Suplemento Económico
HISTORIAS DE LA INVOLUCION ARGENTINA

Allen, de la gloria a la resignación

Por Dr. Gianluca V. Di Battista

Allen no fue apenas otro pueblo del Sur. Fue, probablemente, uno de los proyectos urbanos más ambiciosos de la Patagonia. Sus calles albergaban comercios, casas y construcciones en una escala desconocida para la región, mientras prosperaban más de veinte bodegas, cientos de establecimientos agrícolas y varias fábricas. Inmigrantes de distintos lugares llegaban buscando un futuro y los capitales internacionales se encontraban aquí un horizonte de inversión.

Durante la década de 1920, Allen llegó incluso a superar en población a General Roca y Cipolletti. Contaba con 4.001 habitantes, frente a los 3.291 y 1.558 de aquellas ciudades, respectivamente.

No era casual que la llamaran La California Argentina . Mientras otros pueblos apenas sobrevivían, Allen imaginaba grandeza . Donde antes había polvo y jarilla aparecieron hileras de álamos y chacras geométricas que convertirían al Alto Valle en una potencia frutícola e industrial. El desierto comenzó a oler a fruta madura y aquella roja de acequias dio origen a una de las economías regionales más extraordinarias del país.

Vista desde el presente, esa pujanza parece una exageración mítica. Pero existió. Comprender cómo fue posible semejante explosión de progreso obliga a preguntarnos por qué gran parte de aquel impulso terminó perdiéndose. No se trata de entregarnos a la nostalgia, sino de escudriñar la historia para descubrir en qué momento nos deja pensar en grande.

LA PRIMAVERA DEL DESIERTO

Para entender aquella primavera hay que volver al principio. Décadas antes, el viento arrastraba remolinos de polvo sobre la meseta y el Valle parecía una escena de western : algunas carretas avanzaban lentamente sobre la tierra seca, los fogones le peleaban a la noche patagónica y, más allá de los altos paredones del valle, se extendía un horizonte inmenso que parecía lindar con el infinito.

Cuesta imaginar lo que significaba llegar hasta aquí a finales del siglo XIX: dos semanas de viaje en carreta, atravesando barro y viento, para alcanzar un territorio sin electricidad, gas, agua potable, infraestructura ni materiales de construcción. Tras la Conquista del Desierto, las tierras fueron repartidas entre militares y empresarios, pero muchas permanecían vacías. La Ley de Colonización obligaba a poblar y producir porque el Estado temía que la región se convirtiera en una inmensa especulación improductiva. Sin agua ni riego, aquellas tierras valían poco más que nada.

CLAVES DEL MILAGRO

Algunas de esas hectáreas fueron adquiridas por la familia de don Félix Patricio Piñeiro Sorondo, un bonaerense vinculado a una de las redes familiares más influyentes de la Generación del Ochenta. Frecuentaba el ambiente porteño y mantenía relaciones con figuras como Roca y Sáenz Peña. Sin embargo, lo singular no fue su pertenencia a aquella élite, sino su decisión de abandonarla para internarse en el desierto.

Conoció el Valle trabajando para el Ferrocarril del Sud y regresó en 1907, después de renunciar al Ministerio de Agricultura. Comprendió de inmediato los dos grandes desafíos: el agua y el transporte. Impulsó la Cooperativa de Irrigación para construir los canales que transformarían la tierra árida en suelo fértil y gestionó la instalación de una estación ferroviaria. El 20 de marzo de 1910 llegó el tren. La estación fue bautizada en honor a Sir Henry Charles Allen, directivo de la compañía británica, y con ella llegaron los inmigrantes, las mercancías y el futuro.

El 25 de mayo de 1910, mientras el país celebraba el Centenario de una Argentina abierta al mundo y al progreso, colonos y vecinos se reunieron en el campamento del ingeniero Quesnel. Izaron la bandera, cantaron el Himno y proclamaron solemnemente la fundación del pueblo. Todo terminó con un gran asado a la criolla en la chacra del fundador.

