El mundo se apresta a recordar los 50 años de la crisis de los misiles en Cuba, acaso el máximo momento de tensión en la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que llevó al planeta hasta el borde mismo de un devastador enfrentamiento nuclear.
La evocación coincide en Estados Unidos con el inicio de una muestra en el Archivo Nacional en la que los visitantes podrán repasar textos y grabaciones reservadas del gobierno de John F. Kennedy, que hasta ahora sólo habían podido consultar los especialistas. Al mismo tiempo se autorizó la liberación de 2.700 páginas de documentos secretos de Robert Bobby Kennedy, hermano del presidente y hombre clave en la crisis.
Ocasiones oportunas para alimentar la corriente cada vez más arraigada de revisionismo histórico que cuestiona el modo -ya mitificado en libros y películas- en que los hermanos Kennedy manejaron el diferendo y cómo lo resolvieron. Y también para entender las verdaderas lecciones que dejó todo el episodio.
LA TENSION
La crisis empezó poco después de las 8 de la mañana del martes 16 de octubre de 1962 cuando MacGeorge Bundy, asesor de seguridad nacional del presidente Kennedy, mostró al mandatario unas fotos obtenidas dos días antes por un avión de reconocimiento U-2 en las que se veía la instalación de misiles soviéticos de alcance medio en la zona de San Cristóbal, en el oeste de Cuba.
El hallazgo, que la Casa Blanca mantendría en secreto hasta el 22 de octubre, desmentía las garantías públicas dadas por el premier soviético Nikita Kruschov de que no instalaría armas ofensivas en Cuba y vulneraba una advertencia explícita de Kennedy en ese sentido. Los proyectiles, con alcances de entre 1.600 y 3.200 kilómetros, eran una amenaza para todo el sur y la costa este de Estados Unidos.
Comenzaron entonces trece días legendarios, "los momentos más peligrosos conocidos por el mundo antes o después...lo más cerca que estuvimos de la destrucción nuclear", en opinión del historiador Michael Dobbs, autor de One minute to midnight (Un minuto para la medianoche), uno de los libros más recientes sobre el tema.
Kennedy convocó a un equipo selecto de consejeros para que, en secreto, buscaran una salida a la crisis; él, mientras tanto, mantenía sin cambios su nutrida agenda pública en un año electoral. Los asesores pronto se dividieron en dos bandos típicos: halcones que proponían una respuesta militar y palomas que sugerían el bloqueo naval de la isla para dar tiempo a una salida diplomática. Kennedy oscilaba entre ambas posiciones, una moderación tal vez ensayada para la historia, puesto que, sin que lo supieran los participantes, todas las reuniones eran grabadas por orden directa suya.
LOS DILEMAS
El mandatario de 45 años temía que si atacaba Cuba, Kruschov tomaría represalias en la ciudad dividida de Berlín, cuya seguridad desvelaba a la Casa Blanca. Otros asesores esgrimían el argumento moral: Estados Unidos no podía quedar como el agresor, lanzando un "Pearl Harbor a la inversa". Los jefes militares y funcionarios de anteriores gobiernos demócratas proponían una acción armada que eliminara los misiles y, de paso, al régimen de Fidel Castro, que desde hacía diez meses se definía comunista.
Tras discusiones interminables Kennedy se decantó por el bloqueo de Cuba, al que llamaría "cuarentena" para moderar su connotación bélica. El lunes 22 de octubre lo anunció por televisión a todo el mundo, en un mensaje sombrío en el que emplazaba a Moscú a retirar los cohetes ya instalados y detener los barcos que iban hacia Cuba con más proyectiles.
Pero se reservaba otra opción. Por orden suya Bobby Kennedy había tendido un canal diplomático encubierto con Moscú a través de un periodista soviético. La idea que obsesionaba a los Kennedy era facilitar una salida pacífica al Kremlin y calibrar sus reales intenciones con los misiles. En ese contexto acercaron la propuesta que pondría fin a la crisis: canjear el retiro de los misiles de Cuba por la salida de proyectiles estadounidenses en Turquía. Agregaron una condición: Washington no admitiría en público que había negociado el intercambio.
En la mañana del domingo 28 de octubre, con las Fuerzas Armadas estadounidenses listas para entrar en guerra con la Unión Soviética, Kruschov hizo transmitir por Radio Moscú un mensaje en el que aceptaba retirar los misiles de Cuba, satisfecho con la promesa explícita de que Estados Unidos no atacaría la isla caribeña. Nada decía, en cambio, del canje pactado en reserva. El mensaje desactivó la crisis e impidió que los destructores de la Segunda Flota tuvieran que detener por la fuerza a los cargueros que estaban a punto de violar el bloqueo.
LAS LECCIONES
La solución del conflicto que podía haber llevado a la destrucción planetaria quedó en la historia como un triunfo de la templanza de los Kennedy y una derrota vergonzosa de los soviéticos. El paso del tiempo, empero, ha modificado esa visión.
Kennedy no venció a Kruschov: tuvo que negociar, sólo que esa negociación se mantuvo en secreto hasta 1988 y aún hoy es un factor que suele soslayarse en los relatos de la época. Además, el régimen comunista cubano sobrevivió indemne a la guerra fría, otra concesión de JFK, pese a que el derrocamiento de Castro era una de sus prioridades.
"La victoria de Kennedy...llegó a dominar la política exterior estadounidense. Deificó el poderío militar y denigró la diplomacia de concesiones", lamentó días atrás Leslie H. Gelb, ex funcionario demócrata, en un artículo en la revista Foreign Policy.
Esa interpretación original de la crisis de los misiles ("JFK se impuso sin ceder un ápice") está vigente y, según Gelb, moldea las actuales "preocupaciones por no hacer ninguna concesión al programa atómico de Irán o al papel que tendrán los talibanes en Afganistán". Medio siglo después, el mundo sigue en la estela de aquellos perturbadores trece días de 1962.