POR CEFERINO REATO *
Lapuerta de la habitación del tercer piso del Hospital Naval se abrió y el almirante Isaac Francisco Rojas, emblema del antiperonismo más enfático, tenaz e irreductible, cedió paso al presidente Carlos Saúl Menem mientras indicaba el camino con su mano derecha.
-Permítame, señor Presidente, que lo acompañe hasta el portalón de salida -dijo el líder de la Revolución Libertadora, que en 1955 derrocó al presidente Juan Domingo Perón.
Un lenguaje propio de un marino cabal: Rojas, que vestía una robe de chambre sobre su pijama, se refería a la abertura similar a una puerta en el costado de un buque para la entrada y salida de personas.
-Ha visto, almirante, que ha sido una visita amistosa, como se lo anticipé al llegar -le comentó Menem luego de caminar juntos unos metros, hasta la puerta del ascensor.
-Sí, señor Presidente, le agradezco mucho su visita y la conversación de casi una hora que tuvimos.
Menem tomó por los brazos esa enjuta figura de anteojos negros eternos, muy cerca de cumplir ochenta y tres años, acercó su rostro y le dio un beso en la mejilla:
-Le deseo una pronta recuperación, almirante, y lo espero en la Casa Rosada.
Rojas se sorprendió: ese gesto no estaba en su repertorio de modoso caballero, pero recordó que al entrar a su habitación Menem había besado también así a su esposa, Lía Edith, Beba, el amor de su vida.
Luego de una pausa, la persona más odiada por tantos peronistas que vivieron aquel golpe de Estado; los fusilamientos de militares y civiles de 1956; la humillación, el revanchismo y la proscripción, y el exilio de Perón durante dieciocho años, le dijo con una cierta solemnidad:
-Señor Presidente, déjeme que lo mire a los ojos.
Rojas lo observó durante unos segundos y ahí fue Menem el sorprendido, aunque no tanto como cuando El Almirante, Paco, Tata, El Negro o La Hormiga Negra -los sobrenombres de esa figura singular de la política criolla- se acercó y le dio, también, un beso en la mejilla.
-Le deseo el mayor éxito en su ardua y difícil gestión para que saque al país de esta decadencia.
-Muchas gracias, almirante, trataré de hacerlo.
Ahora los sorprendidos eran los pocos testigos de aquel encuentro imprevisto. Es que Menem y Rojas representaban los dos polos de la antinomía que dividía a los argentinos desde hacía más de cuarenta años, y que contribuyó grandemente a la violencia política de los 60 y 70, y al atraso y la decadencia del país. El peronismo y el antiperonismo.
Antes de que se introdujera en el ascensor, Rojas lo miró bien, como midiéndolo.
-Señor Presidente, yo creía que éramos los dos de la misma altura, y veo que usted es un poco más alto que yo.
-Ése es mi consuelo -se despidió Menem, con una sonrisa.
Pero, cuando lo vio entrando de espaldas al ascensor, Rojas advirtió algo que luego comentaría a su esposa, ya en la habitación: “El Presidente estaba con tacos y yo estoy en pantuflas; somos de la misma altura”.
Ocurrió el 20 de octubre de 1989. A la salida del hospital, Menem encaró a los periodistas que lo aguardaban: “Puedo decir que el almirante Rojas es una persona muy agradable y que está totalmente informado sobre los problemas generales que afectan a la Nación”.
“Es una persona de muy buenos sentimientos, lo demuestra con su mirada franca”, señaló a su vez Rojas por teléfono a La Prensa.
Hacía diecisiete días que el Almirante estaba internado; el corazón siempre fue su punto débil, y había sido operado por segunda vez por el equipo del doctor René Favaloro.
En declaraciones a Radio Continental, Rojas elogió la marcha del gobierno y, en especial, la política económica, pero criticó por “inoportuna” la visita a Menem de los recién indultados ex jefes montoneros Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja, el día anterior.
“La reconciliación de los argentinos no se va a conseguir conversando con personas que son prácticamente confesos de haber cometido asesinatos”, afirmó.
