Decía el Padre Alberto Ezcurra que, así como la Iglesia propone a los santos como ejemplos de vida cristiana, la Patria señala a sus héroes como modelos de las virtudes que hicieron posible su existencia histórica.
Los santos son testigos de la Fe; los héroes son testigos del amor a la Patria. Los primeros muestran el camino hacia Dios; los segundos enseñan el camino del deber, del sacrificio y del servicio al bien común. Unos y otros constituyen arquetipos, ejemplos concretos capaces de orientar a las generaciones futuras.
Por eso las naciones que olvidan a sus héroes terminan olvidando también las virtudes que aquellos encarnaron. Cuando desaparecen los modelos, se debilitan las referencias morales; cuando se pierde la memoria de los grandes hombres, el patriotismo deja paso al individualismo y el bien común cede ante los intereses particulares.
Quizás por ello nuestro tiempo parece atravesar una profunda crisis de patriotismo. No sólo en la Argentina, sino en gran parte de Occidente. Vivimos en una época que exalta los derechos, pero olvida los deberes; que celebra el éxito individual, pero desconfía del sacrificio; que multiplica las comodidades, pero empobrece el sentido de pertenencia.
Ante esta realidad, volver la mirada hacia los héroes nacionales deja de ser un ejercicio de erudición histórica para convertirse en una verdadera necesidad patriótica. Necesitamos reencontrarnos con aquellos hombres que hicieron de la virtud una conducta y del servicio una vocación.

En esta semana de junio la historia nos llama a fijar la mirada en dos dechados o modelos que nos aleccionan con sus conductas y sus palabras.
Dos varones hispanocriollos cuyas luchas fueron concurrentes, sus ideales concordes, sus creencias religiosas sostenidas en la Fe Verdadera, su suelo natal aquel argentino reino, solar que todavía reivindicamos jubilosos como nación soberana.
Dos varones de espíritu heroico, cuyas muertes, como sus vidas, acaecieron también en proximidad de fechas y de circunstancias.
Don Martín Miguel Juan de Mata Güemes; don Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano.
Los unió primero la lucha contra el inglés, cuando ambos participaron virilmente en expulsarlos de Buenos Aires, invadida a comienzos del siglo XIX. Ató después sus destinos el horizonte de mayo. No un mayo cualquiera; sino, el fidelista, encepado sin felonías a la tradición monárquica y católica con la que nos fundara España.
Si el salteño estuvo en la Ciudad de la Santísima Trinidad, asaltando un barco pirata a puro trote de caballo y de tacuaras, el trinitario estuvo en Salta, batallando contra el verdadero rostro del enemigo, las fuerzas del borbonato innoble y desleal, detrás de las cuales estaba ambición napoleónica.
Los dos fueron capaces de anteponer el sacrificio al beneficio, el bien común al interés privado, la austeridad al lujo, el ideal épico a la molicie, Dios y la Patria a la impiedad y el desarraigo. Los dos hicieron de la milicia un oficio de caballeros, como hicieron de la muerte un acto de servicio. La encontró Güemes arteramente emboscado; Belgrano después de tantas peripecias y lides sin treguas.
En una famosa carta del 6 de noviembre de 1816, Güemes le escribió a Belgrano: "Mi amigo y compañero de todos mis afectos: Hace Ud. muy bien de reírse de los doctores, sus vocinglerías se las lleva el viento, porque en todas partes tiene fijado su buen nombre y opinión". Las letras retratan el trato honorable y respetuoso que se prodigaban, y el sensato consejo de no darle importancia a la vocinglería de los malvados, que hasta hoy nos persiguen.
Belgrano a su vez, se dirigió epistolarmente al Caudillo Gaucho, por ejemplo, el 3 de febrero de 1818. Para decirle cosas como éstas: "Compañero y amigo mío: ¡Qué circunstancias tan tristes en las que estamos... El egoísmo ha ocupado el lugar del patriotismo. Aquí sigue la tremenda seca y no menos la de los corazones... Compañero, Ud. no necesita para mí de rodearse ni de luces, ni de sombras, mi corazón es franco, soy su amigo...¡ Qué gusto, compañero, ver a nuestros paisanos manifestando que son tan militares como los mejores!...Trabajemos, mi amigo, trabajemos firmes; que la posteridad nos haga justicia".
LO DIERON TODO
Mejores lecciones no podemos pedirles. Lo dieron todo; donaron sus juventudes, sus arrebatos, sus gestas y su sangre al Señor de los Ejércitos. A la vanguardia de sus epopeyas iban encabezando las filas más riesgosas. Uno nos dejó el manto de la Inmaculada hecho bandera. El otro nos dejó la cruz en la empuñadura de su sable invicto.
Honor y gloria a Güemes y a Belgrano.
Comandante de los gauchos, General de los criollos:
¡Presentes! ¡Viva la patria!