¿Será verdad que la dramática puesta en escena del gobierno para explicar un blanqueo de capitales resultó patética, tanto en el fondo como en la forma? El quinteto de voceros del cristinismo en este caso, hizo esfuerzos para no desafinar, pero le resultó inevitable.
Recién ahora -y tal como reconoció en ese acto el joven Kicillof- los K asumen que “toda devaluación empobrece al pueblo”. Claro que lo hacen de modo amnésico y enviando al demonio el largo usufructo de la hiperdevaluación duhaldista que Néstor, de hecho, apoyó sin ánimo rectificatorio ulterior (¿tacticismo sólo en aras de una traición política mezquina?), matizado todo con fingida musicalidad de mejora social poco genuina.
El asunto no es solo el tema de la falta de dólares suficientes para afrontar las obligaciones y compromisos, externos e internos,(en función de una notoria desaceleración económica, y aún cuando la salvadora soja singue viento en popa), sino también considerando las derivaciones de sus políticas inflacionarias y cambiarias y de desaliento a la inversión al estilo, por ejemplo, del retiro de la minera Vale do Río Doce, dato que puso en riesgo a 6000 operarios, por citar nada más que el caso mas reciente.
El giro de 180 grados en torno de la supuesta supresión de la denostada y ‘nefasta’ cultura de dolarización del pasado (y de buena parte del presente argentino) se ha dicho que apunta a convertir esa anomalía en virtuosa palanca para el desarrollo de los déficit de viviendas y de energía, a través de los denominados CEDIN y BAADAR, dos certificados que, simbólicamente, podrían implicar algo así como la contratara de las concepciones iniciales del kirchnerismo. No lo dice solo la oposición, sino también quienes adhieren al modelo. Veamos.
En una fundamentada reseña de tales medidas, aparecida en el diario Página 12, hace pocos días, se ha dicho que “los blanqueos impositivos son, por lo general, inequitativos e inmorales” (por cuanto) “premian al evasor y dejan en offside al cumplidor”, añadiendo que en una sociedad desigual como la argentina “los más burlados son los trabajadores de bajos ingresos, que gastan casi todo lo que reciben pagando IVA de contado todos los días y sin darse cuenta”. Una verdadera acentuación de la desigualdad, dice.
El articulista admite que “tras años de criticar acerbamente la fuga de capitales se incurre en un retroceso que, como todos sus similares, busca paliar dificultades de coyuntura”. Esto se hace -enfatiza- sin tener en cuenta que muy buena parte de la fuga de divisas ocurrió bajo reglas de juego concebidas a lo largo de una década por la administración K que ameritaba correcciones, sí, pero no en la senda redolarizadora del proyecto anunciado y muy especialmente dejando librado todo a la sola palabra de quienes hubieren incurrido en conductas “peores que la evasión” como el crimen organizado sin que el país -de hecho- exhiba apego por reglas internacionales “mejorando los standards”.
Otro hallazgo del analista comentado surge de la caracterización de las medidas (especialmente en lo relativo al campo energético) como “un peculiar modo de endeudamiento externo” (aún cuando) “los prestamistas son personas físicas o jurídicas”, objetivamente menos conocidas que los clásicos organismos multilaterales de crédito.
Lo hasta aquí sumariamente esbozado no es -creemos- lo único objetable desde el punto de vista ético o moral y práctico (por razones de agotamiento de la credibilidad gubernamental en medio de gravísimas denuncias de hipercorrupción); hay, en este punto, una eventualidad política de elevada explosividad: la percepción de la ‘desnaturalización efectiva del discurso que le dio éxito inicial al modelo’ puede acarrear mares de desánimo devastador, no inducido por enemigos externos, sino por mala praxis propia. ¿Se evitará, o buscan un final?