Cada 21 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Alzheimer, una fecha que nos recuerda a uno de los mayores temores y territorios más inciertos de nuestra época: el olvido, la pérdida de identidad, y de agencia que nos permite ser autónomos. La historia de este temor comenzó el 25 de noviembre de 1901, cuando el Dr. Alois Alzheimer evaluó en el asilo de Frankfurt a Auguste Deter, una paciente de 51 años que presentaba una sintomatología inusual. "Su memoria está gravemente deteriorada", anotaría Alsheimer tras una detallada anamnesis. Fue en 1906, tras estudiar el mismo el cerebro de Deter e identificar por primera vez las placas amiloides y los ovillos neurofibrilares, que presentó el caso, acuñando Emil Kraepelin poco después en reconocimiento, el término que hoy define a la enfermedad.
Desde aquella observación, esa palabra dejó de ser un simple apellido para convertirse en un significante de pérdida. Esa falla estructural ha sido el centro de los estudios, buscando alguna solución a la misma. Sin embargo, hay un aspecto más humano y es que esta patología nos genera un miedo profundo, no solo de perder la capacidad de recordar, sino a perder nuestra propia identidad, el mapa que define nuestro territorio, y que en su defecto nos lleve al olvido. Olvidar y al mismo tiempo ser olvidados.
Quizás para entender este terror, debamos primero reflexionar sobre nuestra concepción del olvido y el rol en la constitución de nuestra existencia. Si bien la cuestión del olvido y ser olvidado nos ha acompañado seguramente desde el inicio de los tiempos, en los momentos actuales en qué vivimos, en una sociedad hiperconectada y crónicamente fatigada por esa sobre estimulación, y que endiosa, pero a la vez padece la retención ininterrumpida de datos, el olvido es falla, error, carencia o un enemigo a vencer. Buscamos desesperadamente acaparar y retener datos, por el temor de “quedarnos afuera”, el famoso FOMO (Fear of missing out). Sin embargo, la neurobiología en la actualidad, así como la literatura y la filosofía desde la antigüedad, nos muestran otra faceta: necesitamos olvidar para poder pensar, pero sobre todo para poder continuar con el flujo de la existencia. Olvidar es una función biológica vital que nos permite abstraer, generalizar, hacer espacio para lo nuevo, sanar traumas y adaptarnos al presente. Quizás el ejemplo de la hipermnesia del trauma psíquico que necesita poder olvidar y salir de la memoria intrusiva traumática, se relaciona con el otro trauma, del "Síndrome de Funes" borgeano. Sin ese olvido activo, colapsamos, quedamos paralizados y asfixiados bajo el peso de un archivo inabarcable.
Sin embargo, el problema de la enfermedad de Alzheimer radica en que no se trata de ese olvido vital necesario, sino de un olvido patológico que borra el mapa interno y desdibuja progresivamente la propia narrativa del sujeto. Lo que aterra al paciente y a su familia no es perder el nombre de un objeto, sino ver cómo se disuelve el hilo que une quiénes fuimos con quiénes somos.
MEDICALIZACION EXTREMA
En un caso el sujeto no puede moverse dentro de su territorio por el exceso de elementos y en este, la progresiva desconexión y perdida de puentes hacia la propia historia, impiden establecer un derrotero. El exceso y el vacío impiden ser. Ante este progresivo crecimiento de los espacios de vacío, se va generando un abismo, y en el afán por detener esta disolución de la identidad, el sistema de salud y las familias pueden perder el rumbo, el sentido y caer en una trampa peligrosa: la medicalización extrema y/o caótica. A veces la ansiedad ante el diagnóstico y la necesidad de actuar, a rellenar ese vacío con intervenciones terapéuticas y a veces a la polifarmacia. Es como si hubiéramos olvidado el “Primum non nocere”, primero no dañar atribuida al Juramento Hipocrático (donde no figura) pero que sería obra de Thomas Sydenham, conocido por su corea. Es común observar en la clínica a pacientes que llegan “etiquetados” en un catálogo de síntomas en lugar de personas.
Esos síntomas aislados del contexto, niegan la identidad y autonomía que la propia enfermedad cuestiona, parecieran fruto de una consulta mecánica, antes por Vademécum, hoy quizás AI, donde a cada síntoma se atribuye un fármaco supuestamente anti. Así llega el paciente, y nos da un listado, o los prospectos, llegando a ser en algunos casos de algunas decenas de fármacos diferentes, sin que él o su familia comprendan el propósito de cada uno. Al mismo tiempo esa plétora lleva al caos en la administración del mismo, con consecuencias impredecibles.
Intentar forzar un cerebro exhausto, tapándolo con medicación en una polifarmacia ciega y iatrogénica no recupera el territorio perdido ni devuelve la memoria. Por el contrario, las prescripciones superpuestas y las dosis inadecuadas exponen al paciente a interacciones tóxicas, mayor letargo y peligros físicos reales que oscurecen la lucidez que aún conserva. Sin olvidar que, en muchos casos, se trata de depresores del sistema nervioso. En lugar de rescatar al sujeto, se lo sepulta bajo la receta médica, que paradójicamente en esa necesidad de más es mejor, multiplican el cuadro. Esta situación la vemos en todo tipo de cuadros neuropsiquiátricos.
Frente a esto el desafío de la medicina actual es volver a lo que nos ha enseñado toda la historia y sumar los avances modernos a lo tradicional, empezando por saber que la mejor intervención posible, puede ser hacer lo mínimo necesario. Es decir, dejar de perseguir únicamente a la enfermedad estructural para comprender la condición humana. Porque esa salida de la propia angustia terapéutica, nos lleva al terreno más profundo y en el cual podemos hacer mucho, más allá de los fármacos, que llevan al cuidado, al acompañamiento, a todo lo que hace a las condiciones de vida. Frente a la angustia existencial que genera el olvido patológico en todos, pacientes, familiares, pero también terapeutas, la respuesta no puede ser obligar al cerebro exhausto a recordar a la fuerza, ni intoxicarlo con intervenciones desmedidas, frente a manifestaciones clínicas, que sabemos que al momento actual no tenemos forma de anularlas, pero sí modularlas. Nuestro verdadero desafío es aceptar la vulnerabilidad del mapa biológico y rescatar el significado, ayudando a navegar lo que queda intacto, las emociones, los vínculos, y todos los aspectos de la vida en las mejores condiciones, sin transformar ese estado en un terreno de batalla terapéutica, en el cual el territorio arrasado sea el paciente.