Siete días de política
Las inundaciones mostraron que los políticos viven en otro país
Los graves problemas de infraestructura siguen irresueltos y tampoco hay planes eficaces de contingencia. Patéticos intentos de aprovechamiento electoral. El episodio de Mujica como símbolo.
La llegada al poder no convierte a los políticos argentinos en servidores públicos; por el contrario, usan generalmente sus cargos en beneficio propio y de sus allegados. Y la devastadora lluvia que arrasó amplias zonas de la Ciudad de Buenos Aires, el conurbano y La Plata expuso como nunca el abismo que separa a la dirigencia del ciudadano común.
Puso sobre el tapete que hay obras hidráulicas fundamentales que están en veremos desde hace años por peleas entre facciones (kirchneristas versus macristas, por ejemplo); que hay ineficacia en el uso que se da al gigantesco gasto público, o directamente corrupción. Quedó también patente la falta de respuesta rápida a catástrofes que se repiten cada vez con mayor frecuencia; y, por último, pero no menos importante, llevó a primer plano la soledad y el desamparo de los damnificados que tienen que arreglárselas por su cuenta.
Horas de televisión mostraron además cómo era ocupado el vacío dejado por el Estado (ese que según el oficialismo ha sido recuperado después de la década menemista) por la solidaridad espontánea de la población. La misma población que reaccionó con enojo contra la ministra Alicia Kirchner, el gobernador bonaerense y la propia Presidenta cuando intentaron mezclarse con las víctimas de la catástrofe.
¿Tendrá esto consecuencias inmediatas? Es probable que tanto Alicia Kirchner como el intendente platense Pablo Bruera, que tuvieron que regresar al galope al país ante la indignación mediática, deban abandonar
sus candidaturas para este año. Pero, en cambio, es absolutamente seguro que después de unos pocos días la dirigencia retornará a las maniobras electorales suspendidas por mal tiempo y todo seguirá igual.
La presidenta Cristina Fernández volvió a reaccionar adecuadamente al suspender las hostilidades con Daniel Scioli y abandonar el aislamiento de El Calafate, y anunciar medidas de ayuda económica a los damnificados por las inundaciones.
No ignorar la tragedia fue una saludable rectificación, similar a la que tuvo ante la designación del cardenal Jorge Bergoglio como Papa. No puede decirse otro tanto de los medios a sueldo del Gobierno y de algunos dirigentes que intentaron hacer politiquería con el diluvio sobre la Ciudad de Buenos Aires denostando a Mauricio Macri (que
también regresó al galope), pero que apenas 24 horas más tarde tuvieron que cerrar la boca ante un desastre mucho mayor en La Plata, donde la responsabilidad era peronista.
Las maniobras electorales tampoco se detendrán, porque con el descenso del agua el Gobierno nacional seguirá recortándole fondos a la provincia de Buenos Aires para que Scioli no recupere puntos en las encuestas.
Esa batalla ya está en marcha y no hay forma de detenerla. Tampoco el clima de confrontación permanente
y chicanera que el kirchnerismo impuso desde 2003. Tomará tiempo desterrar ese canibalismo, si no termina instalándose definitivamente de la mano de La Cámpora y de los ultra ‘K’.
Scioli por su parte no romperá lanzas con el kirchnerismo y se limitará a esperar que las elecciones de octubre declaren de manera contundente que una nueva reelección de la Presidenta es imposible. Cree que esa será su hora de cosechar en público los apoyos de la dirigencia peronista que hoy le llegan en reserva.
Para contrarrestar ese proceso que hoy ve como inevitable, el Gobierno piensa eliminar las internas abiertas ‘por única vez’ este año. Es que el mecanismo funcionaría como una encuesta gigantesca previa a la elección general y permitiría que toda la oposición se encolumne detrás del candidato que mejor mida, algo fatal para el
kirchnerismo que medra con la dispersión.
Para que esto sea posible, sin embargo, es necesaria la aprobación en el Congreso de una ley con mayorías especiales que difícilmente el oficialismo obtenga sin una ayuda opositora. Y en ese plano los radicales representan como de costumbre una incógnita.
Otro hecho significativo fueron las poco halagadoras palabras del presidente uruguayo José Mujica sobre la presidenta Cristina Fernández (la trató de ‘vieja’ y de ‘terca’). El episodio fue tomado con humor por la mayor parte de la dirigencia, pero provocó un incidente diplomático y, más importante aún, es un síntoma del grave deterioro de las relaciones en el Mercosur, producto a su vez de la errática y discrecional política comercial aplicada por el kirchnerismo a causa de sus penurias con el dólar. Una política que, por ejemplo, impide desde hace rato una reunión de la presidenta argentina con su par brasileña.
