Los mozos, con Pablo a la cabeza, vuelan de un lado al otro del salón y van desde el patio hacia la enorme parrilla. Parecen participar en una maratón interminable que se estira hasta la medianoche, con suerte. Es que la gente no para de venir: familias, amigos de décadas, los chicos del futsal. Todos y todas esperan ser atendidos enseguida. Eso, claro, no siempre se logra, y la demora comenzará a disculparse cuando lleguen los ‘chori’ de sabor inolvidable; se aquietará todavía más al hacer su aparición las carnes humeantes y directamente pasará al olvido con los flanes abundantes recubiertos de crema y dulce de leche.
Nada es poco, escueto o aletargado en el bodegón del Club Kimberley de Devoto. En el salón hay ruido, sí, y mucho por momentos -la cosa afloja en el enorme jardín calefaccionado de la entrada-. Sin embargo, nadie parece quejarse ni preocuparse. Al revés, se respira un aire de jolgorio, muy propio de un club. Hay camaradería en el ambiente.
Hace diez años, “papás del club” decidieron fundar el restaurante, que no es un simple buffet. Hay un gran despliegue de mesas -aseguran que la capacidad es para cien cubiertos-; también se nota mucho empeño en la ambientación (el diseño estuvo a cargo de la decoradora, y también socia, Eugenia Pires). Además de las típicas camisetas de fútbol que cuelgan en las paredes de ladrillo, se empotró un bello mueble con botellas. Un mostrador y barra completan la escena.
Desde las mesas del salón se ve el verdadero corazón del club, la cancha de fútbol. Muy ordenados, al terminar un partido, sale un grupo de adolescentes que se ubica en una mesa gigante, donde los acompañan sus instructores. A las 21 de un domingo, el lugar estalla. La carrera de los mozos no afloja.
Como todo bodegón que se precie, y el del Kimberley sin dudas debe ser uno de los mejores de la ciudad, las porciones son compartibles al infinito. Pero sobre todo, ricas.
Hay de todo lo típico que podría esperarse: milanesas, pastas, carnes. No se ven ganas de experimentar en la carta -¿¡para qué!?-. Desde la cocina encabezada por Julio Riquelme como encargado de la parrilla, junto a Jorge Pastrana en la coordinación general del salón, salen los buñuelos de acelga y las empanadas como entradas estrella. De principales, además de las pastas, se destacan los pollos a la provenzal, al ajillo, al champiñón, al roquefort o a la pizza. Vienen con generosas porciones de papas fritas y batatas.
Hoy, el bodegón está a cargo de cuatro socios, incluido el emprendedor gastronómico Walter García Díaz, quien es dueño, entre otros proyectos, de la entrañable pizzería La Casa Blanca de Habana.
Definido como un bodegón con parrilla a carbón, el restaurante del Club Kimberley se destaca por ofrecer algo más profundo: un clima atravesado por lo comunitario y la alegría compartida en torno a la mesa.
A las 23.30, cuando en muchos lugares la noche empieza a aflojar, en el Kimberley todavía entra gente. Los mozos continúan yendo y viniendo entre el salón y la parrilla, con el mismo ritmo del inicio. Desde la cocina siguen saliendo platos, las mesas no se vacían y el murmullo tampoco se atenúa. La maratón, al final, no era una exageración.
Dirección: Joaquín V. González 3238, Villa Devoto.
Días y horarios: martes a viernes de 20 a 00 h; sábados de 12 a 16 h y de 20 a 00 h; domingos de 12 a 16 h.
Teléfono: 1157973686
Instagram: @restaurant_kac