Vista así, como espectáculo, resulta una suerte de continuidad de las películas de guerra con las que el cine estadounidense inundó las pantallas la segunda mitad del siglo pasado.
Ahora, siendo que la guerra es real, la pantalla es más chica. Lo que disminuye, en algo, la impresión que debería causarnos. Como la que deberían causarnos las bombas que vemos en vivo y en directo y los muertos que ocasionan. Que nos vamos acostumbrando a ver como si nada. Como si fuera una más de Hollywood. Que nunca pudiera tocarnos.
Si lo pensamos bien, para lo irresponsable que suele ser el género humano, es una suerte que, a más de ochenta años de la primera bomba atómica -la de Hiroshima- llamada, tan luego, Little boy y de la que destruyó Nagasaki tres días después, no se las haya empleado de allí en más.
Porque las potencias nucleares, una al principio y dos poco después, orillan hoy la decena (si no la pasan). El uno contra uno, bilateral, implicaba mutua vigilancia y parecía funcionar. Hoy es más difícil es mantener la disciplina multilateral en el pelotón nuclear. Y mayor es el riesgo de que algún irresponsable dispare el primer misil.
Y aquí volvemos al cine. Porque, así como nos acostumbró a la guerra, también nos advirtió sobre las que pueden causar dirigentes poco responsables. Así, en Dr. Strangelove de Stanley Kubrik -traducida como El doctor insólito- un coronel estadounidense enloquecía y su presidente no podía conectarse con el premier ruso para frenar la contienda, porque este último se había recluido con su amante, en su dacha privada, dejando orden terminante de no ser molestado. Un concierto de hongos atómicos cerraba la película.
Los líderes actuales no inspiran mucha más confianza. Trump denota su ego cuando utiliza la primera persona del singular cuando baraja la posibilidad de invadir Cuba.
Nada de “nuestro país”, ni de “nosotros”. El “yo” está en todas sus frases y prueba cuan sujeta a su muy personal antojo puede ser la decisión de invadir dicho país (cuyo régimen, por otra parte, se está cayendo solo e invadirlo solamente le provocaría a los Estados Unidos antipatías evitables).
Tanto Trump, como Netanyahu en Israel, encuentran serias críticas en sus propios países por haber desencadenado una guerra que no podrán terminar sin invadir Irán, tarea cuyo costo, hete aquí, no están dispuestos a asumir. Guerra que ha de prolongarse no se sabe cuánto y que repercute en otras naciones de la región aliadas de Occidente. Y que, según el renunciante director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, es falso que fuera imprescindible desencadenar por el riesgo que suponía Irán.
No es seguro que la sigamos viendo sólo por TV.