Cultura

Adiós al viajero del idioma­

Sergio Pitol deja una obra tan admirada como secreta.

En el último siglo México ha sido generoso en su contribución a las letras españolas. Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Elena Garro, Enrique Krauze, Juan Villoro son algunos de los nombres que en rápida evocación vienen a la memoria como ejemplos, a la vez, de prosa clara y desborde imaginativo. Diez días atrás, con la muerte de Sergio Pitol, esa cofradía sufrió la pérdida de uno de sus miembros más ilustres.

Se ha dicho de Pitol que era un "clásico secreto". Podría agregarse, con modismo anglosajón, que fue un "escritor de escritores". De lo que no hay dudas es que perteneció a un linaje, a una familia literaria cuyas raíces fueron plantadas lejos de la tierra en la que nació y del idioma en el que escribió sus libros originales y cambiantes.

El origen pudo haber estado en la Europa central a la que conoció como diplomático y viajero, y en los libros que tradujo de esas lenguas inaccesibles para el lector corriente de habla española. Pudo estar, tal vez, en la "inabarcable" Venecia que consiguió evocar con la nostalgia de un admirador profundo del sutilísimo Henry James. O acaso fue en la misteriosa Rusia desvirtuada con el nombre de Unión Soviética, que narra en El viaje, o en el Cáucaso milenario y guerrero y poético en el que se adentró en persona y a través de sus epopeyas y crónicas.

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LOS PRECURSORES­

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Tuvo precursores. No deja de nombrarlos en Trilogía de la memoria (2007), su obra cumbre, de lo mejor que escribió él o cualquier otro en español en mucho tiempo. Es una lista de lujo. Reyes podría encabezarla: modelo de "extrema cortesía" con el lector. Y junto con él Stevenson, lúcido y apasionado. Y luego Galdós, a quien llamaba su "auténtico maestro", y James, de quien tradujo siete de sus novelas, y Schwob y Conrad y Faulkner y siempre Borges.

El primero de sus cuentos que llegó a sus manos fue "La casa de Asterión". Lo había publicado Fernando Benítez en un suplemento literario. Pitol lo leyó "con estupor, con gratitud, con infinito asombro". Fue el deslumbramiento absoluto, sin vuelta atrás. "Jamás había llegado a imaginar que el lenguaje pudiera alcanzar grados semejantes de intensidad, levedad y extrañeza -escribió en El arte de la fuga-. Salí de inmediato a buscar libros de Borges; los encontré casi todos, empolvados en los anaqueles de una librería; en aquellos años los lectores mexicanos de Borges se podían contar con los dedos".

No sorprende la afinidad borgeana. Trilogía de la memoria demuestra hasta qué punto la obra (y la vida) de Pitol estuvieron absorbidas por la literatura del mismo modo que la vida y la obra de Borges fueron exégesis, recreaciones, variaciones y rupturas de lo que ya otros habían escrito.

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OTROS PLANETAS­

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Pero en su universo de lector había planetas muy distintos. Thomas Mann lo obesionó. Empezó por el pico máximo, el Doktor Faustus. Prueba difícil, de la que salió "como embriagado". Después se internó en el resto de sus libros hasta retomar los intentos varias veces frustrados con La montaña mágica. Al fin pudo leerlo de principio a fin embarcado en un carguero yugoslavo. Otra vez el deslumbramiento. "Al llegar a la última página -confesó- cerré el libro y al día siguiente volví a iniciar una lectura íntegra, la más feliz que recuerdo".

Vio a un semejante en Chéjov, de quien trazó en pocas páginas una semblanza admirable de su teatro y de la auténtica originalidad de sus relatos, esos "bosquejos inacabados" o "entonaciones desvaídas" que por eso mismo parecían escritos para la mirada de un lector de fines del siglo XX.

En Galdós, de quien era devoto a pesar de que admitir eso en España "resulta a veces escandaloso", aprendió el rumbo profundo que tomaría su propia literatura. "Contar cosas reales y deshacer y al mismo tiempo potenciar su realidad ha sido mi vocación", aclaró. Allí radicaba su deuda con el autor de los Episodios Nacionales. La pagó con creces en el Tríptico de Carnaval.

"En su obra descubrí que, como en la de Goya, la cotidianidad y el delirio, lo trágico y lo grotesco no tienen por qué ser caras diferentes de una moneda, sino que logran integrar en plenitud una misma entidad".

Tuvo también hermanos y epígonos. Algunos fueron sus contemporáneos: Carlos Monsiváis, compinche de correrías en las letras; Alvaro Mutis, exquisito espíritu afín; Antonio Tabucchi, al que admiraba sin retaceos. En otros, más jóvenes, podía reconocer su influjo personal, libre de toda rivalidad: Enrique Vila-Matas, Juan Villoro.

Fueron ellos los que primero aplaudieron la ejemplaridad de su prosa. Las ediciones masivas y los premios fastuosos llegaron tarde a su vida de viajero y lector huidizo. El Cervantes concedido en 2005 señaló, al mismo tiempo, la cumbre de la gloria y el comienzo de un misterioso declive físico. Hacia el final el escritor de la expresión refinada, elegante, se quedó sin habla: había perdido la palabra.

Era el destino que menos esperaba y el que llegó a anticipar en un texto inocente que escribió hace un cuarto de siglo. Asombra leerlo hoy: "Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces. Se mete en la cama y de pronto esas voces lo obligan a levantarse, a buscar una hoja de papel y escribir tres o cuatro líneas, o tan sólo un par de adjetivos o el nombre de una planta...Sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva sino la muerte en vida, el silencio, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor".