En la Argentina, un niño con dificultades del desarrollo puede terminar con fonoaudiología, terapia ocupacional, psicología, psicopedagogía, acompañante terapéutico y apoyo a la inclusión escolar, además de la escuela y los traslados. El problema no es que existan esos recursos: aparece cuando se acumulan sin una pregunta central: ¿qué necesita hoy este niño y cómo sabemos si está mejorando?
La escena se volvió familiar para muchas familias: diagnóstico, certificado, indicaciones múltiples y una agenda que se llena rápidamente. El niño pasa de la escuela al consultorio, de allí a otra terapia y luego a casa, donde todavía quedan tareas, comidas, higiene y sueño. Entre tantas intervenciones puede desaparecer algo básico: tiempo para jugar, descansar, estar con su familia y vivir una infancia.
En los informes oficiales consultados para esta nota no aparece una estadística nacional consolidada que diga cuántos niños reciben simultáneamente cuatro o cinco terapias, acompañante terapéutico y apoyo escolar, ni cuántas horas semanales acumulan. Esa ausencia también importa: se registran prestaciones, pero es mucho más difícil responder si están coordinadas, si comparten objetivos o si se suspenden cuando dejan de ser necesarias.
NUEVO PLAN NACIONAL DE TEA
El Registro Nacional de Personas con Discapacidad informó 114.389 personas certificadas con condiciones vinculadas al espectro autista al 31 de octubre de 2023. En un relevamiento pediátrico de 426 protocolos de una junta evaluadora de Almirante Brown, el 89,5% correspondía a solicitudes de CUD por primera vez y el 57,3% de los niños evaluados tenía entre 3 y 8 años. Muchas familias ingresan al circuito de prestaciones a edades muy tempranas.
Durante años se instaló la idea de que, frente a un diagnóstico de autismo, la respuesta debía ser “intensiva”: más horas, más estímulos, más profesionales. Sin embargo, la evidencia es menos lineal. Un meta-análisis publicado en JAMA Pediatrics en 2024 reunió 144 estudios y 9.038 niños pequeños con autismo. No encontró una asociación positiva significativa entre mayor cantidad de intervención —intensidad diaria, duración o intensidad acumulada— y mejores efectos al comparar dentro de cada tipo de intervención.
EL PUNTO CIEGO
El nuevo Plan Nacional de TEA va en la dirección contraria a la automatización.
La discusión científica no está cerrada. Un análisis publicado en Autism Research en 2026 sobre intervención conductual temprana intensiva sí encontró que la cantidad de horas podía contribuir a algunos resultados, pero todos los estudios incluidos presentaban un riesgo serio de sesgo por ausencia de asignación aleatoria. La conclusión práctica no debería ser “menos terapia” ni “más terapia”: debería ser terapia indicada, individualizada, medible y revisada.
El 24 de agosto de 2026 entró en vigencia el nuevo Plan Nacional del Trastorno del Espectro Autista. El documento oficial pide evitar interpretaciones diagnósticas prematuras, adaptar las intervenciones al perfil clínico individual y organizar la atención en tres ejes integrados: detección temprana, evaluación interdisciplinaria y planes de tratamiento integrales. También jerarquiza el seguimiento del desarrollo infantil como parte de la coordinación de cuidados.
Esto importa especialmente cuando un niño ya tiene acompañante terapéutico y maestra de apoyo. Ambos pueden ser recursos valiosos, pero no reemplazan la evaluación clínica ni el diagnóstico diferencial, y su necesidad debe revisarse. En educación, la normativa argentina establece que los apoyos se definan según las necesidades del alumno y se articulen mediante un proyecto individual, no sólo por el rótulo diagnóstico.
OBJETIVOS Y SEGUIMIENTO
Las reglas de la Superintendencia de Servicios de Salud contemplan evaluación inicial, plan de abordaje individual, objetivos específicos, resultados e informes de seguimiento semestral para prestaciones vinculadas a discapacidad. Para el apoyo a la integración escolar también se exige un plan individual. El riesgo aparece cuando esa documentación se reduce a un trámite de renovación y no se usa para decidir: ¿qué mejoró?, ¿qué no cambió?, ¿qué puede reducirse o modificarse?
VOLVER A MIRAR AL NIÑO
* ¿El diagnóstico sigue explicando el cuadro actual o requiere revisión?
* ¿Cómo duerme, oye, ve, come, crece y elimina? ¿Hay dolor, constipación o problemas respiratorios?
* ¿Existen crisis, regresiones, alteraciones motoras u otros signos que requieran evaluación neurológica o genética?
* ¿Cada terapia tiene un objetivo funcional, un indicador de evolución y un criterio de alta o reducción?
* ¿La carga total permite escuela, descanso, juego, actividad física y vida familiar?
Esto no significa pedir estudios indiscriminados. La revisión clínica debe guiarse por la historia, el examen, la trayectoria del desarrollo y los síntomas. Significa exactamente lo contrario a una batería automática: volver a individualizar.
El objetivo no es llenar la semana: es mejorar la vida. Un niño no es la suma de sus prestaciones. Fonoaudiología, terapia ocupacional, psicología, psicopedagogía, acompañamiento y apoyo escolar pueden ser decisivos cuando están bien indicados. Pero la calidad del tratamiento no se mide por la cantidad de casilleros ocupados en la agenda, sino por objetivos pertinentes, cambios observables, coordinación entre profesionales, bienestar y funcionalidad cotidiana.
En neurodesarrollo, revisar también es tratar. A veces significa intensificar un apoyo; otras, cambiar el foco, simplificar la agenda, devolver espacio a la escuela y a la familia o investigar un problema clínico que estaba quedando detrás del diagnóstico. La pregunta que debería ordenar todo el sistema es: “¿qué estamos intentando mejorar y qué evidencia tenemos de que esta estrategia le sirve a este niño?”.
Dra. Florencia Sanabria
Médica pediatra y psiquiatra infantil