Cristina manifiesta concebir el progreso –según ha expresado en más de una ocasión - como el fruto de la voluntad del hombre al servicio del crecimiento colectivo. Por eso mismo, sostiene que aspira a materializar la idea del capitalismo sólo como motor para la creación de riqueza con las demandas de bienestar del conjunto del cuerpo social. Tal formulación, tal vez junto con otros méritos y circunstancias, resulta claro que le ayudó a sintonizar la longitud de onda de ciertos sectores medios hasta completar una clara mayoría electoral en octubre.
El progresismo a escala planetaria logró, tal vez de modo injusto respecto de varias expresiones ‘conservadoras’, una extendida identificación entre sus postulados y la defensa del medio ambiente. Dicha tendencia, solo tenuemente explicitada en la Argentina hasta no hace mucho, ha cobrado ahora especial relieve entre nosotros. Eso sí: esto se ha dado en medio de un debate áspero y hasta violento.
Lo ocurrido en La Rioja (Famatina), en San Juan con la Barrick Gold, y otras provincias, entre ellas Catamarca, Tucumán y Santiago del Estero , a veces disparando hechos represivos, constituye un alerta claro para un gobierno que reivindica su sentido de pertenencia respecto de la izquierda.
Cuando la jefa del Estado insiste en justificar los emprendimientos extractivos, incluso a cielo abierto, prometiendo salvedades medioambientales, lo hace en función de una parte sustancial del libreto K (promoción de fuentes de trabajo, en paralelo con su propósito de captación de inversiones internas y externas), pero sin brindar el necesario volumen a este último aspecto, tal vez como concesión táctica hacia una parte híper ideologizada y anticapitalista de sus bases de apoyo.
Tal carencia de efectividad o de contundencia en sus mensajes actuales (incluso a pesar de sus machaconas expresiones públicas, en la mayoría de los temas) es posible que guarde relación con determinados temores políticos: ella cree que la percepción de las presuntas o reales defecciones a cargo de su espacio político al estilo de los ajustes exhibidos cual meros actos de ’sintonía fina’, o el casamiento objetivo con la iniciativa privada, podría resultarle riesgosa y, como tal, inconveniente. ¿Primero la política abstracta de los relatos amables, sin considerar lo verdadera y genuinamente eficaz para satisfacer el bienestar general?
Cuando CFK coteja el reciente pronunciamiento popular en su beneficio con la mala cosecha del adalid de la supuesta defensa de los recursos naturales, el hoy devaluado Fernando ‘Pino’ Solanas, no se equivoca, al menos en términos cuantitativos. Y entonces, ¿qué le falta?
En primer lugar, un sinceramiento claro acerca de la prevalencia necesaria de los mandatos de la realidad por sobre los empecinamientos teóricos: a veces, ‘los otros’ a los que, por otra parte, seguramente necesita, pueden tener razón, incluyendo en esta categoría a los poseedores de las llaves dinerarias para ayudar a hacer realidad el desarrollo nacional. ¿O hay que regresar al apabullante e inefectivo estatismo en la minería de los tiempos de Fabricaciones Militares?
Además, otra de las falencias del gobierno en esta materia surge con nitidez en cuanto se analiza la asfixia decisional a la que son sometidas desde el poder central las provincias, casi sin excepciones.
Tiene razón la presidenta cuando sugiere que al interior se lo ayuda a salir de la pobreza no sentándose encima de sus propios recursos, y con políticas nacionales adecuadas. Claro que éstas no deberían identificarse, mecánicamente, con ‘candados’ y/o con exageradas proclividades a fórmulas del denominado capitalismo amical, o bien abierta o encubiertamente colectivista. Coherencia de fondo, incluyendo correcciones de cuanto no funcione, no es traición, ni siquiera un camino hacia el temido y a la vez denostado “derechismo”.