A fines de abril pasado, el hallazgo de ocho fetos humanos en bolsas de residuos patogénicos durante un allanamiento en una clínica del conurbano sacudió a la opinión pública. Algunos de los fetos presentaban signos explícitos de desmembramientos y fracturas. El caso fue bautizado por los medios como la “clínica del horror”.
El descubrimiento se produjo durante un operativo policial originado por la búsqueda desesperada de una niña de apenas 12 años. La menor cursaba un embarazo de ocho meses y había desaparecido de Santiago del Estero tras unas primeras consultas para realizarse un aborto que no se concretó.
Las pesquisas condujeron a la policía hasta la clínica de la ciudad de Villa Ballester, adonde la niña -que había sufrido una aberrante violación intrafamiliar reiterada- llegó con su madre de la mano de una ONG abortista, y finalmente recibió una intervención quirúrgica.
La incógnita que intenta disipar la justicia es si el bebé fue abortado, como quedó registrado en la clínica, o fue extraído con vida y entregado a terceros, en un caso de trata de personas.
Lo novedoso de aquellos convulsos días de abril, en los que sólo hubo reacciones colectivas de horror instintivo e indignación, fue contemplar a antiguos militantes del aborto, periodistas incluidos, golpeados por la realidad. Incluso una popular conductora de televisión, de conocida militancia feminista y proaborto, reaccionó indignada ante la idea de abortar a “un bebé de término”.
Pero lo cierto es que la legislación que tanto defendieron lo permite. La ley 27.610 estableció el derecho al aborto gratuito y asistido por un médico en todos los casos posibles hasta la semana catorce de gestación. Fuera de ese plazo, lo mantiene para casos de violación -a simple declaración- o ante un riesgo difuso para la salud de la madre (incluyendo la salud psíquica), por lo que basta alegar una depresión. En la práctica, queda librado a la conciencia de la madre.
La “Clínica del Horror” es un compendio de tragedias humanas. Una historia donde se cruzan el comportamiento bestial entre familiares, el posible asesinato de un hijo o su entrega para el comercio humano, y una complicidad siniestra entre agentes sanitarios y un Estado que mira para otro lado, porque antes decidió legalizar el infanticidio. Un grado de depravación institucional y moral espeluznante.
¿Cómo llegamos a esto? Es evidente que el actual estado de cosas tiene como telón de fondo una transformación social que viene desde lejos y que fue moldeando la mentalidad moderna que es, en esencia, individualista, inmanente. Una mentalidad que es inoculada en el individuo, sin que éste se dé cuenta, por un sistema cuyo mensaje lo envuelve, lo intoxica, lo empuja a seguir sus antojos y apetitos, cegándolo a lo que ocurre a su alrededor en su búsqueda de placer constante.
Esta mentalidad delicuescente termina por desligar a los hombres de su familia. Y así, el hombre termina atomizado, masificado. Privado de la familia, que es la que nos une, nos humaniza, nos transmite una cultura, la que nos enseña lo que está bien y lo que está mal, la que forja el carácter y nos transmite el sentido de la vida, ese hombre es llevado luego a rebelarse contra el legado espiritual que recibió y contra el orden social que lo expresaba, vistos ahora como un obstáculo para su libertad.
Vuelto sobre sí mismo, se deja convencer con toda facilidad de que sus antojos son ahora “derechos” y puede reclamarlos. Con la legalización del aborto ocurrió eso. Hemos dado un paso más hacia la depravación. Con toda claridad queda expuesto en la “Clínica del Horror”.

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A principios de año se cumplió un lustro desde esta última “catástrofe” que fue la promulgación de la ley que legalizó el aborto. No sería extraño que el tiempo vaya normalizando la decisión de abortar en la medida en que no se vean sus consecuencias.
