ENTREVISTA A VIVIANA RIVERO, UNA DE LAS AUTORAS MAS LEIDAS DE UN GENERO EN AUGE

Exito y transformación de la novela romántica

El último libro de la cordobesa, "Los colores de la felicidad", lleva meses entre los más vendidos del país. Gustos, influencias y rutinas de una escritora fecunda y popular.

Viviana Rivero es una de las escritoras más leídas del país. Sus novelas histórico-románticas tienen un lugar asegurado en las listas de best-sellers y cuentan con un público fiel y ávido. La más reciente de sus obras, Los colores de la felicidad (Emecé, 440 páginas) no ha desvirtuado esa pauta. Su argumento, que combina una tempestuosa historia de amor y política ambientada en la Cuba revolucionaria, volvió a seducir a los lectores que durante meses la ubicaron entre los libros más vendidos.

Nacida y radicada en Córdoba, abogada de profesión e hija de un literato, Rivero ha publicado seis novelas desde 2010, un fecundo ritmo de producción que tal vez cause envidia entre sus colegas. Entrevistada por correo electrónico mientras se encontraba de viaje por Europa, Rivero se refirió a su obra más reciente, a sus hábitos creativos y a las influencias que reconoce como lectora y escritora de un género en auge constante.

-¿Cuál fue el origen de Los colores de la felicidad?

-El punto de partida fue el tema que quería tocar, que apareció antes del argumento. Quería escribir acerca de que la importancia de las personas no está en el cargo que ocupan, ni en sus títulos de grado, mucho menos en el dinero que tienen, sino que una persona es importante en esta vida cuando está en el lugar donde debe estar, haciendo lo que tiene que hacer. Simplemente está esparciendo su perfume. Impregnando su entorno. Aunque a veces no sea una persona notoria, sí es alguien importante. Y otro tema que trata el libro es la idea de "que las cosas que anhelamos llegan cuando deben llegar, ni antes ni después" y debemos reconciliarnos con esa idea porque es la única manera de mirar para adelante y construir sin frustración. Esas dos ideas fueron el punto de partida de esta novela que cuenta la vida de un hombre idealista que conforme a las ideas de la década de 1960 creía que iba a poder cambiar al mundo. Y en medio de esa búsqueda se enamora de una fotógrafa argentina que tiene los pies sobre la tierra. 

-¿Por qué la historia transcurre en Cuba en vísperas de la Revolución?

-Elegí Cuba porque en esa época era el país ideal para hacer vivir a un hombre idealista dispuesto a todo por lo que cree, como es Joel Fernández mi personaje. Cuba, su revolución, el por qué de ella, es sorprendente y apasionante, mas allá de que se esté o no de acuerdo con su ideas.

-¿Qué importancia tiene la documentación en sus novelas? ¿Cuánto tiempo dedicó a investigar para Los colores...?

-En mis novelas la investigación histórica es muy importante, disfruto de hacerla. Soy detallista y minuciosa. Creo que allí aparece mi veta de abogada. El recabar datos me lleva varios meses donde leo muchos libros, algunos difíciles de conseguir (hago una verdadera pesquisa de ellos). También veo documentales, entrevisto personas y leo diarios de la época. La investigación a veces empieza años atrás cuando uno comienza a juntar material para ese tema que sabe que alguna vez escribirá.

-¿Cuánto tiempo dedica a la escritura?

-La verdad que cada libro son muchas, pero muchas horas de trabajo por día. Yo edito casi un libro por año pero son las 7 de la mañana y ya estoy en la computadora. A veces me quedo allí hasta que el más chico de mis hijos viene del colegio doble escolaridad a las 5 de la tarde. Se trabaja sábados y hasta algunas veces los domingos. 

LAS INFLUENCIAS

-¿Cuáles fueron sus principales influencias literarias, dentro o fuera del género romántico?

-He tenido distintos referentes en diferentes épocas de mi vida: desde clásicos como Dostoievsky que fue mi preferido de adolescente (me crié en una casa donde mi padre era escritor y estaba en contra de tener televisión, así que leer era el entretenimiento que estaba a la orden del día). Tuve un tiempo de leer Puig y disfrutarlo muchísimo. La última escritora que leí como lectora (la leí justo antes de empezar a escribir mi primer libro) fue Irne Némirosky. Leí Suite francesa y dije: ""Yo quiero escribir como ella"". Actualmente me gusta Almudena Grandes. 

-¿Qué está leyendo ahora? ¿Qué libros tiene en la mesa de luz?

-Estoy leyendo Hombres sin mujeres de Murakami y recién termino de De los amores negados de Angela Becerra. Me compré la colección de García Márquez que traía el diario y están en la mesa de luz para ser releídos. Los leí siendo muy joven, casi adolescente, mi padre era fanático de él y nos hizo leer su obra y la comentábamos en la mesa. Ahora quiero releerlo: estoy segura de que descubriré cosas nuevas en sus libros, cosas que a los 16 años nos pasan desapercibidas.

-Escribir sabiendo que hay tantos lectores esperando debe ser muy estimulante, pero también una gran exigencia. ¿Condiciona de algún modo la escritura?

-No me siento condicionada. Sólo escribo lo que tengo en el corazón, y gracias a Dios le gusta a la gente. Creo que el estilo en la escritura es como la letra. Difícilmente la podríamos cambiar. Podríamos esforzarnos mucho y cambiar la letra por unas líneas pero a la segunda hoja aparecería nuevamente la verdadera letra. Creo que sucede igual con el estilo de escritura. 

-Es inevitable hablar del fenómeno de la novela romántica. ¿A qué lo atribuye?

-La novela histórica romántica ya no es una novela rosa como tal vez lo fue en otra época, sino que es una verdadera historia de vida donde los hijos, las vocaciones y un montón de ingredientes más la completan. Por lo menos en mi caso se tocan otros temas importantes además del amor. Y esto sumado a la descripción histórica hace de este tipo de novela un libro muy completo que gusta al lector. Además en nuestro país viene a suplir un vacío que surge de la necesidad de conocer detalles humanos de la historia argentina, que tal vez en otros países como Estados Unidos se ha llenado con las grandes miniseries y superproducciones de la pantalla que aquí no tenemos.