Opinión

A treinta años de la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires


Por Hernán Carlos Cisale

Existe un murmullo, una sensación que recorre las calles de Buenos Aires; un pulso indomable que late bajo el asfalto de las avenidas y en las cúpulas que miran al cielo. Para el transeúnte apurado, el primero de octubre puede parecer un día más en el almanaque. Sin embargo, el calendario de la memoria nos detiene ante un aniversario dorado: este primero de octubre se cumplen treinta años de la sanción de la Constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Para comprender la magnitud de lo que esta fecha significa y el esfuerzo monumental que requirió llegar hasta aquí, hace falta mirar hacia atrás, descorrer el velo del tiempo, desarmar el historicismo frío y encontrar, por fin, la pasión viva de sus pioneros. La autonomía porteña no nació por generación espontánea en 1996; fue la desembocadura de un largo y sinuoso río histórico alimentado por hombres y mujeres que, de manera consciente o inconsciente, aportaron su grano de arena para que la antigua “Gran Aldea” madurara en esta metrópolis soberana.

Corría el año 1856 cuando se creó la primera Municipalidad de Buenos Aires. En aquel entonces, la figura del Presidente de la Comisión Municipal cargaba sobre sus hombros con la responsabilidad de ordenar una ciudad que despertaba al mundo, pero cuyas decisiones estructurales seguían encadenadas a voluntades ajenas.

PUNTO DE QUIEBRE

El verdadero punto de quiebre llegó con la federalización de Buenos Aires en 1880. Aquel fue un hito fundacional e institucional y definitivo, que reconfiguró el destino político de la ciudad y sentó las bases para su futura autonomía. En ese proceso, Torcuato de Alvear asumió como Presidente de la Comisión Municipal en diciembre de 1880. Desde su despacho, Alvear impulsó a pura fuerza la transición administrativa antes de convertirse, en 1883, en nuestro primer Intendente.

Aquella figura del Intendente, que hoy el imaginario popular evoca con nostalgia romántica, escondía en realidad una profunda contradicción democrática, ya que su designación dependía directamente del Presidente de la Nación, privando así a los propios vecinos del derecho de elegir a su gobernante.

Pero Alvear no fue sólo un administrador de crisis; fue un visionario con una profunda conciencia modernizadora. Su obsesión por abrir la Avenida de Mayo, por romper el trazado colonial y proyectar plazas y diagonales no respondía a un capricho estético o a una moda parisina. Había allí una marcada intención política: dotar a Buenos Aires de la infraestructura, el orgullo y el carácter dignos de una capital cosmopolita.

Él y sus contemporáneos prepararon el terreno para lo que inevitablemente vendría: una ciudad tan grande, tan vibrante y tan compleja que ya no podría ser gobernada por delegación ni tutelada desde balcones ajenos. Aquellos constructores del siglo XIX sembraron, acaso sin sospecharlo, algunas de las condiciones materiales y simbólicas sobre las que, muchas décadas después, se apoyaría la construcción de la autonomía porteña.

Ese hilo invisible de la historia nos condujo, tras un siglo de esfuerzos, marchas, contramarchas y profundos conflictos, a la primavera de 1996. El camino se había abierto en 1994, cuando la reforma de la Constitución Nacional abrió la puerta grande en su artículo 129. Es allí donde cobra hoy un valor sagrado el recuerdo de los estatuyentes porteños: aquellos convencionales elegidos por el pueblo que se reunieron con la noble y titánica tarea de redactar la Carta Magna porteña. Hombres y mujeres de distintas vertientes ideológicas que debatieron en los pasillos de la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural San Martín, disputando palmo a palmo qué tan amplia y profunda debía ser nuestra libertad frente al poder ejecutivo.

Ellos lograron lo que parecía imposible: plasmar un texto de vanguardia e incorporar un amplio catálogo de derechos, garantías y políticas especiales en materia social, ambiental, política y cultural, que hoy siguen siendo ejemplo en el mundo. Lograron, en definitiva, que la ciudad tuviera alma propia.

CONCIENCIA COLECTIVA

A treinta años de aquel hito, el verdadero desafío de estas líneas es llamar a la reflexión a nuestra conciencia colectiva. Muchos ciudadanos transitan hoy las calles de Buenos Aires dando por sentada su autonomía. Votan a sus gobernantes, caminan por sus comunas y acuden a sus instituciones locales sin reparar en que, hasta hace apenas tres décadas, este suelo carecía de voz propia en sus asuntos más esenciales. La autonomía no es un estatus permanente garantizado por el paso del tiempo; es un músculo civil que se defiende, se tensiona y se ejerce todos los días.

Tres décadas después, la Constitución porteña sigue siendo el reflejo vivo de nuestra libertad civil. Si Pedro de Mendoza en 1536 y Juan de Garay en 1580 clavaron las primeras estacas para fundar el territorio físico y el posterior mapa de cemento de nuestra ciudad, la gesta de 1996 significó, sin lugar a dudas, nuestra tercera fundación. Como herederos de esta gran urbe, Buenos Aires, hoy nos toca conocer esa herencia con madurez, respetarla con la acción y recordar que la verdadera autonomía no descansa en textos jurídicos ni en despachos abstractos, sino, que es una forma de vivir y de gobernar Buenos Aires; encontrándose en la memoria cotidiana y en el compromiso presente de los vecinos que elegimos habitarla y amarla, porque treinta años después, aquella tercera fundación continúa abierta…