En Buenos Aires, dejó de existir el escritor, ensayista y columnista de La Prensa

Falleció Bernardo Ezequiel Koremblit

Periodista desde los 17 años cuando ingresó al diario Crítica. Amigo de todos los intelectuales de su generación. Brillante orador que supo utilizar el humor y la ironía como elementos constantes de su mensaje. "Tejido del Mundo" y "La mitigación por el humor" fueron las dos columnas que publicó este diario.

Falleció Bernardo Ezequiel Koremblit, tal vez el último gran ensayista y miembro de una generación pródiga en hombres lúcidos que dejaron el último testamento cultural de nuestro país Colaborador de La Prensa, sus columnas su publicaron hasta la semana pasada.

Koremblit supo hacer del humor y la ironía, una combinación magistral que obligaba a sus interlocutores a reir y a pensar.

Una breve biografía de su extensa trayectoria podría sintetizarse diciendo que nació en Buenos Aires ("en una biblioteca", según se complacía en explicar) y se inició en el periodismo en el diario Crítica a los 17 años.

Dedicado en especial a la literatura en el género del ensayo sobre temas humanísticos, de crítica y de filosofía política, publicó, entre otros títulos, "La torre de marfil y la política"; "Romain Rolland: humanismo, combate y soledad"; "El humor, una estética del desencanto"; "Coherencia de la paradoja"; "Nicolás Olivari, poeta unicaule"; "Todas las que era ella"; "Ensayo sobre Alejandra Pizarnik" y "Eva o los infortunios del Paraíso".

Recibió el Premio Nacional de Literatura, el Premio Municipal y los premios de Argentores, de la Fundación Argentina para la Poesía, del Fondo Nacional de las Artes, Konex (en 1984 y 1994), Santa Clara de Asís y el Gran Premio de Honor de la SADE.

Fue director de Cultura de la Biblioteca Nacional, ejerció la presidencia de la Sociedad Argentina de Escritores y, transitoriamente, de la Academia Nacional de Periodismo y se desempeñó, asimismo, como director de Cultura de la Sociedad Hebraica Argentina, función que por varios años lo convirtió en principal responsable de la recordada revista "Davar".

COMO DEFINIRLO

Quien fuera (y es) su amigo y compañero en la Academia Nacional de Periodismo, el doctor Lauro Laíño, también subdirector de La Prensa, en uno de los últimos homenajes, definió a Bernardo Ezequiel Koremblit con esta precisión:

"Venimos a cantar a la sensibilidad despierta entre las páginas de Koremblit, que resumen con humor e ironía -y sin un solo chiste y, por supuesto, sin un solo adverbio- una manera envidiable de sostener la vida

"Venimos a decirle gracias a Bernardo Ezequiel Koremblit por las horas compartidas en el diálogo cómplice que cada lector ha podido establecer con tal ilusionista del decir que ofrece el poco frecuente placer de aprender sin esfuerzo.

"Diálogo imprescindible en un mundo cada día más complejo en que nuestras mentes se están volviendo cada vez más simples, atraído el hombre sólo por aquello que pueden descubrir sus sentidos en un escenario visual y sonoro. De tanto someternos a las imágenes, nos estamos quedando huérfanos de comprensión. Hemos ampliado la visión del mundo, pero al precio de perder la intimidad imprescindible para vernos a nosotros mismos.

"Ezequiel nos alerta. Con él hemos aprendido los periodistas cómo puede brindarse en cada página una lección, en cada columna un vaticinio, y en cada línea una advertencia, siempre con una sonrisa tenue. Como tenues son los pasos del comprador ambulante de fantasías, nómade de sí mismo, amigo de todas las esquinas, con las que -supongo- dialoga Ezequiel en su andar fecundo por Buenos Aires, ligero en el deslizarse, que lo lleva y lo trae por particularísimos laberintos. Siempre supuse que, cuando camina sus largas distancias, debe trazar un rumbo que tal vez lo lleve a perderse donde se encuentra y encontrarse donde se pierde.