Sobre la antinomia entre peronistas y peronistas, precisó que “no es entre los hombres sino entre los sistemas, y yo soy un enemigo declarado del sistema que fundó Juan Perón; un enemigo irreconciliable de ese sistema nazi-fascista, totalitario, y contra ese sistema se produjo el movimiento cívico militar de 1955, que triunfó”.
En su opinión, Menem estaba dejando atrás ese modelo, afortunadamente: “Ahora ya no se habla de ‘combatir al capital’ o de ‘por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de ellos’”.
Rojas era el símbolo de la Marina, la fuerza más refractaria al peronismo, que lo protegía a toda hora, en especial durante los años de plomo, cuando los grupos guerrilleros convirtieron a militares y policías en sus principales blancos. Sin contar a los caídos en combate, fueron asesinados seiscientos cincuenta y tres uniformados entre 1969 y 1979.
El secretario de Deportes, Fernando Galmarini, no quería ni a Rojas ni a la Armada, como tantos otros peronistas que habían integrado la guerrilla peronista, en su caso primero Descamisados —católicos de izquierda— y luego Montoneros, durante la dictadura de los generales Juan Carlos Onganía/Roberto Levingston/Alejandro Lanusse, entre 1966 y 1973.
Por eso, no le gustó nada cuando recibió la orden de Menem de organizar un partido de fútbol contra un equipo de marinos.
-Pero Carlos, es un quilombo. Justo la Marina con la que tuvimos tantos problemas, tantos compañeros muertos.
-Mirá, Pato, este partido está hecho. Yo ya hablé con el almirante (Jorge) Ferrer. Tenés que ir a hablar con él a la ESMA.
-Pero ¿por qué en la ESMA? ¿Por qué no lo hacemos en otro lado: en un bar, en una casa?
-Anda allá porque no solamente va a estar él, sino que van a estar varios jefes de la Marina.
-Peor, Carlos.
-Mirá, si no vas vos, alguien va a ir.
-No, no, yo voy.
-Bueno, hacé una cosa, invítalo a Carlos Bilardo.
-Muy bien.
-Decile a Ferrer que vamos a cantar el Himno, habla él, hablo yo y nada más. Después, nos cambiamos y jugamos el partido.
Bilardo estaba preparando el seleccionado para el Mundial de 1990, en Italia.
“Carlos -contó Galmarini- llenó el baúl del coche con videocasettes porque yo le dije que el Presidente quería que les hablara de fútbol a los marinos. Había unas cincuenta personas. Carlos pasó los videos uno tras otro explicando pases, tiros libres, goles… La gente estaba enloquecida de contenta. Y quedamos en hacer el partido en Puerto Belgrano”.
“Después entendí que Carlos me mandaba a mí porque ellos sabían, seguro, que yo había estado en Montoneros. Era parte de la reconciliación, también. El partido ya había sido arreglado entre Carlos y Ferrer, que era el jefe de la Marina”, agregó.
Ya estaban cantando el Himno en Puerto Belgrano cuando Galmarini vio que se acercaba Rojas, de uniforme, a paso lento pero muy seguro.
-Ahí viene el almirante Rojas- lo codeó a Menem.
-No se te ocurra no saludarlo.
-No, claro.
“La rabia del peronismo -explicó- era con Isaac Rojas. Más que con Aramburu. Bueno, igual: estaban pata a pata, me parece. Pero creo que más Rojas porque había recibido la Medalla A la Lealtad Peronista cuando estaba como agregado naval en Río de Janeiro. Y de las Fuerzas Armadas, la más troglodita, la más dura con el peronismo siempre fue la Marina”.
Galmarini recordó que “verlo a Rojas en aquel acto en Puerto Belgrano me causó mucha impresión porque uno de los que más buscamos para ver si podíamos ‘hacerlo’ fue a Rojas, ahí en su departamento de Santa Fe y Austria. Antes que a Aramburu”.
“Hacerlo” quería decir en el léxico guerrilleros de los 60 y 70 “matarlo en un atentado”.
“Pero, Rojas tenía muchísima custodia de la Marina”, recordó.
* Periodista y escritor. Este texto fue extraído de su último libro, ‘Pax menemista’