Siete días de política

El gobierno atrapado en medio de una pelea entre sindicalistas

D´Elía y Moyano querían hacer una marcha de "apoyo" que era en realidad un "apriete". El control de la caja y del Congreso cada vez sirve de menos. ¿Hacia un Kirchnerismo sin Kirchner?

La lucha entre la "burocracia" sindical y los activistas del servicio de subterráneos le está haciendo a los Kirchner un daño más grave que la derrota electoral de junio. Del revés en las urnas salieron mejor de lo que esperaban, porque dominan mediante la "caja" a la clase política y, por lo tanto, al poder institucional, esto es al Congreso y a las administraciones provinciales y municipales.
 

Pero su imperio sobre los poderes "de facto" -gremialistas, piqueteros, activistas- es mucho más restringido, lo que ha derivado en una virtual anarquía y en disputas inacabables porque no hay quién esté en condiciones de arbitrarlas.

Los poderes "de facto" paralizan un servicio público, una ruta, un puente o una autopista, impiden la salida de los diarios o amenazan con asaltar las dependencia públicas de todo el país exhibiendo músculos que crecen día a día. Resultan cada vez más difíciles de controlar por parte del poder del Estado y, en la mayoría de los conflictos, prevalecen sobre las instituciones y el estado de derecho.

Este esquema general es aplicable al conflicto provocado por los delegados gremiales de los subtes. Como el gobierno no quiere reconocerlos por presión de Hugo Moyano y de la CGT, se embarcaron en una lucha salvaje con suspensiones del servicio que enloquecen a cientos de miles de usuarios. No hay que buscar, sin embargo, en su conducta motivos ideológicos: quieren participar del mismo negocio que los sindicalistas "burócratas", es decir, de una caja les permita vivir como Moyano y compañía. Que se los acuse de "izquierdismo", de clasismo o de promover la revolución socialista sólo puede mover a risa.

Pero los "gordos" de la CGT no se ríen. Temieron que el gobierno cediera ante el enorme mal humor social que generan los paros y le mandaron una clara advertencia: el modelo sindical no se debe tocar, porque es garantía de paz. La advertencia fue lanzada el miércoles por el segundo de Moyano y estaba dirigida más a los Kirchner que a frenar supuestos "intentos desestabilizadores" del presunto complot organizado por los diarios, la oligarquía y la oposición.

Néstor Kirchner mandó frenar la movilización cegetista por al menos tres razones. La primera es que Moyano tiene capacidad para movilizar a decenas de miles de personas y la CTA iba a responderle con una contramanifestación similar. El riesgo de marchas y contramarchas multitudinarias iba a provocar una imagen de caos imposible de disimular o de atribuir a la CIA. a la UCR y a la Sociedad Rural.

En segundo lugar Moyano no puede dar una "ayuda" al gobierno que el gobierno no le pida. Si lo hiciera los Kirchner quedarían expuestos como rehenes del poder sindical. Hay memoria de situaciones similares en los 70 entre el gobierno de "Isabelita" y el sindicalismo cegetista. Por último, la alianza D"Elía-Moyano (con foto incluida) era la lápida definitiva para la tenue relación que todavía mantienen los Kirchner con la clase media.

La idea de desactivarlos fue oportuna y había que ver la cara de enojo de Moyano cuando la presidenta lo propuso en público. También resultó llamativo que Néstor, de tanta exposición en días anteriores por su retorno al partido Justicialista, desapareciera de los medios.

De todas maneras y más allá de cualquier especulación, el golpe que sufrió el poder político con la amenaza de parte los poderes "de facto" fue durísimo. El ofrecimiento de "apoyo" no pudo ocultar la maniobra de presión no sólo para el presente gobierno, sino para el que lo siga. En ese sentido, sindicalistas y piqueteros se han convertido, "mutatis mutandis", en un factor de presión similar al de los militares durante el siglo pasado.

Los políticos pasan, pero las corporaciones quedan. Parece que Moyano y D"Elía lo entienden a la perfección y ya están pensando en la continuidad del "modelo", es decir de los generosos subsidios que reciben, más allá de 2011. En otras palabras, en un kirchnerismo sin Kirchner.

Frente a este cuadro, el discurso oficial sonó a hueco. Como ocurre habitualmente el gobierno pretendió ponerse en el lugar de la víctima, pero equivocó el victimario. No podía alegar que los medios o la oposición lo "desestabilizan", mientras sindicalistas y piqueteros lo presionaban de manera tan ostentosa. La brusca vuelta a la realidad, además, lo hizo retroceder varios de los casilleros que había ganado doblegando a la oposición en el Congreso y demostrando que sigue manejando la estructura del PJ.