Diez años extraños
POR CARLOS ALMA *
Para cualquier observador interesado, probablemente lo acontecido desde 2003 hasta la fecha lo conduzca a concluir que ha sido una década extraña. Después de la sorprendente evolución registrada en el primer cuatrieño con índices de crecimiento que promediaron casi el 9% anual y con un nivel de inflación cuyo rango se mantuvo en un dígito -rondando el 7%-, resulta llamativo que se haya perdido del horizonte cercano la importancia del mantenimiento del superávit fiscal, sobre todo considerando las dificultosas condiciones de acceso al crédito internacional.
Esto se explica por la atención focalizada en el sostenimiento del consumo como uno de los pilares del plan de gobierno, lo que inevitablemente en un esquema heterodoxo sin el correlato de la oferta de bienes implica desequilibrio en la relación de precios.
Nadie puede discutir que durante aquella primera etapa, ya sea por acción o consecuencia, se produjo una notable reducción de la pobreza, sólo que lo impensado resultó que no se mantuviera aquella lógica por la que sencillamente no se debía gastar más de lo que se recaudaba.
En orden a esto, no fue para nada ajeno el crecimiento del gasto público cuya expansión erosionó drásticamente la relación virtuosa lograda en la primera fase. Tal vez el primer quiebre se haya producido con la decisión de cancelar la deuda con el FMI de manera audaz y casi reactiva frente a una imagen definitivamente hostil para muchos argentinos.
Pero es sabido que en economía las cosas no deben pasar por la simpatía o su antítesis, sino por el análisis de lo más conveniente y no hay evidencias fehacientes que permitan confirmar que eso hubiera sucedido. Hasta ese momento, las reservas del Banco Central acompañaron el crecimiento general llegando a niveles muy satisfactorios comparados con los pasivos generados por el sistema imperante, y el tipo de cambio ofrecía cierto margen que favorecía la capacidad competitiva de la industria nacional. Hasta allí un escenario que logró no pocas adhesiones.
LA POLITICA
De pronto y sin transición, la puja política comenzó a interponerse cada vez con mayor presencia, entre la inteligencia de los factores que alientan el desarrollo y el decaimiento de los componentes que sustentaron el rebote positivo. En una metamorfosis no justificada, se perdió el superávit fiscal, y el comercial se redujo y acentuó aún más su dependencia de las materias primas.
Como si esto fuera poco, la problemática de generación de energía decayó por la ausencia de la motivación que impulsa inversiones de riesgo, por lo que resultó imprescindible recurrir a importaciones que anualmente representan casi la mitad de lo requerido por YPF para ejecutar cabalmente su plan de negocios.
Respecto de la paridad cambiaria, el avance del dólar marginal responde a expectativas más que a la realidad, y esto no debe ser tomado a la ligera ni mucho menos pues es la respuesta de la sociedad a la incerteza de decisiones controvertidas y cambiantes.
No hablar seriamente del aumento de los precios es tratar de diluir la realidad. No reconocer que la evolución de la industria no ha respondido según las expectativas generadas al inicio de esta década es mirar otro paisaje y esto no depende exclusivamente del tipo de cambio. La realidad es que deriva del nivel de inversiones y de la expansión productiva y por ende de la generación de puestos de trabajo.
En cualquier caso, el asistencialismo, con fuerte presencia en el último tramo de gobierno, no ha planteado serias contraprestaciones que evitaran la generación de mano de obra que no busca trabajo formal. En síntesis, lo que apareció con ciertos perfiles positivos ha perdido, a través del tiempo, esos rasgos para convertirse en una expresión poco comprensible debido a la ausencia de un horizonte que, a la izquierda o a la derecha, estimularan la toma de decisiones de quienes deben mover la economía a partir de sus inversiones.
* Presidente de cacsa s.a. consultora de negocios.