GRANDES LOGROS EN "CONVERSACIONES DESPUES DE UN ENTIERRO" DE YASMINA REZA
Una mirada a lo irremediable
Ficha técnica:
"Conversaciones después de un entierro" de Yasmina Reza. Dirección: Luciano Suardi. Iluminación y escenografía: Jorge Pastorino. Vestuario: Marta Albertinazzi. Música: Carmen Baliero. Actores: Alejandro Awada, Marta Bianchi, Héctor Gióvine, Natalia Lobo, Federico Olivera y Carina Zampini. Teatro Broadway (Corrientes 1155).
La francesa Yasmina Reza es una muy querida y conocida autora para los porteños, cada una de sus obras en Buenos Aires, tienen un éxito inusitado y de ella ya se vieron "Art", "Tres versiones de la vida" y "El hombre inesperado". Ahora conocemos "Conversaciones después de un entierro", por la que la autora -que acompañó al presidente Nicolás Sarkozy en su campaña presidencial y escribió un suspicaz libro- ganó el premio Moliére, en 1987.
Yasmina Reza es una autora sagaz y especulativa en el buen sentido. Como si fuera una aguda periodista, ella sabe cómo traducir al formato teatral, la emoción justa, o el conflicto cotidiano, que a la mayoría pueden llegar a reflejanos, o identificarnos. Lo hace a través de una serie de reflexiones que pone en boca de sus personajes, los que nunca están exentos del dolor, la pérdida, o el humor. También el amor es otro de los sentimientos constantes en sus obras.
SAGA FAMILIAR
"Conversaciones después de un entierro" podría volverse predecible, porque todos de algún modo hemos vivido situaciones que refieren a ese tema. Sin embargo Reza esquiva con agudeza los lugares comunes.
En esta pieza hay tres hijos del muerto, dos varones y una mujer. La mujer de uno de ellos y luego amante del otro y un tío y su mujer, estos dos últimos maduros y ya de vuelta de muchos sinsabores similares, por lo tanto sus personajes resultan, a su modo, los más carismáticos, cariñosos y simpáticos, a los que les tocaron momentos de saludable humor.
Esta saga familiar desnuda por momentos incómodas confesiones. Deja traslucir que en situaciones de gran dolor, como el de despedir a un padre que ha muerto, uno es capaz de dejar salir con impunidad, lo más oscuro del dolor, porque quizás es una forma de defenderse ante esa siempre imprevista circunstancia.
Lo interesante de esta pieza, que no vamos a contar más detalles, es que sus personajes parecen jugar a algo así como una ruleta rusa existencial, en la que son capaces de juzgarse sin piedad, de herirse entre ellos, de humillarse, para después redimirse a través de la buena educación que recibieron, del arrepentimiento llegado a tiempo y de comportamientos que escapan a lo habitual. En ciertas escenas la autora deja a la intemperie el alma de estos personajes, dueños de una lógica tan propia, como individualista y hasta narcisista.
MULTIPLES LOGROS
El espectáculo en su conjunto y en todos sus rubros (iluminación, vestuario, escenografía, música) está muy bien logrado.
Luciano Suardi, como es habitual en sus trabajos ("Tres hermanas", "¿Quién le teme a Virginia Woolf?") va dejando que el alma de esos personajes se exprese en escena. El ritmo de su puesta en escena es sensible y podría decirse que acompaña musicalmente el abismo, por momentos, o la ternura que impregna el corazón de esos personajes, atravesados por la tristeza, el dolor, o la confusión.
El equipo actoral (Alejandro Awada, Marta Bianchi, Héctor Gióvine, Natalia Lobo, Federico Olivera y Carina Zampini) se mueve como si fuera una orquesta, en la que cada una toca las cuerdas íntimas que les exige su personaje y lo hacen con sutileza, sensibilidad y maestría interpretativa. Lo que da como resultado un clima de cierta calma, de íntimo suspenso, de duros calificativos, o de llantos a destiempo y de alegrías compartidas. Ver esta nueva pieza de Yasmina Reza es prácticamente una obligación humana.
Juan Carlos Fontana