Opinión

A 221 años del milagro del campo de las carreras

El 24 de septiembre de 1812, día de Nuestra Señora de la Merced, se llevó a cabo la batalla del campo de las Carreras en Tucumán, que concedió el triunfo a las armas patriotas conducidas por el general Belgrano. Un trascendente acontecimiento para la historia patria.


“La Patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas el día 24 del corriente. Día de Nuestra Señora de las Mercedes bajo cuya protección nos pusimos”, escribía el general Manuel Belgrano en el parte de la batalla de Tucumán redactado un 26 de septiembre de 1812. Analizaremos documentalmente este trascendente acontecimiento para la historia Patria y trataremos de desentrañar su sentido para nuestros días.

El 24 de septiembre de 1812, día de Nuestra Señora de la Merced, se llevó a cabo la batalla del campo de las Carreras en Tucumán, que concedió el triunfo a las armas patriotas conducidas por el general Belgrano. Esta batalla lanzó por tierra el plan de Goyeneche, que buscaba un ataque combinado de los tres focos realistas sobre Buenos Aires: el de Pío Tristán, desde el Alto Perú; el de Vigodet desde la Banda Oriental; junto con las fuerzas portuguesas de Diego de Souza.

Son varios los documentos que muestran cómo Belgrano anteriormente al enfrentamiento en Tucumán, se puso bajo la protección de Nuestra Señora de las Mercedes. El parte de Belgrano al gobierno del 26 de septiembre de 1812, afirma que la victoria se había conseguido “el día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos”.

Entonces según José María Paz: “el resultado no fue el producto de las órdenes inmediatas del General, sino una combinación fortuita de las circunstancias, y del valor y patriótico entusiasmo de nuestras tropas, y de las faltas que cometió el enemigo”.

Esto lo confirma Belgrano al renunciar a los méritos que el gobierno le transmite después de la victoria, con la condecoración de capitán general, el 31 de octubre posterior: “Vuestra Excelencia tal vez ha creído que tengo un relevante mérito, y que he sido el héroe de la acción de 24. Hablando con verdad, en ella no he tenido más de general que mis disposiciones anteriores, y haber aprovechado el momento de mandar avanzar, habiendo sido todo lo demás obra de mi Mayor general, de los jefes de división, de los oficiales y de toda la tropa (y) paisanaje, en términos que a cada uno se le puede llamar el héroe del campo de las Carreras de Tucumán”.

Sostenemos que ante el eminente peligro realista, realmente la victoria se debió más a un milagro que a la pericia de su líder. Lo dijo el mismo Belgrano en su Fragmento de memoria sobre la batalla de Tucumán: “El campo de batalla no había sido reconocido por mí, porque no me había pasado por la imaginación que el enemigo intentase venir por aquel camino que tomase la retaguardia del pueblo, con el designio de cortarme toda retirada; por consiguiente, me hallé en posición desventajosa con parte del ejército en un bajío”.

BATALLA DEL TUCUMÁN

El eximió historiador Cayetano Bruno SDB a quien seguimos abundantemente en este trabajo, consignó lo siguiente en su monumental Historia de la Iglesia en la Argentina: “Y henos aquí ante lo extraño de este hecho histórico. La batalla de Tucumán no pertenece al orden común de los acontecimientos similares, desde que resultaron fallidas todas las disposiciones tomadas para asegurar sus resultas. Su remate tampoco pudo ser fruto de humana previsión. Parecería como si Nuestra Señora de las Mercedes hubiese tomado el mando de las bisoñas huestes patriotas para conducirlas a la victoria”.

Pero, lo interesante es que testimonios contemporáneos consignan en la batalla del Tucumán, un hecho sobrenatural. Así, registra Doña Felipa Zavaleta de Corvalán en sus Recuerdos familiares: “Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tucumano, vieron una Señora vestida de blanco, y que les batía el manto sobre los militares, y que por eso las balas no les hacían nada, como fue que sólo dos faltaron, que fueron Miguel Rivadeneira y Tomás Balor. Por esto se cree que esta Señora fue nuestra Madre de Mercedes”.

Un testigo presencial de la batalla, el oficial Juan Pardo de Zela, ratifica en sus Memorias, el testimonio anterior: “Formó el ejército en línea de batalla con “un horizonte despejado y limpio de nubes (…) En esto una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal, sostenida por una base que parecía sostener una efigie de Nuestra Señora. Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; cuya ilusión aumentándose progresivamente, daba más fortaleza a nuestra pequeña línea, que ya enfrentada con la del enemigo, que no había podido aún organizar la suya, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería el estrago que ellas causan”.

Es así que: “En lo que no hubo de cierto ilusión, fue en el convencimiento general y categórico de que la victoria se debía a la Virgen”.

