El "secretismo", ¿opera en la marcha de la Argentina, especialmente a raíz de algunos avatares recientes, tales como el manejo informativo de la enfernedad presidencial o del luctuoso hecho que costó la vida del ex gobernador de Río Negro, Carlos Soria, como presuntos subproductos de una ideología de cuño kirchnerista?
El vocablo, se sabe, alude al fenómeno de la exacerbación de los caminos secretos para cualquier gestión. Al mismo tiempo -y en paralelo- cuando de política se trata, hay quienes adoptan ese camino, y hasta lo justifican, aduciendo marcos de alta sensibilidad y excepcionalidad para la resolución de casi cualquier asunto a cargo del Estado. Sin la marca K, proclive al secretismo, ¿existirían las teorías oscuras, de todo pelaje, en torno de esos hechos?
Maquiavelo sostuvo, a su turno, que "el mejor de los proyectos es el que permanece oculto (para el enemigo) hasta el momento de ejecutarlo". En nuestros días, a su vez, el intelectual Noam Chomsky, acaba de señalar que el ocultamiento de los gobiernos respondería a la defensa de las administraciones "frente a su propia población".
Resulta obvio que sus dardos apuntaronn a la Casa Blanca. Pero, ¿sería justo adosar tal observación, exclusivamente, al ámbito que constituye la reconocida obsesión del personaje que. a su vez, tiene alto contenido ideológico? ¿Cómo describir -en tanto- la impronta de quienes gobiernan en el país desde el año 2003?
Globalmente considerada, la gestión de los patagónicos fue jalonada, ya en sus albores, de múltiples sellos sorpresivos a través de medidas elaboradas en el mayor de los sigilos. Fueron de alto impacto y reconocida eficacia política, empezando por el modo de enmendar la plana de los caminos antidictatoriales proclamados en su momento por el presidente Alfonsín. ¿"Espejito quien lo es más", o estudiados golpes de efecto anteriores al planteo público de esas medidas?
Cuando Néstor, a tambor batiente y antes de la transmisión de los atributos del poder a su sucesora, decidió autorizar al ahora repudiado grupo Clarín la fusión de sus dos compañías operadoras de televisión por cable, por el hecho, ya entonces evidente, que se trataba de algo que no constituía, para su criterio, un monopolio merecedor de zarpazos gubernamentales, cabe recordar que no se registraron debates previos ni cuestionamientos oficiales inmodificables. Sobre otras leyes clave, ¿por qué se promovieron discusiones entre muchos amigos y pocos contrarios?
Y la apropiación de los fondos jubilatorios por parte del Estado, en septiembre de 2008 -en plena guerra con el campo-, ¿fueron o no exhibidos como si se tratase de mandatos populares tácitos, aunque en modo alguno expresos, argumentos que irrumpieron recién cuando parecían flaquear las arcas del Tesoro? ¿Y las asignaciones por hijo -ideadas por Carrió- contaron o no con el factor sorpresa?
En la arena estrictamente político-partidista, en la segunda etapa del Frente para la Victoria, Cristina volvió a apelar al secretismo en otras dos ocasiones: la simulación de una competencia transparente para la elección del más reciente candidato a senador de ese espacio por la Capital Federal y la nominación de su acompañante en la fórmula presidencial avalada en octubre último.
Retomando a Maquiavelo, cabe citarlo nuevamente como posible aval objetivo del accionar del oficialismo, de modo particular cuando el florentino sostenía la necesidad del engaño como arma adecuadamente dosificada en la esfera del poder.
A pesar de todo, entre Néstor y Cristina como hipotéticos consumidores del pensamiento maquivélico, puede establecerse un para nada desdeñable antagonismo fáctico: el autor que inspira este análisis dijo que "hay que aconsejarse con muchos sobre lo que se debe hacer y con pocos acerca de lo que se quiere realmente hacer". NK resumió, de hecho. ambos consejos. Cristina sólo parece tomar en consideración la cuasi soledad en la decisión de cualquier rumbo. ¿Y después qué?