Opinión

El impulso de la ola violeta y el desafío de la primera vuelta

Finalmente, la elección primaria del 13 de agosto fue de tercios, como había sospechado Cristina Kirchner. Pero los tercios se ordenaron de una manera inesperada: Javier Milei ocupó el sitial más alto de este podio (provisorio, es cierto) que dictaminaron las PASO. Por lo demás, como escribimos en este espacio dos semanas atrás, esos tercios “en la práctica resultarían ser quintos si se confirma el bajo presentismo electoral que se ha venido insinuando en los comicios `provinciales ya realizados, donde, con la excepción de Tucumán, no se llega a una media del 70 por ciento. Con ese nivel de ausencia, quien contabilice un 33 por ciento del voto positivo sólo estaría representando poco más del 20 por ciento del total del electorado”. Dicho y hecho: el presentismo de estas PASO tampoco llegó al 70 por ciento. Y el candidato más votado no alcanzó los 33 puntos; sólo superó por centésimos los 30.

En cualquier caso, tercios o quintos sólo son una aproximación matemática a uno de los ejes de lo que el resultado de la primaria revela o confirma: la crisis de representación que atraviesa al sistema político. Pero hay otra faceta que puede apuntarse con cifras y pinta una anomalía más profunda: si se suman el ausentismo y el voto en blanco (35 de cada 100 empadronados) al voto anticasta recibido por Milei (30,04 por ciento) puede legítimamente inferirse que el sistema político y la decadencia social y económica que ha acompañado su manejo del Estado han sufrido un formidable impacto deslegiitimador.

ALZAMIENTO CONTRA EL SISTEMA

Como el abstencionismo, el voto PASO a La Libertad Avanza puede estar circunscripto a un tercio de los votantes (o a un quinto del electorado total), , pero basta con analizar la distribución del ausentismo y con mirar el mapa del país teñido de violeta de norte a sur para entender que se trató de un movimiento general. Y, si se toma en consideración la endeblez de la estructura política de Milei, puede inferirse que el apoyo que recibió no fue una reacción organizativamente inducida, sino una revuelta espontánea, cargada de matices singulares pero convergente en algunos puntos centrales: rechazo al sistema encarnado en la llamada grieta y en la polarización kirchnerismo-macrismo, reclamo de cambio pronunciado, y entusiasmo por una figura que insinúa una esperanza.

En cuanto a la crisis del sistema político y la necesidad de su reconfiguración, este espacio ha venido destacando ese punto con insistencia (“se compuso un dispositivo nítidamente polarizado y un empate inmovilizador en el marco de una situación económica y social de paulatino deterioro que fue desgastando a ambos componentes de la polarización. En 2019, entre ambos polos reunían 9 de cada 10 votos. Hoy, sumados, apenas rondan los 6”. En estas PASO, la suma de esos polos sólo superó apenas el 50 por ciento).

A principios de mayo lo enunciábamos así: “En su derrumbe, el sistema político de la vieja polarización ha dado lugar para que emerja con vigor una tercera fuerza, encarnada por el momento en una figura dominante, Javier Milei, guionista y protagonista casi excluyente de La Libertad Avanza, que recibiría el apoyo de la mayoría de los votantes menores de 40 años, particularmente del padrón masculino. Aunque su corriente todavía no ha conseguido resultados auspiciosos allí donde participó en las elecciones provinciales libradas en las últimas semanas, Milei parece expresar una nueva fase de la polarización, dónde él daría voz al rechazo radical a los componentes del viejo sistema político (tanto el cristinokirchnerismo como Juntos por el Cambio, caracterizados ambos como “la casta”). Su cruzada es, si se quiere, un revival del que se vayan todos de principios de siglo y un paradójico intento de canalización política de una convulsión antipolítica”.

LOS GRANDES PERDEDORES

La primacía alcanzada por Milei en estas PASO está sustentada en una fuga transversal de votos de lo que hasta el último domingo se describía como “ambas fuerzas mayoritarias”. Como recordábamos una semana atrás, “en las elecciones presidenciales de 2019, la fórmula del Frente de Todos que encabezó Alberto Fernández obtuvo casi 13 millones de votos y la de Juntos por el Cambio, que postulaba la reelección de Mauricio Macri quedó más de 2 millones de votos debajo de ella”. El ultimo domingo, Unidos por la Patria, el sello que reemplaza al Frente de Todos, se redujo a 6.460.689 sufragios, un 27,27 por ciento de los votantes: perdió más de 6 millones y medio de votos tras cuatro años de gestión. Por su parte, en el mismo lapso Juntos por el Cambio (que no sufrió el desgaste del ejercicio del poder durante un período que incluyó una pandemia y una seguía excepcional) perdió cuatro millones de aquellos votos de 2019.