El aborto es un asesinato por conveniencia. Pocas cosas pueden imaginarse más egoístas, crueles e impiadosas que matar a hijo. Sin embargo, la idea del “derecho a decidir” -así, sin más, como si en ese acto de la voluntad no estuviera comprometida la vida y la muerte de una criatura- prendió con fuerza porque antes los hombres ya habían sido amaestrados para mirarse a sí mismos. Este “derecho” se presentó como la última liberación de las mujeres frente a un “mandato patriarcal”. Esa “conciencia de clase” fue inoculada con todo éxito, con total sumisión, y fue clave para el resultado obtenido.
No puede olvidarse que la llamada “Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito” surgió en el 2000 de organizaciones que ya bregaban desde la década del 70 por “los derechos” de las mujeres, y que el aborto se aprobó al calor de otros movimientos previos que prepararon su camino, como el “Me too” (acoso y abusos sexuales), el “Ni una menos” (femicidios) y otros similares. Todo este lobby preparó el camino para victimizar a la mujer.
En ese contexto, los proyectos abortivos, que perdían estado parlamentario por falta de apoyo (es oportuno recordarlo), se sucedieron con insistencia bajo gobiernos de distinto signo político, aupados por el periodismo y por presiones extranjeras, hasta ser aceptados y convertidos en prioritarios.
La perspectiva feminista, la idea de que la mujer debía equipararse al hombre en todo, desde las oportunidades laborales hasta la liberación sexual, entró como una tromba y arrasó antes que nada a las jóvenes, que se sumaron con algarabía a “la ola verde”.
Verlas durante el debate por esta ley caminar por las calles con sus pañuelos verdes anudados en muñecas o carteras, tal vez sin ser conscientes del todo del signo y su significado, que es la reivindicación del derecho a fornicar y a matar, si es necesario, al fruto de sus vientres, fue algo desolador.
Ese signo verde exhibido con orgullo es el reverso exacto del instinto maternal. El reverso de la calidez, la ternura y el amor, tan propios de las madres. Un amor que muchas veces implica negarse a sí mismo y sacrificarse por el otro, que es el tipo de virtud que está en la base de toda familia, cuando es sana, y de toda comunidad. Por eso no es extraño que fueran familias, en esencia, las que marcharon para oponerse a esta nueva transformación social, aun cuando las estructuras políticas les dieron la espalda.
Los medios, que hoy se horrorizan, desempeñaron hace sólo cinco años un papel decisivo en todo esto. Un estudio académico, El aborto en la prensa argentina, del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), demuestra hasta qué extremos llegó la cobertura sesgada del tema en el periodismo. También demuestra que las voces de “las iglesias” casi no se hicieron escuchar para oponerse. Una tragedia más profunda, si se quiere, recordando que entonces había un Papa argentino.
Pero ¿qué incidencia tuvo en estos años la legalización del aborto? Según datos del sistema de salud pública, el número de abortos se incrementó desde su legalización. Hubo un primer salto del 223% el primer año, es decir, de 32 mil abortos de 2020 a 73 mil en 2021. Y luego una meseta alta: 96 mil en 2022, 107 mil en 2023 y 79 mil en 2024 (este último dato, según un pedido de acceso a la información pública de la empresa Chequeado).
Todavía no hay cifras oficiales para 2025 a nivel nacional. Pero con que se hayan repetido los casi 80 mil abortos de 2024, la suma daría casi 435 mil desde la promulgación de la ley.
Una estimación del doctor Fernando Secin, urólogo, oncólogo y cirujano, que tuvo activa participación en el debate a favor de la vida, es que si se suman los abortos realizados en el ámbito privado -las estadísticas oficiales no los computan- se llegaría a 500 mil inocentes muertos en los últimos cinco años. Equivale a haber hecho desaparecer en un lustro la población entera de la ciudad de Santa Fe.
Si las estadísticas oficiales no registran un alza mayor es debido al uso autónomo de abortivos farmacológicos, como el misoprostol o la mifepristona.