"Saludo en Ezequiel a un miembro de la resistencia ante lo banal que, con pertinaz empeño, nos propone el rescate de la palabra como elemento definitorio de lo humano. Somos una suma de palabras y cuando las descuidamos corrompemos nuestra propia hechura. Por eso creo que nuestro mejor homenaje no será instantáneo. Será una larga porfía en procura de equilibrar el peso de los que ven y escuchan, con el de quienes leen y piensan. ¿Acaso no nos invita, desde su Tejido del Mundo (título de una de sus columnas en La Prensa), a sumarnos a una cruzada contra la demolición del lenguaje que es, en definitiva, la huella suprema del espíritu?

"El escritor fecundo y facundo, el suspisusurrante que no se amilana ante los neologismos, quien -no sé cómo- no ha inventado todavía una nueva letra, aunque más no sea para vengar a la "ch" o implantar una revolución -claro que pacífica- en el diccionario.

"Ese príncipe de las letras que, en el diálogo, le abre paso al amigo cercano, que huye del hallazgo ingenioso -aunque los hallazgos ingeniosos no huyan de él- hallazgo ingenioso que en su prosa tanto nos deslumbra. El noble que deja paso a una lacónica elocuencia, la que más aprecio como síntesis de una erudición estética, reflejo de un espíritu superior.

"Eso es Ezequiel. Un espíritu superior. Un hombre que siente la fortuna y la adversidad como signos complementarios del destino. Un destino que, sin duda, no le resultó condescendiente, pero que supo aceptar y vencer con la sonrisa que siempre se impuso para ser mejor que sí mismo.

"Eso es Ezequiel. Un hombre mejor que sí mismo, adalid de la observación sutil, poeta de lo clásico y el absurdo, escritor mordaz y relampagueante, maestro que entiende, como pocos, cuánto aprende al enseñar.

"Admiramos en Ezequiel su sentido del humor, una segunda naturaleza de tan refinado calibre que le permite destilar lecciones de amor y de honor, valores que lo distinguen y retratan con rigor kantiano.

"Ezequiel es un periodista de hoy y un escritor de siempre, contemporáneo de sí mismo, a caballo de dos siglos cuyo paso no lo ha perturbado ni condicionado. Antes bien, lo ha exaltado.

"Vengo, pues, con la alegría que dan las cosas simples, pero auténticas, a sumarme al reconocimiento a un maestro de las letras y la vida, con la humildad que pueda brindarme sentirme cultor de sus mismos ideales.

"Así es y así lo siento, mi querido Ezequiel, amigo de tantas horas, colega admirado, titiritero de las imágenes y desde sus páginas -que son todas las páginas- sereno y severo interlocutor de la modernidad".

EL ULTIMO DISCURSO

La última disertación en público de Koremblit fue el año pasado cuando recibió el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Entonces, después de los elogios del caso, el escritor homenajeado sacó de su bolsillo un papel manuscrito y agradeció con estas palabras:

"En esta literaria reunión, parnasiana por su categoría y significado, de este 17 de noviembre, aniversario de la muerte del siemprevivo Marcel Proust, se ratifica cuánta verdad contiene la declaración de Nuestro Señor Baudelaire, según la cual la honorabilidad y los bienes de un hombre de letras residen en la estimación de sus pares y en la honesta liquidación del editor".

"Pues es así: ahora se me concede el mayor laurel a que puede aspirar un escritor argentino: el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, la benemérita SADE que me lo otorga con una generosidad e inconsciencia que ya no son de este mundo", prosiguió.

Para finalizar, el multipremiado escritor escogió "cuatro intensos, refinados, mitigadores octosílabos del poeta Conrado Nalé Roxlo: Hay que ponerse risueño, vendar cantando la herida, y hacerle frente a la vida, con lo que resta de un sueño".