El 26 de mayo de 1876, cuando aún no habían concluido las celebraciones por el aniversario de la Revolución de Mayo, falleció en Buenos Aires, su ciudad natal, el general Tomás de Iriarte, a los 82 años. Era hijo del militar español Félix de Iriarte -jefe del Regimiento Fijo de Buenos Aires- y de María Josefa de Somalo y Arroyo; su abuelo también había servido en el arma de artillería.
Para seguir la vocación familiar, sus padres dispusieron que iniciara la carrera de las armas en España. Así, el 9 de agosto de 1804, se embarcó en la fragata Clara, recomendado a su capitán. La escuadra, compuesta además por las naves Medea, Mercedes y Fama, se hizo a la vela con el objetivo de llegar a Cádiz el 6 de octubre.
Sin embargo, en la víspera fueron atacados por una escuadra inglesa que hundió la Mercedes (en la que viajaba casi toda la familia Alvear, a excepción del mayor general don Diego de Alvear y su hijo Carlos, quienes iban en la Medea), obligándolos a rendirse.
El comandante británico, Gove, insistió ante el español don José Bustamante en que no debían considerarse prisioneros, sino detenidos, "porque el gobierno inglés solo había tomado aquella medida hostil para evitar que los caudales que conducíamos, después de desembarcados en España, pasasen a Francia para auxiliar las miras ambiciosas de Napoleón".
Iriarte pasó una temporada en Plymouth, donde fue muy bien atendido por las familias locales, a quienes el “españolito” les despertaba compasión y ternura. Una de ellas lo recibió en su casa; allí aprendió el idioma, se ganó el afecto de sus anfitriones y jamás los olvidó.
En mayo de 1805, se los autorizó a volver a España en un buque de bandera sueca. Desembarcaron en Vivero y, a lomo de mula, siguieron hacia La Coruña y luego a Madrid. De esta etapa dejó descripciones de lugares y personajes que, al escribirlas en su madurez, recordaba de manera algo confusa, “no solo por los pocos años que tenía, sino porque la novedad de escenas más grandiosas que se presentaban a mi vista por primera vez deslumbraban mi imaginación”.
Estuvo también en otros sitios, como Figueras y Barcelona, y se preparó para ingresar al Real Colegio de Artillería de Segovia: “Como requisito previo a mi entrada en el colegio, fui examinado de lectura, escritura y las cuatro primeras operaciones de la aritmética por dos capitanes de artillería, oficiales distinguidos que se ocupaban de escribir la historia del Cuerpo”.
Estos examinadores eran nada menos que Pedro Velarde y Luis Daoíz, futuros héroes de las jornadas del 2 de mayo de 1808 en Madrid.
Ingresó en el Colegio de Artillería de Segovia el 17 de marzo de 1807, iniciando una actuación de nueve años en las filas del Ejército español, a la que se refiere detalladamente en susMemorias. Al año siguiente fue testigo de la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo, un hecho que desató la furia del pueblo contra el Príncipe de la Paz (Manuel Godoy). Iriarte presenció el asalto popular al Alcázar, donde la multitud exigía el retrato de Godoy. El alcalde logró salvar la pintura, pero no el marco, lo que llevó a la turba a reclamar la estampa del ministro.
En junio, los franceses llegaron a la ciudad. Poco después, un joven cadete caraqueño, Lorenzo Guillelmi, habría de defender Segovia del invasor francés. Comenzó así para Iriarte un largo periplo que incluyó a Portugal y, luego, a Sevilla. Al respecto recordó: “Estudié la artillería en Sevilla con más ventaja que cuando estudiaba en Segovia; nuestras lecciones no eran solo teóricas, sino prácticas también, porque íbamos a veces a la fundición de cañones, a la maestranza -que entonces era la primera de España-, a la fábrica de salitre, a la línea, donde practicábamos la construcción de baterías, etc., pero todo lo teníamos a nuestra disposición”.
El 14 de noviembre de 1809, Iriarte recibió los despachos de subteniente de artillería, y describió así aquel momento: “No hay placer que sea comparable al que se disfruta el día en que uno es promovido a subteniente de artillería. Además de ser un cuerpo facultativo, que siempre ha disfrutado de un gran crédito, cuando uno es promovido es después de haber pasado por todos los crisoles de un artillero especulativo. La circunstancia de salir de un riguroso encierro de cuatro años para ser hombre libre y con carrera formada -pues los ascensos después son por rigurosa antigüedad- es capaz de trastornar de júbilo a un joven que ya empieza a sentir todos los encantos y estímulos de la libertad personal”.
Finalmente, recaló en Cádiz, ciudad a la que definió como “el punto de reunión de la emigración de las personas más respetables de Andalucía y de los dispersos de los ejércitos. Era, por mejor decir, el foco de las notabilidades de toda España y la esperanza de los españoles, como Asturias en tiempos de don Pelayo. En una palabra: España estaba entonces en Cádiz”.
El historiador Enrique de Gandía sostiene que los recuerdos de Iriarte de esa época “son los más ricos y trascendentes que conserva la historia de esa ciudad en los momentos en que resistió la invasión francesa e impidió que el destino de Europa tomase otro rumbo”.
Dejó, además, una magnífica descripción de la ciudad, a la que consideró "una de las más hermosas del mundo": vista "desde el mar parece exactamente una isla. Los edificios salen de la superficie del agua como si fuera una ciudad sobre las olas". Destacó también sus calles "bien empedradas y algunas enlozadas, conservadas con mucho aseo y bien alumbradas durante la noche".
Iriarte se encontraba en Cádiz cuando se reunieron las Cortes, y dejó un animado relato de la inauguración y de las sesiones. Recorrió España en distintos momentos y hasta llegó a conocer a Fernando VII. Sobre las circunstancias de ese encuentro, relató: “Fernando viajó en triunfo, los pueblos lo recibían con extraordinarias demostraciones de alegría. Jamás monarca alguno tuvo pruebas más prácticas y positivas del amor de sus súbditos, cuán sinceros eran los obsequios que le tributaban. Él respondía aparentemente con la mayor afabilidad y confianza: hablaba cariñosamente con cuantos se le acercaban, de cualquier clase que fuesen. Hizo muy bien el papel de hipócrita. Cuando llegó a Lérida, yo fui comisionado para hacer la salva en el castillo: se hospedó en el palacio episcopal e inmediatamente subió a la fortaleza; luego de que concluí la triple salva, me incorporé a la comitiva. El rey iba adelante con su hermano y los generales, yo estaba a retaguardia, muy inmediato al lado del mayor de plaza. Toda la población de Lérida había subido al castillo para ver al monarca. La estacada del camino cubierto estaba coronada de gente. El júbilo se veía pintado en todos los rostros de aquellos buenos españoles. Los ‘vivas’ eran incesantes. Un soldado se aproximó tanto al rey que, casi tocando con su oído, gritó: ‘¡Viva Fernando Séptimo!’. Yo le dije al mayor de plaza: ‘Este majadero ha dejado sordo al rey’. Este lo oyó y, volviéndose a mí, me dijo con semblante risueño: ‘Hace bien, tal vez ha derramado su sangre por mí’”.
Tomás de Iriarte regresaría a América y abandonaría las tropas realistas para pasar a las fuerzas de Manuel Belgrano en 1818.
Su vida y actividad en ese período son ampliamente conocidas; pero ese pasado español que plasmó en sus Memorias es un testimonio no tan divulgado que merece difundirse, en especial para comprender la escuela donde se formaron algunos de nuestros grandes hombres. Un rescate doblemente necesario en este sesquicentenario de su muerte, que ha pasado casi inadvertido.