Por si esto fuera poco, a estos eventos se le suma un hecho singular que termina por liquidar las fuerzas realistas: un ciclón que trae consigo una fuerte lluvia de langostas. Esto lo confirma el doctor Lizondo Borda: “Las mismas langostas parece que ayudaron un poquito ese día. Porque millares de ellas, escapando del viento, al largarse en picada hacia la tierra, hacían fuertes y secos impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron heridos de bala, es de imaginar el espanto de los altoperuanos o culcos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostas”.

Es imposible, no hacer memoria del pasaje del Éxodo en que Dios envía las plagas para poner fin a la negativa del faraón de liberar a su pueblo. Tristán junto con las fuerzas realistas, debieron lanzarse en retirada, dando la definitiva victoria a las fuerzas de la patria dirigidas por Belgrano.

LA VIRGEN DE LAS MERCEDES

En agradecimiento de semejante protección celestial, el piadoso general Belgrano nombró a la Virgen de las Mercedes, Generala del Ejército del Norte: “Con el 24 de setiembre de 1812 se transformó Belgrano en el paladín de Nuestra Señora. Y con Belgrano, sus compañeros de armas, el pueblo de Tucumán, las autoridades eclesiásticas, los magistrados, el Cabildo secular: conformes todos en este final reconocimiento”.

Esto llevó a decir a Lorenzo Lugones, oficial de Belgrano, que: “El resultado de la batalla de Tucumán fue debido en su mayor parte a un cúmulo de hechos providenciales, y no a combinaciones militares; por lo que el pueblo lo atribuyó a milagro de la Virgen de Mercedes, porque tuvo lugar en el día de su festividad”.

LOS AGASAJOS

De entre los agasajos a Nuestra Señora de las Mercedes, podemos mencionar los siguientes:

El 5 de octubre Belgrano envió al superior gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata las banderas y estandartes arrebatados al enemigo. “Remito dos banderas del Real de Lima y dos estandartes de Cotabamba, para que Vuestra Excelencia tenga la bondad de mandar se coloquen en el templo de Nuestra Madre y Señora de las Mercedes, como dedicadas por el ejército de mi mando, en demostración de la gratitud a tan divina Señora, por los favores que mediante su intervención nos dispensó el Todopoderoso en la acción del 24 pasado”.

El segundo triunvirato, manifestó en respuesta, que los trofeos conseguidos se habían llevado en procesión solemne desde la fortaleza hasta el Cabildo, y desde allí fueron depositados en la iglesia de la Virgen de las Mercedes, cuya devoción arraigada en el pueblo católico hispanoamericano, se extendió aún más en frutos celestiales.

El 13 de octubre Belgrano dispuso por escrito “tres días de iluminación y regocijos públicos en demostración de nuestra gratitud” a la Virgen; y que luego se celebrase el suntuoso novenario en la iglesia de la Merced: “La novena que se ha de celebrar a nuestra Madre de Mercedes, durante la cual no habrá tienda alguna abierta, ni pulpería, a que deberá asistir todo el pueblo, igualmente que a la función que con toda celebridad se ejecutará por conclusión, en acción de gracias del beneficio recibido por la intercesión de tan divina Madre, y con el objeto de que nos continúe sus auxilios”.

El enemigo había sido vencido, según nuestro General en su proclama del 28 de septiembre de 1812: “Por medios prodigiosos, obra sólo del Omnipotente, que protege nuestra santa y sagrada causa”. Y sigue: “El Omnipotente se ha apiadado de nosotros, y quiere castigar a los malvados autores de la efusión de sangre, y de tantos desastres sin respeto a la santa religión, ni a esas leyes que ellos mismos decantaban que obedecían. A las armas, pues, compatriotas amados: caed sobre los tiranos con la seguridad que Dios Todopoderoso protege nuestras justas intenciones, pues no doy un paso en que no vea sus distinguidos favores”.

Histórica imagen de la Virgen de la Merced, con el bastón de mando del General Belgrano con el que la invistiera Generala y Patrona del Ejército en la Batalla de Tucumán (24 de septienbre de 1812). Desde 1913 se venera en la Basílica Nuestra Señora de los Buenos Aires de esta capital.

EL ÁRBOL SE CONOCE POR SUS FRUTOS

La festividad tuvo lugar el 27 del mismo mes. Concurrieron todos: “Vecinos y soldados, hombres y mujeres, nobles de abolengo y plebeyos de recia estampa, debieron de echarse por esas calles camino de la Merced las tardes del novenario.” Así: “(…) La devoción de Nuestra Señora de Mercedes, ya muy generalizada, había subido al más alto grado”. Afirma el P. Cayetano Bruno que: “El modesto caudillo, tan religioso como intrépido, atribuye a Dios la victoria, y a su augusta Madre María le consagra parte de sus despojos en prueba de reconocimiento, y determina se solemnice en honor suyo una función devota”.

