Suite inolvidable
Por Akira Mizubayashi
Edhasa. 239 páginas
En su novela más reciente, Akira Mizubayashi, literato japonés que escribe en francés, postula que el culmen de la civilización es la música clásica del Siglo de las Luces. Una hipótesis interesante. Culturas hay muchas; humanidad una sola. En su cima, relumbra Johann Sebastian Bach. Un refugio para los espíritus sensibles contra la barbarie, pero un refugio precario, ilusorio. Desde el 4 de septiembre del año 476 después de Cristo, sabemos que la civilización necesita un ejército poderoso para subsistir.
Suite inolvidable fue entregada a la imprenta en 2023. Llegó ahora a la Argentina. El núcleo incandescente es la desaparición prematura de un músico genial en el Japón de 1945. Otro alma que dejó este mundo antes de tiempo, entre las veinte millones de vidas destrozadas por la maquinaria bélica del fascismo oriental. Otra víctima de la Guerra de los Quince Años (así llaman en Japón al período diabólico que va desde la invasión en Manchuria hasta la rendición en la bahía de Tokyo).
La trama, trozada en capitulitos, se despliega en dos tiempos. En 1945, conocemos a Ken Mizutani (25 años), maestro del violonchelo. Recibe un día la temible papeleta roja. El Cuartel General Imperial lo convoca para las fauces de la guerra; ha llegado a su fin la dispensa para universitarios, intelectuales, artistas. Faltan hombres para la inútil y desesperada resistencia nipona.

Ken visita a su amante para despedirse. Hortense Schmidt (36), nacida en Francia, tiene un modesto taller de luthería perdido en el macizo del monte Asama. Después de una noche de pasión que traerá consecuencias, se dejan mensajes para la posteridad.
Páginas más adelante, se narra otra tragedia familiar: el dolor que provoca la muerte en batalla del hijo de Ryo Kanda, médico rural que se rebeló contra el culto fanático del emperador y así le fue. Aquí también, se talla un mensaje para los que vendrán: In terra pax hominus bonae voluntatis.
La historia salta a nuestro tiempo. Descendientes de aquellos personajes reconstruyen lo ocurrido, rinden homenajes a los muertos. Mizubayashi nos ubica en el mundo de la luthería y la interpretación musical, con una vibrante denuncia de la locura asesina de su Patria extraviada en los años cuarenta. Es una novela de nobles intenciones, que plantea la antinomia nacionalismo estrecho vs. pacifismo cosmopolita, pero la ejecución es defectuosa.
¿Defectuosa, dijimos? Sí. En primer lugar, por el tallado de los personajes. Son planos. Y los diálogos, ñoños. No es que todos los escritores tengan la obligación de asombrarnos con la adjetivación como lo hacían un Borges o un Onetti, pero las combinaciones del señor Mizubayashi (Sakata, 1951) son propias de un novato: "sonrisa cómplice", "tono travieso", "mirada pícara", "alegría inefable"... Una y otra vez sucumbe el autor a ese sentimentalismo que creíamos superado a fines del siglo XIX. Es una prosa romántica para aquellas personas a las que las densidades estilísticas fastidian. Y hay párrafos que parecen extraídos de la Wikipedia. ¡Oh, ese vicio de querer explicarlo todo!
Por otra parte, el libro apuesta buena parte de su éxito estético a un procedimiento que ni siquiera Proust pudo consagrar: el écfrasis musical. El diccionario lo define así: "Capturar lo intangible de la música y convertirlo en algo concreto a través de las palabras".
¿Consigue Mizubayashi conmovernos con la belleza del Preludio de la primera suite para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach? La prensa francesa, que cubrió esta novela de elogios, cree que sí. El crítico de Le Monde afirma que "la escritura de A.M. logra que el lector sienta físicamente la música". Otros comentaristas aseguran que la forma de composición del libro se asemeja a una partitura. Preferimos dejar la cuestión abierta. Quizás, se nos escapa algo trascendente a los que no estamos entrenados en la música clásica.
Volvemos al principio. Puede que lo mejor de la obra sea el mensaje contra la guerra de conquista y el despotismo. Hay un mundo superior frente a esos demonios. La música de Bach es "como un hombre solitario que camina en la penumbra con una antorcha en la mano iluminando el camino".