GERARDO ROMANO FALLECIO SILENCIOSAMENTE A LOS NOVENTA Y SIETE AÑOS
Adiós a un gran pintor
Ha muerto como vivió: calladamente. Su enorme producción fue creada con una obsesiva dedicación cotidiana. Su imaginería es una de las más originales del arte argentino.
Gerardo Romano, recién fallecido a los noventa y siete años, es un caso aparte dentro de la plástica nacional. Su labor callada, su timidez, han mantenido en un cono de sombra su producción, una de las más originales de nuestra época. Más de una vez nos hemos detenido en muestras suyas, más de una vez reflexionamos analizando su postura artística y vital, sobre la imperiosidad de la creación y en la secreta persistencia que mantuvo este creador cabal.
Su exposición del año 1990 en la galería Vermeer, fue comentada brevemente en este medio y tuvo una especial significación para nosotros.
Se sucedieron exitosamente las presentaciones especialmente en la galería VYP gracias al empeño de Verónica Rawson Paz y Pancho Elizalde, hasta llegar a la de 2008 en el Banco Nación.
HACIENDO MEMORIA
En 1988 la pintura de Romano nos hizo expresar: "Las deformaciones de la figura humana, el curioso achicamiento de las cabezas, la planimetría insistente -con razonada eficiencia- eleva esas figuras enigmáticas humanas y también inhumanas a un tiempo, como solemos ser los humanos".
Lo transcripto fue encadenado con una paridad que personalmente encontramos con el gran escultor Henry Moore. De éste tiene la libertad en la interpretación de las líneas que conforman la postura física y también la depuración de cada trazo, de cada complemento cromático.
Los diccionarios especializados ignoran a Gerardo Romano, investigar sobre su vida no es fácil, tratándose de una persona de una interioridad que sorprende, hoy más que nunca, cuando por unas líneas los plásticos son capaces de perseguir al crítico como sabuesos incansables.
LA VIDA MISMA
Gerardo Romano nació en Buenos Aires el 8 de junio de 1913. Estudió de chico en un colegio inglés y posteriormente ingresó al Colegio Internacional de Olivos, donde frecuentó asiduamente a Horacio Quiroga y Natalio Botana. La filosofía más que el arte signaron su formación. Su primer mentor en las disciplinas plásticas fue el maestro Leone, quien lo inició en la escultura. La pintura llegó de a poco y, por decisión personal, fue un autodidacta hasta que su encuentro con el maestro Demetrio Urruchúa causó en Romano una necesidad expresiva que continúa hasta ahora. Esperó para exponer. Lo hizo recién a los cincuenta y ocho y cosechó críticas excelentes. Pero, místico como es, siguió por un camino íntimo, de elevación que lo alejó de cenáculos y colegas.
La pintura es para Gerardo Romano la visualización de estados líricos. En ella encuentra una pausa a sus especulaciones intelectuales de alto vuelo. Modesto, modestísimo en su comportamiento, su timidez lo mantiene -afortunadamente- incontaminado y único.
UNA VIBRACION
Cada tela, cada dibujo del artista comunica una vibración profunda. La figuración es en él como en los maestros orientales una forma de escritura aparente. Cada trazo de romano decide un estado anímico superior al concretar lo que lentamente visualiza.
De sus comienzos han quedado unas mujeres que también -es el caso citado de Henry Moore- remiten a la estatuaria, al estatismo del arte escultórico. Con posterioridad y casi sin cambiar la paleta, quizás virándola sólo a medias a ciertas tonalidades plenas de amarillo y acentos de negro, el pintor ha enfocado naturalezas muertas, objetos inanimados, fantasmales, que nos hace ver de nuevo, descubriéndolos.
Tras una contemplación detenida, cada obra de Romano nos deja un sedimento poético de difícil olvido. Aunque como dijo Santo Tomás de Aquino: "Lo que se recibe se recibe al modo del recipiente".
Las pocas muestras del pintor, el aislamiento -compartido con Amparo, su admirable mujer- en una sociedad que suele punirlo de diferentes maneras, han retrasado el conocimiento y la valorización de su labor.
Quizás -por esa intuición que algunos solemos desarrollar- haya llegado el momento, aunque sea póstumamente de dar a Gerardo Romano el lugar que merece en el contexto de la creación internacional.
El sesgo de bonhomía del arte de Romano, en el que las necesidades temáticas pesan menos que las presiones técnicas, no debe enmascarar una particularidad de su trabajo: el artista es un funámbulo y sus telas llevan la impronta del humor y el juego. La cuerda sobre la que camina ligero está tensada bien alto respecto al suelo, y lejos de romperse durante el delicado desgaste de la creación cotidiana.
A. D. V.