La Prensa
MUSICA

Milyukov, un artista magnífico

Terzian: "Off the Edge"; Khachaturian: Concierto para violín y orquesta, en re menor; Prokofiev: Sinfonía Nø 7, en do sostenido menor, opus 131. Por Víctor Torres (barítono), Pavel Milyukov (violín), Coro Nacional de Jóvenes (dir.: Pablo Banchi) y Orquesta Sinfónica Nacional (Vladimir Lande). El viernes 9, en el Centro Cultural Kirchner.

En medio de versiones que hablan de una drástica reducción de su presupuesto para el año que viene, la Orquesta Sinfónica Nacional, ya en su septuagésima temporada, volvió a protagonizar el último viernes un nuevo concierto gratuito de alta categoría.

En su sede de la Ballena Azul (CCK), con un recinto totalmente colmado y el concurso de un solista y un director rusos, la velada se inició con una atrayente página de Alicia Terzian, presente en la sala. "Off the Edge", sobre versos de Walt Whitman, es una obra para agrupación de cuerdas, en la que se entremezclan ráfagas y campanitas que tintinean, un coro de sutil acompañamiento, clusters y la voz humana (canto y recitado), todo en un marco singularmente expresivo y poético.

SINFONIA AMABLE
Estrenada en Moscú en 1952 (y galardonada con el Premio Lenin), la Séptima de Prokofiev es una sinfonía que rehúye, por cierto, las brusquedades armónicas, las boutades, los afanes de originalidad.
El maestro Vladimir Lande la abordó con absoluta seguridad gestual y conceptual, desplegando sus amplias líneas melódicas con elevado vuelo. Siempre equilibrada en sus planos, clara en la exposición de sus texturas, la versión se caracterizó asimismo por la maleabilidad de las gradaciones, la amabilidad del fraseo, la diafanidad de su riqueza tímbrica (el compositor de "El amor por tres naranjas" utiliza incluso el piano como un instrumento más de la orquesta).
En cuanto a la Nacional, cabe apuntar que volvió a lucir la calidad de sus familias, todas muy parejas, bella sonoridad individual y de conjunto, al igual que ataques y cierres de total precisión técnica.

VIRTUOSISMO
La gran sorpresa de la noche fue desde ya el violinista Pavel Milyukov (34). Formado en el Conservatorio Tchaicovsky de Moscú y en Graz, su labor en el Concierto de Aram Khachaturian (1940), trabajo realmente demoledor para cualquier músico, resultó sencillamente deslumbrante.
En efecto, con brazo enérgico, de incansable vigor, el artista de Perm exhibió sonido redondo y terso en toda la extensión de su tesitura (sin el más mínimo atisbo agrio), legato sedoso, arco de particular flexibilidad en el manejo de las intensidades.
Más allá de la perfección de su mecanismo, reflejado en la absoluta diafanidad de todas y cada una de sus notas, y la natural facilidad de sus dobles y triples cuerdas, la compenetración, casi podría decirse la vibración simbiótica del instrumentista con su instrumento (un Guarneri) parecieron tan acabadas como para que bien se pueda hablar de un alma unificada.
Además de un volumen de buenos decibeles (no tan habitual en muchos violinistas famosos), sus pasajes vertiginosos, sus rapidísimas escalas ascendentes y descendentes, así como la exquisita intensidad de las líneas líricas (en partes del movimiento inicial y luego en el allegretto), ello sumado a la delicadeza de los pianíssimos fueron elementos distintivos de un trabajo arrebatador, que quedará en la memoria.

Acompañado por el conductor con trazos firmes y coloridos y líneas estilísticamente impecables, nuestro visitante culminó su labor ovacionado por un público de pie y calurosamente aplaudido por toda la orquesta.

Calificación: Excelente