El viernes Mauricio Macri pareció dispuesto a cambiar un libreto que hasta ahora no le ha dado resultado: atacó directamente a Cristina Fernández, Sergio Massa y Florencio Randazzo. Dejó de lado el discurso "zen" hecho de futuro, esperanza y ñoñerías que recomienda Jaime Durán Barba y volvió a recordar el pasado de sus adversarios.
"Plantean soluciones, pero por qué no las aplicaron cuando cuando gobernaban" tronó desde Bahía Blanca adonde había viajado para hacer campaña. El brusco cambio de tono tiene por lo menos dos causas. La primera es que tanto Cristina Fernández, como Massa y Randazzo proponen hacer lo que deberían haber hecho pero no hicieron cuando estaban en el poder. La ex presidenta se abraza a los jubilados, pero en el gobierno vetó el 82% móvil y mandó a Massa (ex jefe de la Anses) a apelar los juicios ganados por los jubilados que se morían sin cobrar lo que la Justicia les había reconocido. Y Massa apelaba sin chistar.
La segunda razón es que a una semana de la votación, no se conocen encuestas confiables que den ganador a Esteban Bullrich. El gobierno deja trascender un empate técnico, mientras los encuestadores peronistas dan ganadora a CFK y algunos hasta ubican a Sergio Massa a pocos puntos de Cambiemos. Más aún, los massistas difunden la hipótesis de que están con un 25% de intención de voto a sólo cinco puntos del oficialismo con el propósito de convertirse en la opción antikirchneristas para las generales de octubre.
Si bien todas las campañas parecen diseñadas en una realidad paralela, la más acertada es la de Cristina Fernández. La ex presidenta no responde preguntas, no hace discursos encendidos, no amonesta a nadie y se muestra rodeada de ciudadanos comunes. Ninguno de los rostros patibularios de la dirigencia del PJ bonaerense se le acerca. Algunos de sus videos rodean el grotesco, como uno en el que jóvenes estudiantes K denuncian el hambre en el conurbano mientras comparte pastafrola en un piso de Recoleta, pero eso escapa a la atención del observador común.
La contracara de ese acierto es la campaña de Cambiemos. No funcionó el estilo "soft" de sus candidatos, en especial Bullrich, que evita la confrontación y las referencias al pasado para hablar sobre un futuro venturoso. Probablemente sea cierto que la gente aborrece las peleas entre políticos, pero hay ocasiones en la que el conflicto es inevitable. En particular cuando los tres candidatos kirchneristas se desentienden de lo hecho durante más de una década y se presentan como recién desembarcados de una nave espacial. La tímida reacción del presidente en Bahía Blanca parece dirigida a corregir ese error, pero podría resultar tardía.
Lo que lleva a un segundo escenario: ¿qué sucedería si gana CFK? Aquí las evaluaciones varían, pero todas prevén una gobernabilidad en problemas. En ese terreno es clave la cantidad de diputados y senadores que pueda ganar el macrismo en el resto del país. Se descuenta que aumentará su representación en ambas Cámaras, pero sin alcanzar la mayoría suficiente, por ejemplo, para blindar los decretos de necesidad y urgencia con los que se verá obligado a gobernar.
Otro dato clave es el papel de la ex presidenta en el Senado. Es seguro que puede reunir una docena de legisladoras que la sigan, pero si no tiene chances reales de volver a la Casa Rosada, la banca sólo le servirá de blindaje judicial, porque en el Senado no hay poder real. Quienes lo tienen lo reciben directamente desde el Ejecutivo. CFK conoce la experiencia, porque fue eyectada de la Cámara alta en 1997 cuando el menemismo se hartó de ella y su marido todavía era un modesto gobernador de Santa Cruz.
Otro ejemplo es el de Miguel Pichetto, que manejó con mano de hierro la Cámara por delegación de los Kirchner hasta el 9 de diciembre de 2015 y después por delegación de los gobernadores, pero que hoy no consigue que el bloque peronista siquiera cumpla los compromisos políticos asumidos ante al gobierno.
Un Senado opositor puede, sin embargo, obstruir la gobernabilidad. Y si el gobierno es derrotado en la provincia de Buenos Aires el domingo próximo se convertirá en un escollo prácticamente insalvable para Macri hasta 2019.