Opinión
Páginas de la historia

Alberto Ginastera

“El amor es el único idioma que puede prescindir de las palabras”

 

Aludiré hoy, a un músico argentino. Quizá... el más conocido universalmente en el mundo, en lo que se refiere a la música clásica argentina.

¿Su nombre? Alberto Ginastera.

Una circunstancia realmente casual, lo introdujo muy temprano en el camino de los sonidos. Les cuento.

Una Noche de Reyes de 1923, un niño de 7 años se durmió con la esperanza de que a la mañana siguiente, los generosos Melchor, Gaspar y Baltasar, le trajesen un trencito.

Pero estos, los Reyes Magos parece que no recibieron su mensaje y depositaron en sus zapatitos... una flauta. Aquí acotaría que “en las horas muertas se suele encontrar… la vida”.

Porque Albertito -Alberto Ginastera- comenzó a jugar con ella. Y descubrió asombrado, que podía arrancarle a la pequeña flauta, al cabo de pocos minutos, por ejemplo los acordes del Himno Nacional.

Sus padres también se sorprendieron enormemente.

Tres días después ya estaba estudiando piano con una profesora.

Hubo, en la música folklórica argentina –en la línea de la música clásica- otros grandes compositores: Alberto Williams, Felipe Boero, Julián Aguirre, López Buchardo. Pero ninguno logró la dimensión universal de Ginastera.

Y una breve anécdota.

Teniendo él sólo 21 años ¡21 años! Y siendo todavía alumno del conservatorio Nacional, se estrenó nada menos que en  el Teatro Colón ¡Casi nada!, un ballet de su autoría: “Panambí” se llama, que en idioma guaraní significa mariposa, sobre una leyenda indígena.

Ocho años después con 29 años logró su primer éxito internacional.

En un concierto, para la cadena de la “NBC” en los EE.UU., el famoso director austríaco, Erich Kleiber, eligió para iniciar su recital, la suite de su ballet “Panambí”.

Recordemos que el maestro Kleiber actuó muchos años en nuestro Teatro Colón.

En 1963 a los 47 años, Alberto Ginastera logró el galardón más importante de su carrera. Se abría el Lincoln Center de Nueva York y se había contratado al famoso director Leonard Berstein para dirigir la filarmónica de esa ciudad. Y este eligió el concierto para violín de Alberto Ginastera para comenzar la representación.

Además el violinista que actuó como solista, para interpretar el concierto de Ginastera era uno de los tres ejecutantes más cotizados del mundo en ese momento. Se llamaba Ruggiero Ricci.

Tres años después y también en la apertura de temporada y en el Lincoln Center de Nueva York, se estrenó, en este caso, una ópera suya: “Don Rodrigo” y la cantó nada menos que el tenor Placido Domingo.

¡Es tanto lo que se podría mencionar de Ginastera!. Por ejemplo que tuvo como alumnos a Piazzola y a Waldo de los Ríos. Que su ópera “Bomarzo”, con libro del escritor Mujica Laine, se estrenó en EE.UU..

Que su ballet “Estancia” es considerado uno de los tres grandes ballets argentinos.

Ginastera tenía ya 55 años cuando decidió –corría el año 1971- radicarse en Ginebra, Suiza. Lo acompañó su segunda esposa Aurora Nátola, una eximia cellista.

Agregaría que su tarea musical lo equipara en Sudamérica al gran compositor brasileño Heitor Villa-Lobos.

Ginastera enseñó música, vivió para la música… y respiró música. Fue un hombre de carácter fuerte y de principios éticos irrenunciables.

Murió en Ginebra (Suiza) en junio de 1983 a los 67 años.

¡Pensar que trece años después, también en junio y en la misma ciudad Ginebra, moría Jorge Luis Borges.

Y recordemos nuevamente que aquel niño de 7 años, que un Día de Reyes recibió de mal talante, una flautita de regalo, anulando su esperanza de un trencito, aquel pibe, reitero se transformó en un músico que honró a su país.

Y en esa pequeña flauta de aquella lejana mañana de Reyes Ginastera encontró su destino. Es que…“las oportunidades suelen rozarnos. Solo nos corresponde retenerlas”.

Y un aforismo final para Alberto Ginastera: “Lo que entró en nuestra vida quedó en nuestra vida”.