Vivir en estado de incertidumbre
Una colección de ensayos de Zygmunt Bauman describe los efectos nefastos de la modernidad líquida. La globalización sin control, impulsada sólo por el lucro, condena a millones de personas al destino infame de "baja colateral". El fin del Estado Social. ¿Hay alternativa al consumismo feroz?
Borges lo razonó primero. En la década del cuarenta, sus finas antenas imaginaron un mundo gobernado exclusivamente por el azar. "La lotería de Babilonia" (Ficciones, 1944) es, para el pensador Zygmunt Bauman, la más certera descripción de la vida en la modernidad líquida, es decir el azaroso mundo en que hoy nos toca existir.
Nuestra Babilonia es también "un infinito juego de azares". Todo es provisorio, frágil, movedizo y sólo resulta sólida la adherencia a la fluidez. Con el ideal de certeza más allá del alcance individual o colectivo, hay una multitud de razones, muchas más que cincuenta años atrás, para sentir o padecer inseguridad. Rige una pánica incertidumbre.
Sociólogo de profesión y analista de excepcional perspicacia, Bauman (Poznan 1925) rastrea la caótica trayectoria del individuo en el mundo posguerra fría. Ha concebido una idea genial: la licuefacción de la modernidad. Esa metáfora proporciona una explicación convincente tanto a nuestra angustia existencial como a los cambios tumultuosos que se suceden ante los ojos.
El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar una colección de ensayos del erudito nacido en Polonia, pero afincado en Gran Bretaña. Se titula Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global. El libro resulta esclarecedor más allá de alguna exageración (el nazismo no es comparable con ninguna de las tropelías de la administración Bush), del eurocentrismo, o de algún capricho aislado (denuncia la inseguridad que provocan los mercados pero minimiza la de las calles degradadas). Como se articula en torno a distintas conferencias dictadas entre 2010 y 2011 menudean las repeticiones: se usa tres veces, por ejemplo, una espléndida sentencia de Ulrich Beck: "hoy se espera de los ciudadanos que busquen soluciones individuales a las contradicciones del sistema".
Los diagnósticos de Bauman son impecables, y mezclan filosofía, una visión amplia de la Historia y psicologismo. Denuncia, básicamente, que "la globalización de la desigualdad" está provocando la destrucción de magníficas conquistas de la Humanidad, como el Estado de Bienestar. Es éste uno de los peores daños colaterales (una expresión proveniente del ámbito militar: son las víctimas no deseadas) de la globalización sin control, inspirada sólo en el lucro. Estado social vs. orden del egoísmo es el combate primordial del presente.
CONSUMO, LUEGO SOY
El capítulo "Consumismo y moral" es esencial. Bauman desmenuza las cualidades terapéuticas de la mercancía, como mecanismo de compensación. Las cosas se han convertido en una suerte de "analgésicos morales". Regalamos para compensar nuestras ausencias (una característica del escenario líquido es que se nos exige estar todo el tiempo al servicio incondicional de las relaciones laborales); o compramos para definir y afianzar una identidad, otra cuestión apremiante. La mercancía suple, en otras palabras, la responsabilidad por el otro o la responsabilidad con uno mismo.
La economía ferozmente consumista -se nos advierte- tiene el cielo como límite. No sólo es insustentable (si todos gastáramos como estadounidenses se necesitarían cinco planetas Tierra) sino que genera fuertes tensiones sociales, al aumentar el número de jóvenes que entran en conflicto con la ley (se roba no para comer, sino para conseguir la carísima zapatilla de moda).
"La fuerza principal de la conducta es hoy la aspiración a vivir como los ídolos públicos", dispara Bauman. El aumento de la desigualdad social -flagelo que debería encabezar la agenda de todos los gobiernos- agrega más leña al fuego.
¿Cuál es la alternativa a todo esto? El profesor emérito de la Universidad de Leeds y la de Varsovia aboga por una suerte de "despertar de la conciencia". Con un inconfundible tufillo religioso habla de "autolimitación voluntaria y disposición al sacrificio personal". Propone convertir al vecino en prójimo y pensar en un "planeta social". Esto, a nivel político, implica "desempolvar el nucleo esencial de la utopía activa socialista" para elevar la integración humana al nivel de una Humanidad que incluya la población total del planeta".
ME EXHIBO, LUEGO EXISTO
Otra característica fundamental de la modernidad líquida es la desaparición de los límites entre vida pública y vida privada. Citando un trabajo de Alan Ehrenberg, que intentó establecer con exactitud el natalicio de la revolución cultural moderna, el profesor Bauman recuerda que todo comenzó el anochecer de un miércoles otoñal en la década del ochenta cuando una tal Vivienne, una francesa "común y corriente" declaró en televisión, es decir ante varios millones de personas, que nunca había experimentado un orgasmo en toda su vida matrimonial porque su Michael sufría de eyaculación precoz.
El pronunciamiento, al parecer, fue tan revolucionario como el de Lenin o el de Robespierre. Dos décadas después la arena pública se ha transformado en una suerte de entretenido y frívolo teatro de variedades, mientras nos zarandean a todos corrientes subterráneas de origen y destino incierto (El hombre placton).
El libro destaca la paradoja que en la era de Facebook los vínculos interhumanos siguen debilitándose, se pregunta a continuación si el disfrute cabal del sexo no demanda reserva, y sentencia que juguetitos en boga como el Twitter son "completamente inadecuados para transmitir ideas profundas que exijan reflexión y contemplación".
En la modernidad líquida -insiste Bauman con argumentos juiciosos- vamos tras nuestros objetivos personales en condiciones de aguda e irredimible incertidumbre. Millones de personas pueden convertirse, de la noche a la mañana, en bajas colaterales, víctimas del derrumbe del precio de la soja; de las balas de un terrorista, un mafioso o un pibe chorro; de la implacable racionalidad de una organización transnacional.
El Estado tal como lo conocemos es casi una reliquia, a duras penas puede proteger a unos pocos y de manera ineficaz. El mundo es una suerte de campo minado, donde todos sabemos que tarde o temprano se producirá una explosión, pero nadie sabe dónde o cuándo. El viejo sueño de la modernidad sólida de organizar, controlar y diseñar la realidad (sueño de derecha como de izquierda) ha fracasado rotundamente. El miedo y el caos que la democracia -y su retoño el Estado de Bienestar- prometieron erradicar han vuelto para vengarse.
