Lo que vendrá

El culebrón energético

El festival de subsidios disparados por largos ocho años por las gestiones kirchneristas se ha tornado insoportable para la propia administración patagónica. A punto tal que, al menos en lo discursivo, estaría en marcha un accionar rectificatorio de alcances aún difíciles de mensurar.

No hay, y seguramente tampoco se ensayará algo parecido, autocrítica alguna. Es que las exigencias de este momento serían solo consecuencia de culpas ajenas, empezando por la crisis económica internacional. ¿Nada más?

Cristina ahora se encargó de identificar a nuevos enemigos de la tranquilidad del país: se trató, en este caso, de las petrolíferas operantes en el plano doméstico, principalmente las de capital multinacional. Esta vez, con Repsol-YPF a la cabeza, la firma española reconocida hasta aquí como la más amigable de todas. ¿O no es verdad que el gobierno celebró con beneplácito la incorporación a su dirección del grupo Eskenazi en tanto “experto en mercados regulados”?

La comprobación de lo que en estos años significó la abultada carga para el fisco en relación con los pesados números de los subsidios energéticos debió sacudir el ambiente hace ya tiempo. No obstante, un reconocido analista político claramente identificado con el gobierno acaba de reconocer que la ofensiva oficial podría merecer un reproche retroactivo por no haberse percatado antes de la falta de inversiones del sector, situación que hizo posible llegar a una erogación de “más de 9600 millones de dólares, el 13 por ciento de las importaciones con un crecimiento absoluto del 113 por ciento solamente en el último año”.

¿Falta de inversiones exclusivamente por responsabilidad de las conducciones de las empresas privadas, incluyendo a la parte argentina de la otrora nave insignia de origen local? Los directivos que hicieron migas con NK a partir de sus orígenes como banqueros del paisaje patagónico, devenidos luego empresarios energéticos compatibles con ‘lo nacional y popular’, ¿incumplieron promesas, traicionaron vaya a saber qué cosa, o simplemente se marearon?

Pero hay algo que es previo: la industria petrolífera es ciertamente capital intensiva y requiere de equipamiento muy costoso, además de personal calificado y con remuneraciones acordes con una tarea que exige, por definición, flujos dinerarios solo provenientes de una alta rentabilidad.

¿Cómo lograr tal objetivo con precios políticos a contrapelo de las necesidades reales de un negocio que es una verdadera aspiradora de recursos? Y esto fue, precisamente, el disparador de la larga trayectoria que tuvo lugar en este período en dirección a la pérdida del autoabastecimiento energético, sólo accionado desde una errónea política oficial en la materia.

Para justificar el trago amargo de la necesidad de frenar subsidios ahora, procurando dulcificar la realidad de la adquisición en el exterior de una formidable cantidad de hidrocarburos (especialmente gas, fuel-oil y gasoil) con persistencia y por sumas a la postre astronómicas, en ocasiones sin procedimientos licitatorios adecuados y bajo el pretexto de una emergencia que se va extendiendo hasta la exageración, en vez de articular planes realizables en aptitud de concitar la atención de inversores internacionales y/o locales pareciera optarse por el facilismo de los discursos xenófobos incendiarios.

El declive productivo de la experiencia gasífera boliviana, por citar solo un ejemplo, bien podría ayudar a comprender de qué se trata. Claro que la otra mitad de la biblioteca, ofrece la alternativa setentista de una presunta recompra estatal de YPF, supuestamente a ser integrada con ENARSA y tal vez en paralelo con una gran minera de capital público. ¿“Solución” para un eventual desinvolucramiento de Repsol? ¿Se trataría, así, de un modelo Petrobras, o sólo uno ‘a la argentina’?