminentes. En primer lugar, porque nunca ha logrado igualar el nivel de un Cervantes, un Lope o un Quevedo. Más acá en el tiempo, ni siquiera el de Francisco Ayala, Juan Benet o Juan Marsé. Se le acaban de ir Rafael Chirbes y Javier Marías. Le quedan en la chistera solo algunas cositas de Javier Cercas, Eduardo Mendoza y Enrique Vila-Matas.

En cuanto a las revelaciones del torneo, qué decir de Haruki Murakami, el más occidentalizado de los bravos japoneses. Ha logrado la proeza de superar al armonioso Yasunari Kawabata. Del sublime Yukio Mishima solo podemos decir que tiene tendencias suicidas.

Es probable que, en conjunto, la mejor obra del Mundial la hayan producido los estadounidenses. Cuentan en sus filas con un gigante que los mandarines de Estocolmo se rehúsan a consagrar. Nos referimos, por supuesto, a Thomas Pynchon. Nunca dejarán de agradarnos, además, las sutilezas de un Kurt Vonnegut o un J.D. Salinger. El mediocampo judío es excelente: Saul Bellow, Norman Mailer y Philip Roth, una maravilla de ver. Stephen King aviva nuestra imaginación con sus fantasías. De ninguna manera Irving, Oates o Ellroy resultan anacrónicos. Don Winslow es la gran aparición de los últimos tiempos, si es que dejamos de lado a Jonathan Franzen.

Pensando en la final, la Argentina debería respetar también a los franceses. Ya mencionamos a Houellebecq. No le van a la zaga Flaubert, Camus o Claude Simon. Y entre la nueva generación, Modiano y Carrère brillan. Es un equipo que se ha despojado de la pesada artificiosidad de tiempos atrás y va al hueso de la condición humana, como los ingleses o los norteamericanos.

Pero nosotros tenemos al mejor de todos: Jorge Luis Borges.