Allen no nació de un plan centralizado ni de una voluntad política, sino de la voluntad, la iniciativa y el esfuerzo de sus pioneros. El decreto nacional que meses después aprobó oficialmente el trazado del pueblo no hizo más que reconocer lo que la sociedad civil ya había comenzado a construir sobre la tierra. Desde su origen existió un mandato ético y económico: no levantar un campamento precario, sino construir, mediante el capital, el trabajo y la propiedad, una ciudad diseñada para perdurar.

¿Qué movía a Patricio? ¿El interés económico o una vocación fundacional? ¿Fue Allen un gran loteo? Negar el beneficio financiero sería ingenuo la tierra irrigada, dotada de caminos e instituciones, multiplicaba su valor. Pero reducir su papel al de un simple especulador es una cruel mentira. Un especulador espera la renta desde Buenos Aires, no dedica años a gestionar escuelas, caminos, hospitales y canales en un territorio incierto, ni asume personalmente la responsabilidad de gobernarlo.

PARÁLISIS DEL PRESENTE

Aquel impulso no desapareció de un día para otro. Se fue apagando lentamente. Cerraron bodegas y fábricas, el ferrocarril perdió su centralidad y la actividad frutícola comenzó a concentrarse, expulsando a muchos pequeños y medianos productores. Al mismo tiempo, la ciudad dejó de proyectar su crecimiento con la ambición de sus fundadores. La cultura del trabajo no murió, pero quedó cada vez más asfixiada por la falta de inversión, el deterioro institucional y una política ocupada en administrar la decadencia.

Así, una ciudad que alguna vez salió al desierto a construir su propio destino terminó acostumbrándose a esperar que alguien viniera a salvarla. Hoy buena parte de nuestras esperanzas parecen depositarse en la llegada providencial de dos o tres empresas petroleras. Pero la experiencia reciente ha sido demasiado ingrata, una y otra vez proyectos que se anuncian como promesas de prosperidad y empleo terminan entre crisis empresariales, deudas, impuestos impagos y trabajadores que quedan a la deriva. Allen pasó de atraer capitales para transformar el desierto a esperar, casi resignada, que el próximo inversor tenga mejor suerte que el anterior.

Esta es la brecha brutal que nos separa de aquella época. Hoy no solo asistimos al deterioro de las calles, al abandono de las chacras o al colapso de los servicios, asistimos a una profunda y dolorosa crisis institucional.

Mientras el intendente y los concejales se denuncian, se suspenden, se reclaman cargos y se impugnan entre sí, las instituciones son descuartizadas en una miserable guerra de poder. Nadie gobierna, nadie controla y nadie se hace responsable de un municipio que gasta todo su presupuesto en pagar sueldos. Se disputan el sillón mientras los allenses quedamos obligados a financiar una burocracia que convirtió el Municipio en botín de guerra para asegurarse un cargo y un sueldo. Allen se empobrece, pero la estructura política se reproduce y se alimenta de su decadencia.

Ya no se discuten proyectos de futuro, sino la emergencia o el escándalo del día. Nos acostumbramos tanto a la decadencia que hasta tapar un bache parece una hazaña administrativa.

Pero lo más grave no es el descalabro financiero ni la falta de recursos. Lo más grave es el daño espiritual: la pérdida de la capacidad de imaginar grandeza. Dejamos de pensar en cómo crear riqueza para resignarnos a discutir cómo repartir la escasez. Ni Allen ni el Valle surgieron de un milagro natural, fueron la obra de hombres y mujeres convencidos de que, aun en el desierto, era posible construir algo extraordinario.

Como nos enseñaron los pioneros, una ciudad no se ama porque sea próspera: se la ama para que llegue a serlo. Por eso, la ruina de Allen no empieza en los bolsillos, sino en el alma. Un municipio quiebra por el déficit de sus cuentas, pero una comunidad quiebra cuando pierde la fe en sus instituciones. Porque los pueblos no mueren cuando se quedan sin fondos, sino cuando se resignan a no volver a soñar.