La Prensa
"Los cuentos de Hoffman", con "régie" de Eugenio Zanetti, adoleció de notorias debilidades

Excesos hollywoodenses en el Colón

 

 

 

"Los cuentos de Hoffmann". Opera en tres actos, prólogo y epílogo, con texto de Jules Barbier y música de Jacques Offenbach. Iluminación: Eli Sirlin. Escenografía, vestuario y "régie": Eugenio Zanetti. Con: Ramón Vargas, Virginia Tola, R. Gilmore, M. Nikolic, R. Amoretti, S. Koch, O. Peroni, Coro (dir.: Miguel Fabián Martínez) y Orquesta Estables del Teatro Colón (dir.: Enrique A. Diemecke). El viernes 29, en el teatro Colón.


El Colón cerró el viernes la temporada lírica oficial con una versión un tanto pálida de "Los cuentos de Hoffmann" (1881). Ausente en esa sala desde 2001, la bellísima única ópera que compuso Jacques Offenbach, romántica, plena de sutilezas y de un exquisito encanto melódico, adoleció en efecto de debilidades notorias en materia musical y teatral, entre las que se contaron voces no demasiado trascendentes, ello por supuesto con remarcables excepciones.

REGISTROS DESIGUALES
Corresponde destacar en primer lugar la excelente labor del Coro Estable, organismo preparado por Miguel Martínez que lució radiante diafanidad en los forte y hermosa alma global, así como también presencia firme en sus múltiples intervenciones e impecable afinación.
Sin duda disminuido después de los problemas vocales que lo afectaron tiempo atrás, el tenor mexicano Ramón Vargas (60, protagonista), que nos había visitado en 1995, mostró desde ya un registro de calidad pero carente de expansión debido a una emisión entubada, de sonidos a veces apretados (su participación en el canto báquico "Amis! l"amour tendre et réveur" y en el posterior dúo veneciano "O Dieu! de quelle ivresse" le demandaron notorio esfuerzo). La soprano ligera estadounidense Rachele Gilmore (Olympia), que debutó en el Met en 2009 con este papel, acreditó en cambio metal claro y terso en toda su extensión, y sobresalió especialmente en los impactantes sobreagudos de su parte, que vertió con absoluta limpieza.
En cuanto a la mezzo serbia Milijana Nikolic (44, Giulietta), exhibió por cierto un órgano de sólido color, potente, lozano, al tiempo que el tenor característico Osvaldo Peroni (Cochenille, Andrs, Frantz, Pittichinaccio) manejó todos sus personajes con encomiable seguridad y destreza.
En el resto del elenco, la mediosoprano francesa Sophie Koch (50, Nicklausse) cumplió correctamente sin ir mucho más allá, al igual que el español Rubén Amoretti (55, los cuatro villanos), quien como consecuencia de un tumor en la hipófisis mutó su registro de tenor a bajo cantante, timbrado pero algo desleído. Con respecto a Virginia Tola (Antonia), debe decirse que sin perjuicio de ciertas notas agradables, su línea se oyó afectada por el forzamiento de la emisión del pasaje alto para arriba, particularmente en unos forte destemplados.

PESADEZ TOTAL
Uno de los factores más problemáticos de esta edición estuvo en el podio: al frente de una orquesta por momentos desprolija, el maestro azteca Enrique Arturo Diemecke brindó una traducción basta de la magnífica partitura del autor de "Vie Parisienne", despojada desde ya de charme y del arquetípico refinamiento francés que la caracteriza.

Por su lado, el figurinista, pintor, director de cine y de arte, ilustrador, escenógrafo, decorador y dramaturgo argentino Eugenio Zanetti, fue el responsable de una puesta costosa, fundamentalmente recargada al máximo posible de objetos, volúmenes, proyecciones, pájaros, edificios, luna, humos, autos, góndolas, faroles, catedrales, la torre Eiffel, dirigibles que se movían, iban y venían, todo siguiendo los vaivenes interminables del disco giratorio. Todo esto, en ocasiones, con ambigua coherencia y dudoso gusto, casi rozando la cursilería (en realidad, al mejor estilo hollywoodense).

El acto en la casa de Crespel, en Munich, sin ir más lejos, parecía tomado del castillo del conde Drácula, con paseantes y/o barqueros de fondo y la gigantesca estatua dorada de una deidad oriental en el medio.

Calificación: Regular