Qué es kirchnerismo (IV y final)

Victimismo

Después del triunfo con el 54% el kirchnerismo ha resuelto terminar con los eufemismos. Llama a las cosas por su nombre. El flamante presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, dijo hace no mucho que no le molestaba que el Congreso funcionara como un "escribanía" de la Casa de Gobierno mientras defendiese el interés del pueblo que, en realidad, es otro de los nombres del Gobierno.

Pero lo que importa no es lo que los kirchneristas dicen o lo que piensan, sino lo que hacen. Todo el oficialismo -no sólo Domínguez- aprobó eufórico y en tiempo récord la prórroga de la emergencia pública que pone en manos del Ejecutivo facultades propias del Legislativo desde 2002, aunque la crisis ya ha desaparecido, según reza el propio discurso oficial.

Lo que en verdad están diciendo las palabras y los hechos del kirchnerismo es que hay un sistema institucional y un sistema político nuevos con pretensión de unanimidad. No porque en el pasado no haya habido períodos de concentración del poder en una persona o en una camarilla, sino porque en este caso tiene el aval de una porción mayoritaria del electorado; de los integrantes de los tres poderes del Estado y de los más importantes factores de poder.

En este marco el rasgo más destacado del nuevo régimen es el absoluto acatamiento a la voluntad presidencial. La pertenencia al Gobierno y el acatamiento a su discurso y sus órdenes son la misma cosa. Y esa devoción política alcanza el nivel más apreciado por la Casa Rosada cuando resulta indistinguible de la obsecuencia.

Otro rasgo destacado es que este decisionismo criollo es completamente formal. Carece de marca ideológica. Las políticas pueden ser hoy de derecha y mañana de izquierda o viceversa. La Presidenta puede cuestionar el derecho de huelga de los sindicalistas no amigos o mostrarse de acuerdo con el trabajo en negro o aliarse con los industriales o pagarle al FMI, pero no a los jubilados, etcétera, etcétera.

Bajo estas condiciones, la única forma de identidad no es, obviamente, una doctrina política, sino un alineamiento sin fisuras. Se puede provenir de la Ucedé y ser vicepresidente o del maoísmo y ser secretario legal y técnico. Todo contenido puede ser convertido en su opuesto y el partido oficialista, en secta. La fe es una fe personal, no doctrinaria.

Por otra parte, cuando el partidismo se trasmuta en identidad las posiciones críticas no sólo no son bien recibidas sino que adquieren el carácter de traiciones inaceptables como bien sabe Julio Cobos, al que se intentó comparar con Judas porque actuó contra la divinidad en ejercicio. Aquí aparece otro de los rasgos más llamativos del kirchnerismo, aunque tomado a préstamo de la izquierda, más que de la religión: el victimismo. Con la excusa de que tienen presuntas intenciones destituyentes se persigue a quienes se atreven a disentir enviándoles la AFIP, la Gendarmería y -en otros tiempos- a los muchachos de Moyano.

En realidad, el victimismo encierra una contradicción que da lugar a todo tipo de abusos. Quien se victimiza se declara perseguido para perseguir. Encuentra, además, siempre las culpas en otros y reserva para sí la pureza de las intenciones. Tiene, no obstante, un punto débil: no puede ocultar que es una mezcla de ingenuidad y astucia. Ingenuidad aparente y astucia real, porque es una técnica de extorsión, una agresión indirecta apenas disfrazada.