Es cierto que con el gobierno de Milei hubo alguna moderación a esta tragedia al interrumpir por completo la compra centralizada de drogas abortivas desde la esfera pública nacional, la cual había alcanzado las 106 mil dosis en el último año de Alberto Fernández. Eso ahora bajó a cero. Aunque cada provincia busca ahora gestionar sus propias adquisiciones, el Estado nacional redujo también en un 83% la entrega de preservativos y anticonceptivos. Sin embargo, cabe preguntarse por qué, si la batalla cultural iba a ser total, no derogó esta ley y en cambio argumentó que el tema “no está en la agenda”.
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Hoy resulta patético ver cómo los medios se muestran preocupados por la crisis demográfica en la Argentina, que es la mayor de toda su historia, sin unir los puntos entre el aborto y la caída de la natalidad. Y sin embargo es más o menos clara la coincidencia entre la crisis demográfica y la implementación de los protocolos de aborto del Ministerio de Salud de la Nación en junio en 2015 (que fue una legalización encubierta del aborto) o luego la ley del aborto en diciembre de 2020.
La tasa global de fecundidad en Argentina viene cayendo en forma constante y ya está por debajo del nivel de recambio poblacional (2,1 hijos por mujer). La curva bajó desde los 2,3 hijos en 2014 hasta perforar ese límite y alcanzar los 1,185 hijos por mujer de 2024, reduciéndose a la mitad en sólo una década, según el portal Notivida.
La temida deflación demográfica (que mueran más de los que nacen) ya es una realidad en la Ciudad de Buenos Aires desde 2019.
En 2024 se produjeron poco más de 30 mil defunciones por 21 mil nacimientos. Como advierte Mónica del Río en Notivida, si se consideran los 9.600 abortos anuales en hospitales públicos porteños las cifras se equipararían. Lo mismo ocurre en la provincia de Buenos Aires.
El aborto no es la única razón de la caída de nacimientos, está claro. Aquí entran a tallar todas las ingenierías sociales que se nos están imponiendo, desde el fomento de la homosexualidad a los cambios de género y todas las políticas antinatalistas, esterilizaciones incluidas. No hay que olvidar que el mercado de drogas anticonceptivas en Argentina moviliza un volumen anual de casi 23 millones de unidades vendidas en farmacias. Pero las cifras de aborto hablan por sí mismas sobre su incidencia.
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El complejo entramado de factores que se unen muestra el descomunal desafío que supone revertir las cosas. Hay, en el fondo, un abismo de incomprensión que se abre entre las personas. El hombre ensimismado, que está guiado solo por sus apetitos, ya no sólo ve la paternidad como una carga que no está dispuesto a llevar. Es que ya no entiende por qué “debería” tener hijos, si así dice estar bien.
La pregunta que ya se ha formulado en el marco de este debate es válida. ¿Es aún posible frenar, con el alcance de las fuerzas humanas, la dinámica de la muerte que impulsa el aborto? ¿O, dado el grado de decadencia y barbarie al que llegó la civilización occidental, esta tendencia ya no puede revertirse y la agonía de nuestra sociedad debe seguir su curso natural mientras aspiramos a reconstruir una cultura de la vida?
La decadencia y la barbarie se extienden. Pero, aun privados de esperanza, no estamos eximidos de la lucha. El desvelo es por las criaturas inocentes, pero también por los adultos confundidos, cuyas almas están en riesgo. La ley del aborto debe revocarse porque el Estado debe procurar el bien común, no la depravación. Y porque la ley es docente.
Como bien señala Mónica del Río, se debe moderar la crisis poblacional mediante un Plan Integral de Promoción de la Familia que reconozca la sacralidad de la vida, restituya la autoridad de los padres y revalorice la maternidad como vocación.
En las familias se ve con mayor nitidez que en ningún otro caso cómo es el más pequeño de los refugios y el más atacado en estos días. Y eso es porque una familia puede irradiar el amor de Dios, puede llevar su calidez a un mundo que sufre por el enfriamiento de la caridad y que anhela ternura, y eso puede mover conciencias. Es más o menos evidente que ha llegado el momento predicho por Chesterton en que un padre y una madre, unidos en matrimonio, tomados de la mano y paseando con sus hijos en brazos, son ya el gesto más revolucionario e intrépido en este decadente siglo.