Señalado el hecho de que las PASO, además de confirmar las fallas de la mayoría de los estudios demoscópicos, han producido una conmoción en el sistema político, han decepcionado a los que Milei describe como “micrófonos ensobrados” y han provocado la perplejidad de grandes actores económicos (hasta el FMI se apresuró a marcar el número de La Libertad Avanza para empezar a cambiar figuritas), es preciso recordar que el partido no ha concluido: el proceso electoral se desarrolla en tres etapas (Milei, con el optimismo de quien sorpresivamente se adjudicó la primera, asegura que le alcanzará la elección de octubre para convertirse en presidente, pero la escasa distancia que separa a las tres principales fuerzas en competencia convierte en virtualmente ineludible el balotaje de noviembre: es muy improbable que ninguna de ellas –la de Milei incluida- alcance los 45 puntos (o los 40 con diez de distancia sobre el segundo) que la ley exige para obviar la segunda vuelta.

Por ese motivo, el segundo tiempo del partido se vuelve eliminatorio para uno de esos tres protagonistas: el que salga tercero queda excluido. Y esa exclusión determinará la naturaleza del balotaje. El truco de gallo se volverá un mano a mano. ¿Milei contra Massa?, ¿Milei contra Bullrich?, ¿Bullrich contra Massa?

TRUCO DE GALLO

Jaime Durán Barba, un observador calificado que ya no está profesionalmente comprometido con el macrismo, opinó que indudablemente Milei va a estar en la segunda vuelta porque “podrá retener con facilidad a los electores que se inclinaron por él en estas elecciones. Cuando un candidato viene de abajo y produce una sorpresa como esta, todos sus votantes se consolidan. Sienten que han ganando, que están yendo para adelante. Es absurdo que si usted votó por alguien que sorpresivamente encabeza todos los resultados, después diga ah, voy a pensar en otro”.

Aunque alardea de una victoria directa en octubre, Milei tiene clara su estrategia para este período de la campaña: pasa por polarizar con Massa y eliminar del podio a Patricia Bullrich. “Ella salió tercera, con 17% y los votantes de Larreta tienen más afinidad con Massa. Ella frena que le pasemos por encima al kirchnerismo. Soy yo el que va a derrotar al kirchnerismo.” Trabaja para sumar a su caudal una porción del voto halcón que se canalizó en la interna de Juntos por el Cambio, porque calcula que ya ha agotado su posibilidad de crecimiento sobre el electorado peronista. La otra fuente potencial de crecimiento que visualiza es el caudal de abstencionistas: “Están enojados con todos –razona- y por eso es más fácil de ser seducidos por mí que por ellos (Juntos por el Cambio). Somos la única alternativa viable. Casi sacamos el doble de votos que Bullrich, por lo tanto el vehículo idóneo para sacar al kirchnerismo somos nosotros”.

La suma aritmética de algunos opinadores voluntaristas que se ilusionan con un acuerdo entre Bullrich y La Libertad Avanza para el que Mauricio Macri podría oficiar de celestina es una baza descartada. Milei es terminante: “Con alguien que clava puñales en la espalda no hago acuerdos”.

En la provincia de Buenos Aires, donde la elección a gobernador se resuelve sin balotaje (el cargo se adjudica por mayoría simple de sufragios), el kirchnerista Axel Kicillof fue el candidato más votado en las PASO, con un 38,41 por ciento. La segunda más votada fue la candidata de La Libertad Avanza, Carolina Piparo (23,26 por ciento) y el tercero, Néstor Grindetti, que triunfó por muy poco en la interna de Juntos por el Cambio (el caudal acumulado de esta alianza fue de 32,92 por ciento). La tentación de sumar los votos de Juntos y de los libertarios es grande para evitar que Kicillof salga primero en octubre, pero eso demandaría que una de las dos fuerzas antikirchneristas ceda ante la otra, algo que ninguna de ellas está dispuesta a admitir. “Eso de juntarse para ganar es lo que ha hecho Juntos por el Cambio y no es algo sólido”, objeta Píparo e invita a Grindetti a bajarse de su candidatura y apoyarla. En Juntos por el Cambio no admiten acuerdos y mucho menos un renunciamiento de su candidato:“Estamos en alianzas distintas y competimos; no hay ninguna posibilidad de alcanzar un entendimiento con los libertarios hasta después de las elecciones. La propuesta para que Grindetti se baje de su candidatura habla de una inexperiencia total de Píparo, que muestra que no está preparada para gobernar".

Así, el choque entre Juntos por el Cambio y La Libertad Avanza no espera hasta la segunda vuelta de las elecciones: se adelanta a octubre, porque una y otra alianza quiere asegurarse el ticket de ingreso a la final de noviembre. La Libertad Avanza parte con ventaja: le alcanzaría con conservar la distancia que obtuvo en las PASO y es muy probable que la amplíe. A los candidatos que triunfaron en la primaria de Juntos por el Cambio (Bullrich en la presidencial, Grindetti en la de gobernador bonaerense) les resultará complicado conservar el caudal acumulado por su coalición en esas categorías. “Muchos votantes de Larreta tienen razones para no votar a Bullrich – consideró el politólogo Eduardo Fidanza interrogado por Jorge Fontevecchia-…el radicalismo y la Coalición Cívica se encolumnaron detrás de Larreta, si Bullrich se va muy a la derecha, no acompañarán... es difícil pensar que Bullrich dejará su tono radicalizado porque ahora empieza la competencia entre ella y Milei”.

