La Prensa
Nuevo escenario político

Sin Néstor Kirchner, le toca a Cristina pilotear la transición

La muerte del ex presidente torna irreversible el ocaso del oficialismo algo que, por otra parte, ya era palpable. Debe ahora su esposa conducir el complejo proceso del cambio de guardia.

La desaparición del hombre fuerte de la política nativa no cambia la tendencia al eclipse del kirchnerismo que se detectaba desde las elecciones de 2009, pero introduce dos novedades importantes. Una, que las nuevas expectativas acelerarán la definición de las la candidaturas para el año próximo, en particular en el peronismo.

Dos, que la protagonista del delicado traspaso del poder será Cristina Fernández. Esto involucra la irrupción en el análisis de un factor subjetivo difícil de evaluar: qué impacto emocional tendrá en la jefa de Estado la súbita muerte de alguien que, además del jefe indiscutivo del partido de gobierno, era su marido.

La reacción de la presidenta se convierte en el dato esencial, porque deberá encarar su último año de gestión sin quien fuera su ministro de Economía, del Interior y jefe de Gabinete "de facto". Sin la persona que también -dicho sea de paso- le creó los principales problemas de gestión por su tenaz oposición a cualquier salida negociada de los problemas con que tropezaba.

La estrategia invariable de escalar todos los conflictos y hacer de cada diferencia de criterio un duelo de vida o muerte produjo el prematuro e inesperado desgaste del kirchnerismo y la derrota electoral del año pasado. Todo comenzó en 2008 con la pelea con el campo que terminó muy mal para el oficialismo, pero que no le sirvió de experiencia. También se peleó con la Iglesia, con los industriales, con la Corte Suprema, con los medios de comunicación y finalmente con el 70% de la sociedad que se hartó de tanta violencia verbal e intolerancia con quien opinaba distinto o se atrevía a plantear alguna crítica. No existe la democracia sin disenso y eso fue priorizado por la clase media, hasta el punto de hacerle olvidar el auge consumista que la beneficiaba.

La táctica de la confrontación para polarizar a la sociedad había fortalecido a los Kirchner en 2003 mejorando la gobernabilidad, pero en 2008 tuvo el efecto inverso: los debilitó. La imagen más elocuente y patética de esa debilidad pudo verse en el estadio de River Plate el pasado viernes 15, cuando Hugo Moyano los presionó ante 70 mil personas movilizadas para exaltar su liderazgo. Allí les exigió una cuota mayor de poder.

El camionero quiere diputados, jueces, ministros a quienes dar órdenes y, si es posible, un presidente que le garantice que sin los Kirchner en la Casa Rosada su influencia no se reducirá. Sólo la presidenta respondió al desafío del sindicalista, pero el trago amargo debe haber impactado sin duda negativamente en la deteriorada salud de su marido.

En estas complejas circunstancias la presidenta deberá diseñar una nueva estrategia para evitar caer en los errores que le produjeron tanto daño a su gobierno y para asegurar la gobernabilidad durante los próximos trece meses. Si persiste en la confrontación, el clima se enrarecerá otra vez rápidamente. Si mantiene la alianza con Moyano, las organizaciones piqueteras y otros factores violentos de presión reclutados por el ex presidente a lo largo de estos años también los problemas resurgirán con la misma virulencia después del previsible período de tregua que forzará el luto público.

De allí que las primeras decisiones que tome a partir de ahora tendrán un efecto decisivo. En 2007 cuando iniciaba su mandato, el oficialismo presentaba el ciclo de Cristina Fernández como una etapa de "mejora institucional". Esa expectativa se frustró porque pronto quedó en evidencia que persistían los viejos métodos de presiones y uso arbitrario del poder. Ahora las circunstancias le brindan una nueva oportunidad para decidir, por ejemplo, si quiere que la imagen de su gobierno sea la de Guillermo Moreno con guantes de box en el directorio de Papel Prensa o la de las patotas sindicales en batallas campales a los tiros y garrotazos.

El segundo papel en importancia en la transición le cabe a la dirigencia peronista, en particular al peronismo bonaerense. Si la presidenta privilegia a los que más aportan a cualquier construcción electoral -los intendentes del conurbano- y su mejor candidato -Daniel Scioli- se alejará de Moyano, que es un lastre capaz de hundir electoralmente al PJ el año próximo.

Los dirigentes que más se mostraron ayer en la plaza -los Filmus, los Garré, los Sileoni, los Barañao- y se plantaron delante de las cámaras de TV no tienen futuro fuera del kirchenrismo. Los que si lo tienen prefirieron mantenerse en un discreto segundo plano tejiendo una estrategia para el año que viene que no contempla a los Kirchner.