Acostumbrada a poner el cuerpo, su propio cuerpo en la escritura, la peruana Gabriela Wiener relata en el libro "Nueve Lunas", la experiencia de su propio embarazo que incluye desde vómitos y la relación de amor-odio con su madre, hasta el recuerdo de algún aborto cuando era adolescente y su erotismo exacerbado, sin dejar afuera ningún retazo de su intimidad.
Lo mismo hizo en "Sexografías", un viaje alucinante por el mundo del sexo; es que la ficha de Wiener la ubica en el llamado periodismo gonzo, un inesperado invento de Hunter Thompson -a partir de un material en bruto tomado como un original- convertido en una escuela, a la que adhieren varias voces del periodismo narrativo americano.
La escritora -que ha publicado sus crónicas en las revistas Etiqueta Negra, Esquire, Soho, Letras Libres, entre otros muchos medios de América latina y España- vive en Madrid y trabaja como redactora en la revista Marie Claire (España).
LA INTIMIDAD
Sus textos han sido recientemente antologados en las colecciones "Mejor que ficción. Crónicas ejemplares" y "Antología de la crónica latinoamericana actual" (2012). Y ella misma prepara una antología del periodismo gonzo.
-En "Nueve Lunas" (Marea) impacta esa mirada sobre tu propia intimidad, ese ser sujeto de tu investigación, donde no excedés el marco de tu propia geografía (los cambios experimentados en tu cuerpo) o de tu propia historia (los abortos o la relación con tu madre). ¿Cómo fue ese mirarse en el espejo?
-Nunca me he mirado al espejo con comodidad, tengo una relación conflictiva con él. Aunque buena parte de lo que escribo supone un trabajo de introspección importante, creo que es igual de crucial el proceso en el que me muestro al lector, en el que quedan expuestos mis temas más personales sin filtros. A veces me siento cercana a la performance, porque para mí es imprescindible que sean textos vivos, que haya un momento de intimidad en estado puro. Me gustaría que de vez en cuando el espejo se volteara y el lector también se mirara.
No es que no quiera inventar, es que no puedo inventar, no sirvo para eso, me sale mal. Por eso soy investigadora, observadora, cronista, narradora...
Tampoco me conformaría con escribir sólo "bonito". Entiendo esto como una cuestión de vísceras, de agallas, de emoción, de dejar la piel y la memoria en el proceso. Si no, no tiene sentido para mí, ni la lectura, ni la escritura.
-Ese recorrido no invalida una lectura que supera los límites de lo que te pasa, como una invitación a reflexionar sobre la maternidad a partir de una encarnadura real, algo muy distante a lo que uno está acostumbrado a leer sobre el tema. ¿Tuviste esa percepción?
-Trabajé mi embarazo en "Nueve Lunas" como si fuera un tema de investigación periodística, buscando una especie de verdad, movilizada por la necesidad de contar de otra manera lo que viven las preñadas.
Nada de lo que leí en esos días reflejaba la gestación y el parto en toda su dimensión. Escribí el libro pensando siempre en que estaba contando mi historia pero que la gestación, la maternidad, el parto, aunque sólo nos pasara a las mujeres, a algunas, eran temas universales y dignos de tratarse de una manera literaria. No me detuve a pensar si lo mío iba a significar algo para las demás, pero ha sido interesante escuchar los comentarios de otras ex embarazadas que aunque con experiencias diferentes, me contaron que se habían sentido identificadas sobre todo con esos aspectos del libro más duros y confesionales.
POCO HABITUAL
-Algo perturbador que sobrevuela el libro es el lado oscuro de esas nueve lunas. ¿Te costó atravesarlo?
-Me interesaba profundizar en cuestiones que no son habituales al hablar de maternidad, y es curioso que no lo sean, yo creo que son hasta temas un poco tabú. Cómo el odio, la muerte, el miedo, la pornografía no van a tener que ver con ser madre. Es posible que me costara más escribirlo que vivirlo.
"Nueve Lunas" es como un "reality" en el que la protagonista no puede escapar de su condición de gestante y empieza a ver y decodificar el mundo bajo esa nueva lente. Pasar de estar instalada en los peligrosos treinta años con el reloj biológico haciendo tic tac como una bomba de tiempo, a atravesar estos nueve meses en que mi vida empieza a cambiar para siempre y todo lo que eso evoca en mí.
La comparación con mi madre, la vuelta al útero como mortaja, el hecho de tener que jugar a la casita lejos de donde nací (soy peruana), mi iniciación sexual en las escaleras de mi edificio, los abortos de la adolescencia, mis impulsos criminales, el síndrome del nido, las embarazadas como fetiche sexual y todo lo que nos suele ocurrir con un bebé dentro y pocas quieren contar, el diabólico sistema hospitalario con el que te toca lidiar y las imágenes de una cursilería cruel con la que te bombardea el mundo cuando te ve con "barriguita", sentencia la escritora.