LAS CHANCES DE MASSA

¿Y qué ocurrirá con el oficialismo, que en estas PASO concretó su peor performance electoral en años? ¿Podrá ascender desde su inédito tercer lugar del podio? Sergio Massa, el candidato presidencial, aunque previsiblemente superó a su desafiante en la interna, Juan Grabois (que obtuvo un muy decoroso 5 por ciento, duplicado en los vecindarios más vulnerables), no pudo alcanzar el objetivo de ser el candidato presidencial más votado (no llegó al 22 por ciento); en su propio terruño, Tigre, apenas pudo duplicar los votos de Grabois (20,5 por ciento a 10,3) y además, su esposa, Malena Galmarini, perdió frente a su rival, el intendente Julio Zamora.

A cargo de la economía y con dificultades incrementadas por el contraste electoral, Massa tiene que sintonizar con delicadeza su estrategia para la segunda etapa. Las vetas electorales que puede explotar son varias. Antes de otra cosa, debe conseguir que las jefaturas territoriales se comprometan en la militancia por su candidatura (en la primaria fue perjudicado por el corte de boleta:en la provincia de Buenos Aires, por caso, los candidatos a intendente de su fuerza así como el candidato a gobernador contabilizaron más votos que los postulantes a presidente, en primer lugar el propio Massa) y que trabajen para recuperar a muchos propios que no fueron a votar el 13 de agosto. Tiene que bucear en las aguas de muchos de los que quedaron eliminados por las PASO, donde hay votantes peronistas o cercanos al peronismo que en la primaria se acercaron a las listas de Guillermo Moreno o de Santiago Cúneo o votaron en blanco. Hay también un espacio de búsqueda en la base electoral de Rodríguez Larreta, donde sin duda hay sectores que no comulgan con el credo confrontativo y extremadamente privatista de Patricia Bullrich y de Javier Milei.

Pero lo fundamental para el Massa candidato reside tanto en que el ministro de Economía pueda encarrilar mínimamente la pareja precios-ingreso de trabajadores y clases medias, como en el delicado posicionamiento que debe adoptar para conservar el voto ligado al kirchnerismo (que es una cuota importante del caudal obtenido el 13 de agosto) y, simultáneamente, ir conjugando un discurso de mayor autonomía capaz de interpretar la voluntad de cambio del conjunto de la sociedad (no sólo de los que protestaron vía Milei o el ausentismo) y de proponer un camino de renovación, más conectado con el presente y el futuro que con nostalgias de cualquier pasado. Sin dejar de lado el brete en que se encuentra el oficialismo, ese posicionamiento puede no solo ampliar sus posibilidades para la primera vuelta de octubre, sino para preparar, si esa prueba queda superada, el desafío final de octubre.

Una posición que consiga pivotear desde la tradición peronista abierta al diálogo con radicales y palomas de Juntos por el Cambio reserva también un espacio para fuerzas independientes como el cordobesismo de Juan Schiaretti, que amplió su participación más allá de su propia provincia y participará en octubre, pero tendrá una decisiva fuerza vacante en la segunda vuelta de noviembre.

Así como Milei quiere ser el eje del balotaje de noviembre y enfrentar allí a Massa, el candidato de Unión por la Patria también prefiere polarizar con Milei. El candidato libertario tiene carisma y despierta un gran entusiasmo entre los jóvenes, que constituyen el dinámico núcleo de su movimiento, pero despierta una simétrica inquietud en sectores amplios, que incluyen desde clases medias trabajadoras hasta empresarios pymes y de mayor calado, o a científicos y técnicos amenazados ya con la disolución del Conicet o a los ligados a la escuela y la salud pública, desconfiados de los experimentos que el libertario promete en esos campos. Son muchos los que piensan, como el analista Eduardo Fidanza, que “Milei no tiene los funcionarios ni los medios para gobernar este país”. Si Massa llegara a la última instancia, aparecería naturalmente como la única alternativa posible para el peronismo, y podría apoyarse en aquel posicionamiento y en su expertise de gestión y de acción política como la mejor alternativa para los votantes que, incluso reclamando cambios, desconfían de “lo bueno por conocer”. La diagonal parece ser un cambio acordado y tranquilo que afirme y no subvierta la gobernabilidad.

El cambio ya está en la atmósfera. Frente a la centrifugación del viejo sistema político algo muere y algo se insinúa: aparecen dos reacciones alternativas, una por la derecha y con tono de combate; la otra, por el centro y por arriba, conteniendo a los extremos, buscando encontrar puntos de acuerdo y construir una plataforma de sustento amplia y fuerte.