Ciencia y Salud

Adicciones: cuando el drama es espectáculo

Hay historias que por su naturaleza son parte casi exclusiva del ámbito íntimo, pero a veces esas mismas, de un momento a otro, irrumpen en la escena pública e incluso mediática. Las adicciones son enfermedades, no espectáculos obscenos. Aunque los filólogos discuten si la palabra obsceno proviene realmente de aquello que debía permanecer fuera de escena (ob scaenam), la imagen conserva una enorme fuerza simbólica. Se considera que ciertas áreas pertenecían al ámbito de lo íntimo. Hoy ocurre casi lo contrario e ilustra la paradoja de la época, en particular en el tema de las adicciones, lo que debe estar fuera del escenario, es por el contrario el espectáculo y lo que debiera ser el centro, el cuestionarse qué pasa con el consumo en la sociedad, o qué políticas se están desarrollando, es críptico, quizás por lo inexistente. 
Pero cuando una situación vinculada al consumo de drogas involucra a personas conocidas, incluso a un área geográfica específica, la información real deja de ser la base para ser un producto de consumo masivo y -fiel a la propaganda- repetido sin cesar. Se repite algo que vemos en la historia o en diversas narrativas “no hay que dejar que la verdad arruine una buena historia”. Imaginemos lo que serviría que se pusiera una fracción de ese ahínco en tratar el tema de manera adecuada, con esa intensidad. Pero en pocas horas, periodistas de espectáculos, o deportes se presentan como forenses, o hasta expertos en la temática y aseveran, hacen interpretaciones, señalan culpables, víctimas, dinámicas y diagnósticos. Lo que todavía es materia de investigación para la justicia o para los profesionales ya parece resuelto en el tribunal de las redes sociales y, más grave aún, en los medios masivos.
Esto plantea otra cuestión, que hace a la incidencia del fenómeno de la droga, y es la velocidad con la que hoy se construyen narrativas que inevitablemente superan a los hechos. No puede existir el vacío del desconocimiento, o la falta de dato cierto, ese vacío es insoportable, “el tiempo de los medios” debe ser rápidamente ocupado por opiniones. Esas opiniones, que para generar métrica o audiencia, deben ser cada vez más temerarias, tienen un subproducto muy preocupante particularmente en este terreno y es la atracción, la fascinación que genera. Esa fascinación va sumada al morbo, una foto de una mujer joven, hermosa, es expuesta de manera inagotable, y eso supera la otra imagen en un hospital, donde su vida puede estar en peligro, una imagen menos atractiva. En lugar de limitarse a un parte médico, vemos una interminable repetición de imágenes en la cual la pregunta es si corría vestida o desnuda. Esto de alguna manera resume el drama de las adiciones: se han transformado en un espectáculo perverso y los medios han encontrado en esa combinación de personaje mediáticos y consumo, un extraordinario anzuelo del morbo.
Entre las opiniones están los falsos dilemas: ¿quién llevó a quién al consumo? ,¿Qué consumieron, cuánto tiempo? Preguntas que se presentan como el núcleo, pero profundamente reductivas. Responden a la necesidad de una respuesta rápida, simple, que no exija cuestionar ni pensar, sino encontrar una causa única, un culpable identificable y una víctima inocente. Sin embargo, estas situaciones casi nunca responden a una lógica lineal. La realidad muestra que la adicción surge de la interacción entre predisposición biológica, historia personal, salud mental, contexto social, disponibilidad de sustancias y vínculos significativos. Como todo lo que hace a la construcción de los comportamientos complejos no puede atribuirse a una única influencia.
Cuando el consumo ocurre dentro de una pareja, la complejidad aumenta. Se trata de sistemas donde se construyen hábitos, normas, rituales y formas compartidas de afrontar el estrés, el placer, la frustración y el sufrimiento. De hecho, no se trata de placer, sino de regular emociones, donde las sustancias pasan a ser parte estructural de la dinámica del vínculo. Simplificar a proveedor, o inductor e inducido, significa un recorte que deja afuera el necesario contexto del fenómeno. En ocasiones, uno inicia el consumo y el otro se incorpora; otras veces ambos presentan vulnerabilidades previas; en muchos casos el consumo termina reforzándose mutuamente porque cumple necesidades psíquicas entrelazadas. Es evidente que, en algunos casos, el sometimiento de la voluntad de una de las partes, la más frágil, también es un factor a evaluar. Sin embargo, no debe solo quedar ante ese aspecto.
