La economía está estancada por varias razones, pero la central es que los empresarios invierten lo menos posible y los consumidores difieren gastos a la espera de que el horizonte económico se despeje. O de que el gobierno tome decisiones macroeconómicas postergadas. Y la Presidenta, por su parte, parece estar esperando una ratificación electoral en octubre para tomarlas. En resumen todos parecen algo desconcertados como los espectadores de la hoy casi olvidada "Esperando a Godot" de Thomas Beckett. Pendientes de algo que no sucederá o que nadie está muy convencido de que vaya a suceder alguna vez. El anuncio hecho ayer de la emisión de un certificado para blanquear dólares negros no altera en nada este panorama.
Nadie duda de que las actuales dificultades son producto de malas decisiones de este gobierno. Tampoco hay que ser la directora del FMI Christine Lagarde para comprender que el "corralito" cambiario y las restricciones a las importaciones destruyeron la confianza y resultaron mortales para el nivel de actividad. Además, todo el mundo está convencido de que la presidenta Cristina Fernández no revertirá esas medidas y que las justificará repitiendo por enésima vez que las "recetas de ajuste" del Fondo son las verdaderas causantes de todos los males de la patria. Descalificará a sus críticos en lugar de revisar las políticas que paralizan la economía.
Más aún, el convencimiento de que no hay ninguna rectificación a la vista se ve reforzado en cada oportunidad en que algún vocero oficialista abre la boca. Cuando el vicepresidente Boudou dice que la inflación perjudica a los más ricos o que el cepo cambiario afecta a muy poca gente. O cuando el diputado Carlos Heller dice que la brutal caida de la actividad inmobiliaria es un dato positivo. Las respuestas absurdas, que dejan a Beckett a la altura de un enano, están indicando que por ese camino no habrá posibilidad de errarle a la crisis.
Otro ejemplo de las decisiones disparatadas que terminan perjudicando a los propios votantes del kirchnerismo es el del conflicto con el transporte de larga distancia. El Gobierno resolvió quitarle a ese sector un subsidio de 400 millones de pesos para achicar el déficit fiscal, lo que en principio podría tener alguna lógica económica. Lo que no la tiene es que al mismo tiempo dilapide miles millones en el déficit de Aerolíneas Argentinas, que compite deslealmente con los omnibus. Desde que fue estatizada y entregada a "la Cámpora" esa empresa fondeó más de 3 mil millones de dólares.
No parece fácil encontrar la lógica del subsidio a los pasajeros de altos recursos de los aviones y la negativa a dárselo a los del transporte terrestre. En especial cuando el posible sustituto del transporte automotor, el ferrocarril, fue destruido por las políticas aplicadas por el kirchnerismo desde hace una década. El argumento de la "conectividad" que esgrime habitualmente el gobierno para justificarse tiene tan poco sustento que no lo usaría ni Godot. Desde esa perspectiva queda en evidencia que todos los problemas derivan de políticas que están en la matriz del modelo y que, por absurdo que parezca, se siguen aplicando a la espera de que un triunfo electoral permita mantenerlas a pesar de que ya demostraron ser la fuente de los problemas electorales de la Presidenta.