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El mundo
El último de los grandes muralistas
15.05.2012 | Esa colosal avidez cultural, ese afán totalizador del último de los grandes muralistas dio como fruto obras excelentes como Todas las familias felices (2006), acaso su última gran novela, un fresco extraordinario de la deriva en que se encuentra la sociedad mexicana.
Por Guillermo Belcore

En algo se parecía a nuestro Borges. Carlos Fuentes fue el primer mexicano en querer abarcar el universo, según la opinión autorizada de Elena Poniatowska. Esa colosal avidez cultural, ese afán totalizador del último de los grandes muralistas dio como fruto obras excelentes como Todas las familias felices (2006), acaso su última gran novela, un fresco extraordinario de la deriva en que se encuentra la sociedad mexicana. Una obra coral que nos confirma que en el Distrito Federal están pasando hoy cosas no sólo desagradables sino también malditas.

Entre los novelistas del boom latinoamericano, Fuentes fue el más prolífico de todos, pero también el más irregular. Por lo general, se consideran a La muerte de Artemio Cruz (1962) y Terra nostra (1975) no sólo sus obras más logradas, sino dos de las mejores novelas en lengua española de todos los tiempos.

Empezó a hacer literatura en la década de los cincuenta y, como destacó Tomas Eloy Martínez su amigo y admirador sin tapujos, cada volumen de Fuentes ha sido siempre "una sorprendente aventura verbal, en la que todo se pone a prueba: desde la estructura del relato hasta el incesante hacerse y deshacerse de los personajes; esa búsqueda sin tregua lo ha llevado a defender otros osados experimentos narrativos como si en ello le fuera la vida".

Leer a Fuentes es, sobre todas las cosas, bañarse en mexicanidad. José Donoso notaba que practicó la deliberada impurificación del castellano, su voz estuvo colmada de tlanes y tepecs. La reflexión sobre el amor o la paternidad, la nostalgia romántica o sexual, el maniqueísmo a veces tan obvio tuvieron en sus páginas regusto a melodrama, jitomates, supeficialidad de bolero, ajonjolí, cursilería y chile picante.

Tuvo un gran pericia para tallar malvados pero los personajes positivos no se le dieron tan bien. El grueso de su producción novelística se asemejó a una corriente caudalosa: como un río crecido arrastró muchísimas cosas pero no todos eran materiales nobles. Borges, quien sino, estableció que cuando un autor se plantea metas tan ambiciosas por lo general estropea las operaciones estéticas. Pero esa ambición colosal, no obstante, lo convirtió en un escritor imprescindible de los últimos cincuenta años.

Si como narrador siempre tuvo como norte a Balzac, como figura pública encarnó el personaje del pensador comprometido a lo Sartre, consejero de reyes y presidentes. En los ensayos nunca se privó de homenajear a amigotes y de ajustar cuentas con sus enemigos (Octavio Paz) y con el catolicismo. Sus ideas nunca fueron más allá del tópico progresista.

En una novelita de Cesar Aira (de quien el mexicano pronosticó que sería el primer argentino en ganar el Premio Nobel) un fulano intenta hacer clones de Carlos Fuentes para dominar el mundo con un ejército de intelectuales poderosos.
 

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