El coronel Blas Pico, oficial de Belgrano, confirma el hecho diciendo sobre su Jefe: “Un cumplimiento exacto de sus deberes, una vida laboriosa y ocupada siempre en el mejor servicio de la nación, una práctica, la más piadosa de la virtud, de la humildad, por la que siempre conoció, atribuyó y persuadió que todos sus triunfos y progresos de sus armas en nada le eran debidos a él, sino a la protección del Señor, Dios de los ejércitos por intercesión de María Santísima de Mercedes, a quien había jurado generala del ejército en la gloriosa acción de Tucumán entregándole en acto solemne y religioso el bastón de generala e hizo que la reconociera el ejército haciéndole los debidos honores como a tal, mandando en Potosí vistiese todo individuo del ejército el santo escapulario, indultando la vida a dos reos al tiempo de salir al suplicio por haberse llevado la imagen de esa Soberana Reina a su casa y pedido por su intercesión”.

Y el padre Cayetano Rodríguez en su Elogio Fúnebre de Manuel Belgrano, exclamaba: “¡Con qué confianza, con qué ternura libraba en las manos de la Reina de los Ángeles el feliz éxito de sus empresas, y cuán sensibles pruebas le dio esta divina Madre de su protección y amparo en dos apurados lances en que se vio comprometido su honor, e indecisa la suerte de la América del Sud! Salta, Tucumán, vosotros, pueblos afortunados (…), fuisteis oculares testigos de las victorias de este General americano, también de su piedad y cristiana conducta. En vuestros templos se postró humillado a rendir gracias a su soberana libertadora, y como otra Judit más digna de los elogios, que mereció la antigua hebrea de los moradores de Betulia, le tributó constantemente los suyos, dejando en legado pío a todos sus compatriotas, este ejemplo de la religión que deberían imitar”.

EL LEGADO

Herencia pía que efectivamente fue imitada por el mismo General Don José de San Martín, siguiendo los consejos de Belgrano quien en carta del 6 de abril de 1814, antes de recibir su relevo, le escribió: “(...) Conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando el ejército se forme; que no deje de implorar a N. Sra. de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa. Deje Ud. que se rían; los efectos le resarcirán a Ud. de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima. Acuérdese Ud. que es un general cristiano, apostólico y romano; cele Ud. de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales se falte el respeto de cuanto se diga a nuestra santa religión”.

Un legado imperecedero, vigente, viviente. Un legado para valientes. Nos animamos a preguntar: ¿Qué nos diría el piadoso general Belgrano en nuestros tiempos? En primer lugar: “Deseo que todos sepan el bien para alegrarse, y el mal para remediarlo, si aman a su patria” y en segundo lugar que: “nadie es más acreedor al título de ciudadano que el que sacrifica sus comodidades y expone su vida en defensa de la Patria”.

Por último, creo que nos pediría lo mismo que proclamó a los pueblos del Perú un 28 de septiembre 1812: “Sólo exijo de vosotros unión, constancia, valor y el ejercicio de las virtudes: alejad de vosotros toda ociosidad, todo espíritu de venganza y todo cuanto sea contra la ley santa de nuestro Dios y de la santa Iglesia, y no penséis en intereses particulares, sino en salvar la amada patria, para restituirla al goce de la tranquilidad que necesita para constituirse , y que todos disfruten de los bienes que el cielo nos ha querido conceder”.

Incluso en las peores crisis. Incluso en esta Patria que dió la espalda a Dios, borrando su sentido trascendente de la vida. Incluso en esta tierra bendita y regada con sangre generosa, cuyos habitantes desconocen sus orígenes, sus gestas, sus héroes y sus santos, que no saben a quién agradecer y que parece andar a los tumbos por rumbos inciertos, sin brújula, sin norte a seguir. Hay un pequeño rebaño que resiste y quiere marcar la diferencia. Como lo hizo el pequeño hijo de la Patria Don Manuel Belgrano. Y que como él, está convencido de que los milagros existen, ocurren y volverán a ocurrir si son de la voluntad de Dios. Solo basta creer en ellos, abandonarse en las manos de la Divina Providencia y de Su Santa Madre, y trabajar. Trabajar mucho, material y espiritualmente, cada uno desde su puesto para hacerlos posibles. Pues como dijo el Padre Castellani: No se nos pedirá cuentas de las batallas ganadas, sino de las cicatrices de la lucha.