Por otro lado, el consumo puede ser causa de determinadas conductas, consecuencia o incluso amplificador de conflictos preexistentes. Esto, que es fundamental, es uno de los aspectos menos comprendidos. Muchas sustancias disminuyen la capacidad de inhibición, aumentan la impulsividad, alteran la interpretación de las situaciones y reducen los mecanismos habituales de autocontrol. No crean necesariamente el conflicto, pero pueden convertir una discusión manejable en una crisis, incluso con un final trágico. 
Otro error frecuente es analizar una única sustancia como si explicara por sí sola el comportamiento observado. En la práctica clínica y en especial en la forense lo habitual es encontrar poliadicción o consumo múltiple de sustancias. Alcohol, cocaína, cannabis, benzodiacepinas, estimulantes sintéticos y otras drogas pueden combinarse, potenciando o modificando sus efectos. A ello se suman trastornos psiquiátricos preexistentes, enfermedades médicas, privación del sueño, estrés crónico o determinadas características de personalidad. En las primeras horas la afirmación de cuáles eran las sustancias e incluso la duración del consumo, cuando aún no había pruebas toxicológicas, fue la norma. En un acto de grotesco, se confundían drogas y vías de acceso, así es lo mismo heroína, tusi, cocaína, fentanilo, o incluso ibuprofeno. Peligroso “Cambalache”.
Hace más de dos siglos, Thomas De Quincey, en “Confesiones de un opiómano inglés”, comprendió algo que sigue vigente. Su obra no describe únicamente el consumo de opio; describe la relación que una persona establece con una sustancia: el alivio inicial, la fascinación, la dependencia y la pérdida progresiva de libertad. La pregunta nunca fue solamente qué droga consumía, sino qué lugar ocupaba esa droga en su vida. Antes Homero nos contaba que los hombres de Ulises habían perdido el sentido del viaje, al consumir la misma sustancia que De Quincey en la isla de los Lotófagos. En ambos casos ya nos señalan que el núcleo contextual, no era la sustancia sino la vida o el sentido de la misma
Hoy, frente a cada episodio que adquiere notoriedad pública, seguimos tropezando con la misma tentación: explicar lo complejo mediante relatos quizás intencionalmente recortados. El poder de los mercaderes de la droga es hacemos creer que es solo eso, una serie de actos recortados, casi banales y no la vida misma, o tal vez, algo más inquietante y es la vida misma de las sociedades y su cambio de costumbres. Allí en esa deconstrucción es donde interviene, por acción o error, el abordaje mediático. El principio de Hanlon, nos sugiere no atribuir a la malicia lo que puede explicarse mejor por la ignorancia o la incompetencia. Los médicos sin embargo incurrimos en Mala Praxis en casos de impericia, imprudencia o negligencia.
Se buscan culpables, y etiquetas antes de comprender los mecanismos. Sentencias antes que evidencias. Comprender una adicción no implica eximir de responsabilidad a nadie. Tampoco buscar culpables y víctimas. Significa reconocer que detrás de una conducta existe una trama donde intervienen la biología, la historia personal, las emociones, las relaciones, el contexto, más de una sustancia actuando simultáneamente y especialmente un contexto sociocultural.
La información responsable exige resistir la tentación del diagnóstico instantáneo. Cuando la adicción abandona el ámbito privado y se convierte en espectáculo mediático, el mayor riesgo no es solamente la exposición de quienes la protagonizan. Es que la sociedad termine aprendiendo sobre uno de los problemas de salud más complejos a partir de prejuicios, simplificaciones y certezas construidas sobre muy poca evidencia.
Y ese aprendizaje es el que sostiene el incremento de las conductas adictivas.